“Y hubo entonces el olor de la jara aplastada y la aspereza de los tallos quebrados debajo de la cabeza de María, y el sol brillando en sus ojos entornados. Toda su vida recordaría él la curva de su cuello, con la cabeza hundida entre las hierbas, y sus labios, que apenas se movían, y el temblor de sus pestañas, con los ojos cerrados al sol y al mundo. Y para ella todo fue rojo naranja, rojo dorado, con el sol que le daba en los ojos; y todo, la plenitud, la posesión, la entrega, se tiñó de ese color con una intensidad cegadora."
El fragmento pertenece a "Por quién doblan las campanas", un libro escrito por Ernest Hemingway en 1940 justo después de su estancia en España durante la Guerra Civil, obra de la que posteriormente se hizo una película con el mismo título en 1943 dirigida por Sam Wood y en la que los papeles principales corrían a cargo de Gary Cooper como Robert Jordan e Ingrid Bergman como María, protagonistas de la preciosa escena de amor relatada por Hemingway. El escritor había tomado el título de la novela de un magnífico poema del inglés John Donne incluido en "Devociones para ocasiones emergentes" (1624) y titulado "Las campanas doblan por ti", un pensamiento sin duda muy adecuado para condensar todo el dolor que provoca una guerra:
¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
Todo de mí, por qué no (vamos toma) todo de mi No puedes verlo, no soy bueno sin ti. Toma mis labios, quiero perderlos. Toma mis brazos, nunca los usare. Tu adiós - me dejó con los ojos llorosos. Cómo puedo, seguir adelante sin ti (Ya sabes) tu tomaste la parte que una vez fue mi corazón Por qué no, por qué no tomar todo de mi.
Una letra preciosa y sin duda uno de los grandes temas del jazz. "All of me" fue compuesto por Gerald Marks y Seymour Simons en 1931 y fue grabado por primera vez por Belle Baker. "All of me" se ha convertido con el tiempo en una de las canciones más versionadas de la historia, de modo que no hay cantante de jazz que no haya dejado su particular visión del tema, y aunque son muy valoradas las versiones de Billie Holiday o Frank Sinatra, yo tengo debilidad por la de Dinah Washington, cantante que cada día me gusta más y más y por supuesto por este vídeo en concreto, que rezuma swing y buenas vibraciones a cada segundo que avanza y tiene mucha culpa de que hoy hagamos esta entrada. En la foto Dinah Washington en una foto tomada en el Festival de Newport en 1955.
No cabe duda de que este bellezón moreno de 178 centimetros que es Gal Gadot siempre fue para todos una maravilla de mujer, una modelo de cautivadora sonrisa que llegó a representar a su Israel natal en el concurso de Miss Universo de 2004.
Lo que nadie podía prever es que después de pasar por el ejercito Israelí durante dos años, cambiara las palabras de sitio y se convirtiera en "La mujer Maravilla" del Universo DC, la Princesa Diana de Themiscyra, líder de las Amazonas e hija de Zeus a la que todos conocemos simplemente como "Wonder woman". No resulta nada fácil recrear un personaje femenino dotado de superpoderes y que aune belleza y credibilidad en la proporción adecuada para lograr una película ciertamente entretenida y que convenza a los seguidores del personaje. No cabe duda de que esta preciosa heroína no necesita hacer uso de su lazo de la verdad para que todos le confesemos nuestra admiración, más aun cuando sabemos que alguna escena que hubo de regrabarse de la película de "Wonder Woman" la rodó embarazada de 5 meses y ayudada por supuesto de esos truquillos de filmación que hoy abundan.
Sobre la motivación de su personaje decía: "Quería demostrar que las mujeres son poderosas y fuertes, y no tienen que ser salvadas por algún héroe masculino, ellas pueden cuidar de si mismas usando su inteligencia y su poder". Yo, sin ser mujer, ya tengo claro que si me veo en alguna situación comprometida prefiero ser salvado por ella que por el musculitos de Batman. Y es que hay algunas mujeres que son de armas tomar. En 2019 nos llegará la segunda entrega de la mujer maravilla con "Wonder Woman 1984" , aunque supongo y espero que en breve empezaremos a verla y a disfrutarla más frecuentemente en otro tipo de roles.
