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domingo, 20 de enero de 2013

Francisco de Quevedo.- cómo insultar a una reina sin morir en el intento




Llegó a apostar con sus amigos una gran suma de dinero a que era capaz de reprochar a la reina (Doña Isabel, esposa de Felipe IV) su regia cojera. Al recibir las apuestas de todos sus amigos (no pensaron que se atrevería), Quevedo aguardó la ocasión. Al poco tiempo, fue invitado a Palacio a una importante recepción. Se presentó con dos hermosas y bellas flores, siendo una rosa y un clavel. Al acercarse a la reina, la entregó ambas flores diciéndola:

-Entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja.

Quizás sea éste el calambur más famoso de nuestra historia. El propio Quevedo también tenía un problema en el pie que le obligaba a cojear levemente. Se dice que esta anécdota llegó a oídos del propio rey quien, molesto, intentó “devolverle” a Quevedo la jugada. Felipe IV le llamó a audiencia y le solicitó que le compusiera algún verso improvisado en el momento. El autor le pidió un tema o asunto sobre el que hacer el verso, diciéndole:

-Dadme pie Majestad.

El rey, aprovechando la frase, y con muy poca fortuna, le alargó la pierna para intentar burlarse del poeta, a lo que éste le respondió:

-Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura.

Otra no menos ingeniosa es la anécdota protagonizada cierta noche que paseaba por la ciudad. En su trayecto, una bella mujer asomada a un balcón le refería bellas palabras insinuándose al autor. Lo que no sabía Quevedo era que se trataba de una broma, al estar la mujer rodeada de amigos escondidos tras ella. La situación se fue animando y finalmente Quevedo accedió a subir al balcón por medio de una polea que había. Obviamente, eran los amigos de la mujer los que izaban la cuerda. A mitad del ascenso, los bromistas dejaron colgado al ilusionado poeta y empezaron a reírse y burlarse de él. Fue tal el ajetreo que motivó esta situación que los viandantes se paraban a ver tan cómica y grotesca situación. Este alboroto alertó a la guardia nocturna, quienes se personaron en el lugar para poner orden. Al contemplar el panorama, preguntaron:

-¿Quien vive?

Quevedo, siempre con sus oportunas respuestas, respondió sin inmutarse:

-Soy Quevedo, que ni sube, ni baja, ni está quedo.


FRANCISCO DE QUEVEDO, Anécdotas de Quevedo en Madrid, Historia de Madrid.com, 22 de noviembre de 2007 (AQUÍ)

1 comentario:

  1. La Primera anécdota la conocía con un añadido:

    Al atrevimiento de Quevedo ante la Reina, ésta le dio regia respuesta:

    –Entre una rosa y un clavel, su majestad escoja.

    –Que soy coja ya lo sé, pero prefiero la rosa.

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