lunes, 12 de noviembre de 2018

El mal estilo de Hemingway para con Scott Fitzgerald



Hubo un tiempo en el que dos de los más grandes literatos del siglo XX, los pesos pesados de la denominada Generación Perdida: Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway fueron grandes amigos y compartieron su mutua admiración y alguna que otra botella de champán francés. Después, con el tiempo y el descenso a los infiernos del autor de "El gran Gatsby", Hemingway le perdió todo el respeto a un atribulado Fitzgerald y lo criticaba abiertamente por vender su talento a Hollywood por cuatro cuartos, sin entender que los necesitara siempre con urgencia para pagar los tratamientos de Zelda, su enferma esposa, lo tildaba además de cobarde e inmaduro y llegó un momento en que incluso, con poquísima elegancia llegó a hablar mal de él hasta en sus relatos. 

     El suceso se dio en agosto de 1936, en la revista Squire, donde se publicó la versión original del relato corto "Las nieves del Kilimanjaro" en el que aparecía un pasaje en el que el narrador del cuento al describir a los ricos dice:

“Eran aburridos y bebían demasiado, o jugaban al backgammon. Se acordó del pobre Scott Fitzgerald y de su romántico, reverencial respeto por esas gentes; se acordó del comienzo de uno de sus relatos: ‘Los multimillonarios son diferentes de ti y de mí'. Y se acordó de algo que alguien le había dicho a Scott: sí, es que ellos tienen más dinero: por eso son diferentes. Pero eso a Scott no le hizo gracia. Creía que los millonarios formaban una raza especial, y cuando descubrió que no era así se sintió destrozado, tanto o más que con todo lo que le había hecho sentirse fatal. Él despreciaba a la gente que se quedaba hecha polvo. Que comprendieras una cosa no significaba que tuviera que gustarte. Se creía capaz de superar cualquier cosa porque nada podía afectarle si no le importaba."

Fitzgerald se sintió dolido con esta "puñaladita" pública de Don Ernesto y se decidió a escribirle la siguiente carta:

“Querido Ernest:
Por favor, no hables de mí en tus libros. Si a veces decido escribir de profundis, eso no significa que quiera que los amigos recen en voz alta sobre mi cadáver. Sin duda que tu intención fue buena, pero me costó una noche de insomnio. Y cuando incorpores el relato a un libro, ¿te molestaría quitar mi nombre? Es un bello relato, uno de los mejores que has escrito aunque eso del “pobre Scott Fitzgerald, etc.” más bien me lo haya estropeado.  Siempre tu amigo Scott.

P. S.: Los millonarios nunca me han fascinado, a menos que les adorne el mayor encanto o distinción”

La respuesta que Hemingway dio a esta carta se perdió, pero el propio Fitzgerald afirmaba que en ella Hemingway se mostraba dispuesto a retirar el nombre de Scott Fitzgerald del relato cuando fuera publicado en un libro. 

Cuando a finales de año aparecieron los mejores relatos de 1937 el cuento seguía sin modificar y cuando Hemingway envió a la editorial la primera versión del libro en que se recopilarían sus primeros cuarenta y nueve relatos cortos se limitó a sustituir "pobre Scott Fitzgerald" por "pobre Scott". Fitzgerald escribió al editor y le recordó: "No olvides que ha prometido eliminar mi nombre. Fue una perrería, y aun cualquiera que no fuera Ernest se la hubiera devuelto". En la publicación difinitiva de su recopilación de relatos de 1938 "Scott" fue sustituido ya para siempre por "Julián".

A pesar de todo, Fitzgerald siguió hablando en términos amistosos de Hemingway mientras que este alternaba los comentarios diplomáticos con las habituales críticas que incomprensiblemente continuaron incluso después de la muerte de Scott en 1940, a cuyo entierro, por cierto, no asistió. Poco antes, en una carta fechada en 1939, Hemingway tuvo un momento de lucidez al escribir:

"Siempre he tenido un estúpido e infantil sentimiento de superioridad ante Scott, como el de un chico duro y resistente que desprecia a otro, más delicado quizá, pero con talento" 

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Churchill Vs Hitler: Juego de tronos


Como si de un Juego de tronos se tratase, al final sentarse en el asiento del adversario tiene su morbo. Churchill tampoco pudo resistirse y aquí le vemos el uno de julio 1945, tras ser conquistada la ciudad de Berlín, sentado en la desvencijada silla que fue de Hitler en el exterior del búnker del la capital alemana. Quien sabe si Churchill tuvo un momento para reflexionar sobre la sangre, sudor y lágrimas que costó la foto.

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