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En la historia del cine pocos nos han hecho reír más que Harpo, el "mudo" de los Hermanos Marx, Siempre nos sorprendía con las cosas que era capaz de sacar de aquella mágica gabardina donde parecía que cupiera todo. Como olvidar su peluca naranja, sus gestos y señas adobados con bocinazos y silbidos ininteligibles para los demás pero clarísimos en su caótica expresión para su hermano Chico, que se convertía así en el mejor traductor del mundo. Siempre tentado por las damiselas a las que correteaba febrilmente, era además aficionado a cortar cualquier cosa con sus tijeras, o a eso que algunos llaman "legging", esa manía de hacerse sujetar la pierna para poner nervioso a cualquiera que se le cruzara por delante. Era capaz de tocar cualquier instrumento y en sus películas no faltaban sus numeritos de harpa (instrumento que le daba nombre artístico), y que ciertamente estaban siempre metidos con calzador en la trama del film y era la parte donde la mayoría de nosotros, que no queríamos perdernos un segundo de sus absurdos diálogos, iba al baño.
Pero el caso es que Harpo evidentemente era mudo por elección, de hecho fuera de las películas era muy hablador y se codeaba con toda la intelectualidad neoyorkina. El propio Harpo, nos cuenta como llegó a la decisión de convertir su personaje en mudo:
"Un crítico escribió en el periódico, refiriéndose a mi papel en una función, que los efectos de mi caracterización se perdían cuando abría la boca. Cuando leí la reseña comprendí que no podía superar a Groucho o Chico hablando y era ridículo por mi parte intentarlo. Sin embargo, fue un duro revés para mi orgullo. Cuando dije a Minnie, mi madre, que nunca volvería a decir una sola palabra en el escenario se dio cuenta de que me sentía herido y me miró con tristeza, pero no intento hacerme cambiar de opinión. Enmudecí. Nunca más dije una palabra -ni en el escenario ni frente a las cámaras- como Hermano Marx. Volcado en cuerpo y alma a la pantomima busque recursos escénicos que no requiriesen parlamentos. Así que robe de un taxi una bocina de bulbo y me la puse bajo el cinturón. Así nació Harpo Marx".
Y es que a veces menos es más, sólo hay que tener la visión para advertirlo. Se convirtió de este modo y a través de sus gags, en un eco del cine mudo, en pleno cine sonoro y a todos nos encantaba.
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Pocos actores han obtenido tanto cariño y fama como Charles Chaplin gracias a su personaje "Charlot" y ya os podréis imaginar que esa fama no siempre era oportuna y más de una vez le supuso graves trastornos. Cuenta David Niven que en cierta ocasión que se encontraba haciendo un crucero por el Mediterraneo en compañía del mentado Chaplin y de Douglas Fairbanks tuvieron una cena a base de mejillones que no le sentó nada bien a nuestro Charlot . La cosa fue cada vez a peor y cuando se encontraban de excursión por el pequeño pueblecito pesquero de Grasse (Francia) Chaplin estaba desesperado por encontrar un retrete donde aliviar su malestar. Parte del problema era que ninguno de ellos sabía francés y para colmo los lugareños reconocieron a los famosísimos actores, haciendo un corro alrededor de ellos mientras coreaban sus nombres. El momento no era evidentemente el más indicado para ponerse a firmar autógrafos ni para dedicar sonrisas o muecas charlotescas por mucho que a los admiradores no pararan de corear su nombre ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!
A falta de francés y como buen actor de cine mudo que era, Charlot empezó a intentar explicarse con gestos, llevándose la mano al estomago y haciendo como si tirara de la cadena…. Pero de nada sirvió, el improvisado público empezó a reír y a aplaudirle pensando que les estaba dedicando una pantomima a lo Charlot en atención a todos ellos. Entre los gritos de ¡bravo!, Chaplin, doblado como una alcayata, desesperaba y Fairbanks acudió a su rescate y chapurreando dijo algo así como "Le retrete pour Charlot". Un quesero, entendió finalmente el "problema" y apiadándose de él le ofreció el retrete que tenía detrás de su tienda. Según se cuenta, unos minutos después de que entrara Charlot, los admiradores no pudieron contenerse y se abalanzaron sobre la casetilla de débil madera que se derrumbó por completo ante el empuje de un gentío que quería ver y tocar a su estrella favorita, aunque fuera en un momento tan delicado. A Chaplin, absolutamente abrumado, supongo que se quedaría sin ganas de sonreír en aquel trance y solo le quedó una solución, la que tantas veces ponía en práctica en sus películas, agarrar fuerte sus pantalones y poner pies en polvorosa para huir de aquella marabunta. Parece que los vecinos del pueblo se pelearon por conseguir algún resto del retrete en el que estuvo Charlot "pensando" en sus cosas. El caso es que algunas de las bisagras de aquel rústico aliviadero se llegaron a vender por hasta 53 francos de entonces…. Como decía Don Quijote: "Cosas veredes Sancho, que non crederes". Las imágenes están tomadas de las siguientes páginas: https://www.pinterest.es/pin/60587557465029275/ https://www.pinterest.es/pin/603763893766881347/
“Nunca pensé en lo que hacía en términos de arte, o esto es grande o estremecedor, o cosas por el estilo. Para mí siempre fue un trabajo, que yo disfruté enormemente, y eso es todo.”
(John Ford)
Siempre fue amigo John Ford de quitarle importancia a su trabajo y a pesar de la poesía y sensibilidad que destilan muchas de sus películas, el gustaba mostrarse con un ser rudo y casi siempre malhumorado e inaccesible. Nadie duda por supuesto de que era muy amigo de sus amigos, aunque a su manera, algo de lo que John Wayne podría dar buena cuenta. Amante de los monosílabos en las entrevistas -pobrecito Bogdanovich- y de hacer siempre su santa voluntad, lucía para colmo un parche en el ojo izquierdo que todavía amedrentaba más.
El caso es que en muchas fotos Ford aparece con el parche a medio poner, como si realmente no fuera del todo necesario y en otras con unas gafas especiales en las que el cristal del lado izquierdo aparece mucho más oscuro. Y es que John Ford, el tuerto por excelencia de Hollywood (hubo otros muy famosos), no era en realidad tuerto. A pesar de esta afirmación tampoco podemos decir que eso de llevar un parche sin ser tuerto fuera una excentricidad del director de "La Diligencia", o una extravagancia gratuita como señalan algunos. Todo tenía su razón de ser.
El director empezó a utilizar el parche en el año 1953, poco después de rodar "El hombre tranquilo", con el único fin de recuperarse de una operación de cataratas a la que se había sometido, en principio, exitosamente. El problema surgió en el postoperatorio cuando Ford se sentía tan irritado por los vendajes que le habían puesto los médicos para proteger el ojo, que este sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, decidió por su cuenta quitarse prematuramente los vendajes. A consecuencia de ello su ojo izquierdo no se recuperó del todo satisfactoriamente, quedando desde entonces hipersensibilizado a la luz. Así para aminorar las molestias que le producía la incidencia directa de la luz en su ojo tuvo que llevar de por vida el famoso parche, aunque a veces no necesitaba llevarlo perfectamente colocado y con que le diera un poco de protección y sombra era bastante. Por eso podemos afirmar que el tuerto más famoso de la historia del cine, lo que se dice tuerto, no era y aun con un ojo envuelto en sombras tenía talento de sobra para rodar aún obras maestras del calado de: "Mogambo", "Centauros del Desierto", "Misión de audaces", "El sargento negro" y por supuesto "El hombre que mató a Liberty Balance".
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“Me encanta interpretar a zorras. Todas las mujeres somos un poco zorras. Y los hombres incluso más.” (Joan Crawford)
Con esta frasecita como inicio creo que casi sobra decir que Joan Crawford era, además de una soberbia actriz, una persona sumamente particular y con una personalidad muy fuerte. Es famoso su enfrentamiento con Bette Davis y todo el acontecer del rodaje de"¿Qué fue de Baby Jane?", tanto como para que haya generado una serie de televisión al respecto, la muy interesante "Feud". Y si bien es innegable su talento como actriz lo cierto es que tras una esplendorosa etapa en los años 30, la Crawford se encontraba ya entrados los años cuarenta "compuesta y sin Óscar", algo que no podía consentir una leona como ella y que estaba dispuesta a remediar fuera como fuese a poco que se le presentase la ocasión.
Y la ocasión de ganar la estatuílla dorada se le presentó en 1945 gracias a su sensacional actuación en "Alma en suplicio" (Michael Curtiz), en la que daba vida a una ama de casa que tras la muerte por asesinato de su segundo marido, sufre un interrogatorio a través del cual cuenta su vida y los sacrificios y esfuerzos que tuvo que hacer para ofrecer a su caprichosa hija -Ann Blyth- todas las oportunidades que ella no pudo tener.
Con este trabajo se siente con posibilidades de ganar definitivamente el Óscar pero también es consciente que frente a ella tiene poderosas competidoras: Ingrid Bergman por "Las campanas de Santa María", Greer Garson por "El valle del destino", Jennifer Jones por "Cartas a mi amada" y Gene Tierney por "Que el cielo la juzgue". Parece que a la Crawford le preocupaba especialmente esta última porque de sus oponentes era la única que tampoco había ganado el Oscar y su interpretación había sido también excelente.
Y el caso es que esta Joan Crawford era por mor de no tener un Oscar una verdadera "alma en suplicio" como Mildred, su personaje, y desesperada como estaba por ganar la estatuílla de una manera u otra, podría haber recurrido a las armas tal y como se la ve en el fotograma de "Alma en suplicio" de arriba a la derecha, pero en cambio decidió ser un poco más cerebral y acordó con su agente que ella desde un mes antes de la entrega de los premios estaría enferma, sin dejar nunca claro la gravedad de su dolencia.
La Crawford sabía muy bien el efecto que tendría su supuesta enfermedad sobre los miembros de la Academia que habrían de votar el premio, y para meter un poco más de presión de calderas, comunicó con tan sólo dos semanas de antelación que no podría asistir a la ceremonia de entrega de los premios por sus problemas de salud, que la tenían imposibilitada en cama. La estratagema dio resultado, y gracias a su "buena actuación",durante la película y después de ella, le fue concedido el premio a la mejor actriz que fue recogido por Michael Curtiz, director de la película, que posteriormente se lo entregó a la "enferma" que muy metida en su papel, lo recibió en la cama y en presencia de los miembros de la prensa, a los que no tuvo empacho en declarar: “Al diablo si los votantes de la Academia me dieron el Oscar a mí, por razones sentimentales, por Mildred o por 200 años de esfuerzo: me lo merecía” Ni que decir tiene que unos días después se recuperó totalmente, puede que por los efectos milagrosos de San Oscar. Ya podía mirar al cielo y dar Gracias.
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"La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas" (Miguel Ángel)
En cierta ocasión un amigo del gran Miguel Ángel que llevaba tiempo sin pasar por el taller del artista, le hizo una visita y encontró al escultor contemplando una de sus famosas obras, aún inacabada. El amigo, que no encontró ningún avance sobre la obra desde la última vez que la vio, le dijo algo decepcionado:
- ¡Pero Miguel Ángel, no has avanzado nada! El escultor pacientemente empezó a señalarle como había perfeccionado y pulido unos detalles de la mano, como había mejorado la sombra de determinados músculos para darle más sensación de vida o modificado alguna doblez del vestido para que la luz incidiera de forma diferente
Ante esta explicación, el amigo lo interrumpió y le dijo:
- Pero… eso son solo meros detalles, bagatelas.
- Ciertamente, son solo detalles, - le contestó Miguel Ángel mientras le miraba fijamente - pero la perfección se hace de detalles; y la perfección no es de ninguna manera una bagatela.
No es de extrañar que ante tal búsqueda de la perfección, una vez Miguel Ángel terminó su Moisés y viendo aquellas venas por las que sin duda debía correr la sangre, los cabellos de aquella barba que en modo alguno podrían ser de piedra y la vivacidad de aquel airado rostro, exclamara, tras golpear la rodilla de la obra: ¡Habla!
En la imagen de cabecera podemos ver un detalle del famoso Moisés, una obra maestra que bien pudiera ser -o también puede que no- la escultura sobre la que trabajaba Miguel Ángel en la anécdota anterior.
La imagen, de la que se ha ampliado un detalle, para el inicio de la entrada ha sido tomada de la siguiente página: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/70/%27Moses%27_by_Michelangelo_JBU160.jpg
"Cuando el tirano de la Columbia, Harry Cohn, entrevistaba a starlettes, a menudo les metía el abridor de cartas en la boca para revisarles los dientes y luego lo bajaba rapidamente para subirles las faldas y echarle un vistazo a sus muslos"
Eso contaba Frank Capra en su autobiografía "El nombre delante del título", al respecto de una de las personas más poderosas en la historia del cine, Harry Cohn, un personaje que había de ser tan despreciable que cuando Peter Lorre acudió a su entierro le preguntaron la razón de que hubiera acudido a darle el último adiós. El actor, sin inmutarse contestó: "Quería cerciorarme de que este hijo de puta estaba realmente muerto".
Hace poco que saltó a la primera plana de los noticieros la denuncia de no pocas actrices de primera linea que habían sufrido exigencias sexuales para poder conseguir determinados papeles y señalaban al hasta hace poco todopoderoso Harvey Wenstein. El asunto resultó tan escabroso que dio carta de nacimiento al movimiento "Me too", con el que muchas otras actrices empezaron a contar sus humillantes experiencias en los despachos de los mandamases del cine. Pero todo esto no es algo nuevo en Hollywood. Hasta tiene su nombre: "Casting Couch"-el casting del sofá-. Y no tenía por que ser un sofá, igual servía una alfombra para que la actriz, o actor de turno, que también hubo hombres que sufrieron esta humillante práctica, se sometieran a los deseos de un desaprensivo productor o director de casting; una felación o un "kiki" rapidito podía suponer ese papel por el suspiraban todas las competidoras. Ya lo decía el periodista Peter Keough que describía Hollywood como "una ciudad donde todo el mundo vende su cuerpo y su alma a cambio de fama y fortuna, y todos –particularmente las mujeres– son considerados mercaderías". Siempre se rumoreó de asuntos de este tipo al respecto de mandamases como Zanuck, Howard Hugues, Jack Warner, Louis B. Mayer o Harry Cohn, el descubridor de Rita Hayworth y del que ya hablábamos al inicio de la entrada. La lista de las que tuvieron que ponerse sobre sus rodillas bajo una mesa o probar lo mullido que era el sofá del jefazo para conseguir el estrellato es interminable, pero no siempre que se denunciaron aquellas aberrantes prácticas se consiguió el respaldo que han tenido ahora. En otros tiempos solo quedaba el silencio de puertas hacia afuera y los odiosos rumores en los pasillos. Joan Collins, Shirley Temple, Rita Hayworth ya lo denunciaron en su día sin que nadie las respaldara ni se creara un movimiento del alcance del "Me too". Era un mundo realmente cruel que quedaba muy gráficamente explicado, como recogía Norman Mailer, en aquella famosa y dolorosa frase pronunciada por la vapuleada Marilyn Monroe después de firmar un importante contrato para ella: "Ésta ha sido la última polla que chupo".
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En un mundo tan competitivo como Hollywood no es fácil hacerse con la corona de Rey, aunque tener un buen par de orejas que la sostengan ayuda bastante. Glark Gable parece que reunía algunos de los méritos necesarios con suficiencia por lo que solo hacía falta un golpe de suerte para ocupar el trono. El sobrenombre lo conseguiría mucho antes de ser Rhett Buttler en "Lo que el viento se llevó" (Victor Fleming - 1939) o de marcharse de caza por África con una morena y una rubia, a cuál más guapa, que bebían los vientos por él en "Mogambo" (John Ford - 1953), aunque para decir verdad ya había hecho méritos y tenía en casa un Oscar por lo bien que se había comido las zanahorias en la maravillosa "Sucedió una noche" (Frank Capra - 1934). El bautizo se produjo en 1936, año en el que Clark Gable se encontraba rodando la exitosa película "San Francisco" (W.S. van Dyke) en compañía de Spencer Tracy y Jeanette MacDonall, un film en el que se recreaba los efectos que en 1906 causo un gran terremoto sobre la ciudad de San Francisco y que llegó a ganar el Oscar al mejor sonido y tuvo otras 5 nominaciones.
El caso es que cierto día que Spencer Tracy llegaba a los estudios de grabación de la Metro-Goldwyn-Mayer para una de las sesiones de rodaje, se encontró con que el paso estaba totalmente colapsado por un nutrido grupo de fans que se arremolinaban en torno al automóvil de Clark Gable que también pretendía entrar. Viendo como acosaban a su compañero de reparto y sin saber como lograr pasar a Spencer Tracy no se le ocurrió otra cosa que gritar, supongo que con un puntito de envidia: - ¡Viva el rey!
Los allí congregados se quedaron por unos instantes atónitos y sorprendidos, momentos estos que aprovecho Spencer Tracy para hacerse paso y llegar a su destino. Posteriormente la anécdota empezó a contarse por los estudios hasta que finalmente el periodista Ed Sullivan lo llevó a la prensa popularizándolo y conviertiendo de facto a Clark Gable en "El Rey de Hollywood".
Aunque por muy Rey que fuera, para mí siempre será "El Cara-Cable" que es como le decíamos de chiquillos. Y soy consciente de que este último apunte a todos vosotros francamente os importará un bledo.
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"A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos frecuentemente... y por las mismas razones"
Hay personajes que tienen una verdadera habilidad para resultar ingeniosos y que acumulan anécdotas gracias a su afilado talento para la réplica. Uno de estos personajes es el escritor irlandés George Bernard Shaw, que ya, con la frasecita de arriba solamente, merece ser recordado. De él se cuenta que un día recibió una carta en la que únicamente había escrita una palabra: "Imbécil". Nuestro protagonista se quedó mirando la carta y comentó a quien le acompañaba en aquel momento:"Curioso, he recibido muchas cartas sin firma, pero es la primera vez que recibo una firma sin carta"
Y es que Bernard Shaw, era todo un personaje, talentoso como él solo. Fue el primero que logró con su obra ganar un Nóbel de literatura y un Oscar (por el guión para el cine de su obra "Pigmalión"), un premio este del Oscar que por supuesto despreció airadamente, al igual que se negó con el tiempo a aceptar la Orden del Mérito británica, y si bien aceptó el Nóbel rechazó la cantidad monetaria, nada despreciable, que lo acompañaba, arguyendo: "Mis lectores y mi público me proporcionan dinero más que suficiente para mis necesidades".
Como ya intuiréis era además un polemista de marca mayor con ideas tan singulares como su apoyo a la eugenesia, o su oposición a las vacunaciones. No tenía empacho en alabar dictaduras tanto de izquierdas como de derechas y simpatizaba, por supuesto a contracorriente, con las ideas de Hitler o Stalin. Supongo que sería un cascarrabias maravilloso, de esos que siempre quieren llevar la razón. Una persona con la que cualquiera, si se tiene la paciencia suficiente, desearía intercambiar ideas.... si él te lo permite claro está.
Por que eso de intercambiar ideas no era algo que Bernard Shaw hiciera con cualquiera. A pesar de su difícil carácter, todo el mundo quería tenerlo en sus fiestas sociales como invitado debido a su prestigio. Eran reuniones que él en realidad aborrecía soberanamente y a las que intentaba por todos los medios no acudir. En una ocasión, al abrir la invitación de turno, nuestro protagonista encontró el siguiente texto "Lady "X" comunica al Sr. George Bernard Shaw que permanecerá en su residencia desde las 7 de la tarde en adelante". Al imaginativo Shaw no se le ocurrió otra cosa que contestarle con otra carta de esta forma: "George Bernard Shaw comunica a Lady "X" que hará exactamente lo mismo"
En una de las ocasiones que no tuvo más remedio que acudir a una de aquellas reuniones sociales Shaw intentó ser lo más cortés posible y al ser presentado a una señorita le dijo: "Qué hermosa es usted". La "dama" que no sabría con quien se jugaba los cuartos, le respondió con desagrado: "Caballero, no puedo decir lo mismo de usted. ¿Qué me recomienda?". El escritor no pudo refrenarse y le contestó: "Le sugiero que haga lo que hice yo, que mienta". Touché!
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En una época en la que las mujeres aparecían en pantalla timoratas y débiles, casi como muñequitas de porcelana con grandes ojos, sumisas y llenas de afectación, surgió una vampiresa, rebelde e ingobernable de pelo negro que iba a romper todos los moldes: la fabulosa Louise Brooks, la actriz maldita que desafió a Hollywood y que con el tiempo sería conocida como "la Marilyn del cine mudo", tal era la fascinación que generaba tanto en hombres como en mujeres.
"Aprendí a actuar mirando bailar a Martha Graham y a bailar viendo actuar a Chaplin" decía una Brooks que en sus inicios pretendía ser bailarina y que a pesar de llegar a pertencer a las Ziegfeld Follies de Broadway no pudo esquivar su indudable destino tras unas cámaras que adoraban su inigualable sonrisa, su desparpajo y el erotismo que emanaba su persona. Nadie reía ni amaba como la Brooks. Hay quien mantiene que ni tan siquiera mitos eróticos como Marilyn han sido capaces de sostener una mirada con una carga sensual como la de Louise Brooks, esa mirada hipnotizante enmarcada en los paréntesis negros de un peinado que marcaría época y que fue copiado hasta la saciedad por las mujeres de aquellos años.
No cabía duda de que aquella morena estaba en las antípodas de todas las actrices de aquel cine sin palabras y muy adelantada a su tiempo. Louise era distinta, era independiente, una mujer liberada y dueña de si misma y de su sexualidad en una época en la que aquello era casi motivo de ir a la hoguera y para colmo era inteligente y devoraba libros como quien come pipas. No se podía esperar nada bueno de una actriz que se ponía a leer en los descansos de los rodajes y que por otro lado soltaba perlas del estilo: “Hacer el amor es sólo una forma petulante de pasar el tiempo esperando la llamada del estudio de cine”. Ingobernable y de un marcado carácter no tardo en ganarse la etiqueta de libérrima, antipática, caprichosa y esnob.
Los problemas con los estudios no tardaron en llegar, sobre todo con la inminente llegada del cine sonoro y cuando quisieron someterla, lejos de amilanarse, se fue a Europa donde se forjaría definitivamente el mito. En Alemania se estaba buscando una actriz para dar vida a la inclasificable "Lulú" de la "La caja de Pandora" (1928), una película para la que Wilhem Pabst ya había desechado a centenares de actrices en una busqueda que solo encuentra ecos en el casting de la Scarlett O'Hara de "Lo que el viento se llevó". Cuando Pabst vió a Louise Brooks tuvo claro de inmediato quien sería "Lulú". El enfado de Marlene Dietrich, que creía tener seguro el papel fue de órdago.
Lúlu era un personaje complejo, encarnaba a una vampiresa que era la perdición de los hombres, un papel que parecía estar hecho a la medida de la Brooks, un criatura insaciable que se mueve solo por el placer, libre de hipocresías y ataduras en un mundo reprimido sexualmente. Lulú es una mujer que comienza la película como amante, que pasa a ser esposa y luego adultera y que finalmente trabaja como prostituta, por supuesto sin asomo de culpa. Para que la sociedad terminara de llevarse las manos a la cabeza no faltaban algunos devaneos lésbicos e incestuosos. La cosa como entenderán no podía terminar bien y la pobre "Lulú" termina asesinada entre las brumas londinenses por el mismísimo Jack el Destripador.
La película resultó todo un escándalo y fue prohibida en casi todos los países por lo escabroso que resultaba el personaje de "Lulú" y al coincidir con la llegada del sonoro el film no tuvo demasiado eco. A pesar de ello Louise Brooks se convirtió en todo un mito en Europa y logró hacer alguna película más, de las que merece la pena recordar especialmente otro título rodado a las órdenes de Pabst: "Tres páginas de un diario".
No cabía duda de que la cámara amaba sus expresiones; Brooks era ya un mito, pero eso no bastó para que poco a poco su carácter la fuera alejando del cine y la hiciera pasar por etapas parecidas a las de su Lulú. Fue de nuevo bailarina, dependienta, escritora e incluso hay quien dice que "dama de compañía" de ricachones... Unas décadas después su imagen causó sensación en los jóvenes críticos de la Nouvelle Vague que de inmediato reivindicaron su figura, su belleza misteriosa y la fuerza y modernidad de sus papeles cinematograficos. Godard hizo que su musa Anna Karina llevara su peinado en una de sus películas; Henry Langlois, director de la Cinemateca francesa sentenciaría: "No hay Garbo. No hay Dietrich. ¡Solo está Louise Brooks!" y después completaría: "Aquellos que la han visto no la pueden olvidar. Es la actriz moderna por excelencia... Apenas aparece en la pantalla, la ficción se esfuma al tiempo con el arte, y uno tiene la impresión de estar viendo un documental. Es como si la cámara la hubiera tomado por sorpresa, sin su conocimiento. Es la inteligencia del proceso cinematográfico. Personificación perfecta de lo fotogénico, ella encarna todo lo que el cine redescubrió en sus últimos años de silencio: la naturalidad y la simplicidad completas. Su arte es tan puro que se vuelve invisible."
Su imagen transgresora y sus desnudos invitaron, ya en 1965 al dibujante italiano Guido Crepax, a utilizar su imagen para dar vida a Valentina, una personaje de cómic para adultos de fuerte carga sexual, que no provocó ningún enfado en la ya mayor actriz, al contrario terminó siendo gran amiga del dibujante con el que mantuvo una intensa correspondencia, de hecho se sentía orgullosa de haber sido una de las pocas actrices que habían inspirado un personaje ficticio.
Como imaginaran, una mujer como Louise Brooks, que cabalgaba a lomos de un tigre no tuvo una vida fácil lejos de las cámaras y llegada ya la vejez. Los años de fumar como un carretero y beber sin freno hicieron estragos. Sus últimos años los paso sola hasta fallecer en 1985 a los 78 años de un ataque al corazón. En Europa su muerte tuvo amplio eco en toda la prensa, todo lo contrario que en Estados Unidos donde estaba practicamente olvidada. La propia Louise Brooks definió claramente su suerte:
"Siempre vi mi belleza como una maldición que hacía que me identificaran más como una prostituta que como una actriz. Ahora, por lo menos, entiendo que mi belleza fue una bendición. Mi falta de entendimiento sobre cómo comercializarla fue la maldición"
Y para terminar, un reciente trailer de "La caja de Pandora"
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La infancia de Brahms no fue nada fácil. Pertenecía a una familia muy modesta, su madre era costurera y su padre un músico ambulante de comportamiento un tanto caótico que se ganaba unos cuartos tocando el contrabajo de aquí para allá. Vivían en una de las zonas más pobres de la ciudad de Hamburgo, en un barrio portuario en el que compartían casa con muchas personas más. Para colmo de males del joven Brahms sus padres se separaron cuando él solo tenía seis años. Muy pronto, con tan solo siete años, siendo aun un niño débil y enfermizo -su salud no mejoró hasta los catorce años- empezó a mostrar una devoción irrefrenable hacia la música para la que tenía una facilidad y aptitudes envidiables. Aun cuando sus padres no tenían de donde se volcaron con el jovencito Brahms y lo apoyaron en sus estudios musicales que el ayudaba a pagar tocando desde muy pequeño en cervecerias, posadas y también en burdeles, llegando a ser todo un personajillo en la ciudad con apenas diez años. Pero no era la vida apropiada para un niño. Cuando su madre lo llevó, con doce años, a tocar en los clubes de alterne del barrio portuario de la ciudad, Brahms se pasaba la noche animando el ambiente con el piano por unas monedas, y por la mañana estaba tan cansado que no era extraño que llegara tarde al colegio o que incluso faltara. A pesar de todo a los dieciséis años ya destacaba y a los veinte años ya era famoso gracias a la música. Fue con esa edad cuando Robert Schumann sentenciaría en una crítica escrita por él: "Johannes Brahms, un nuevo genio". De hecho, con el tiempo, fue aclamado por muchos como un nuevo Beethoven, tal es así que la Primera sinfonía de Brahms fue para los críticos "La décima de Beethoven", la continuación natural de la obra de un genio ya desaparecido.
Puede que aquella infancia tan difícil fuera en parte causa del carácter huraño y un tanto asocial que mostraría con los años, muy parecido al de su admirado Beethoven. Su trato era difícil sin duda. Se cuenta que en una reunión en la que había discutido con los presentes, se levantó y antes de salir se volvió hacia los presentes y les dijo: "Si hay alguien aquí a quien no haya insultado, le pido perdón". Igual que había músicos que lo idolatraban había otros como Wagner, Dukas o Hugo Wolf que no lo soportaban. Supongo que Wolf hasta con un poco de razón. En cierta ocasión le pidió su opinión sobre algunos de sus famosos lieders y entregándole las partituras, le invitó a poner una cruz donde creyera que algo fallaba. Brahms se las devolvió de inmediato diciéndole: "¡No quiero convertir su composición en un cementerio!". Después era capaz de crear melodías sencillas y encantadoras como la canción de cuna que todos hemos escuchado alguna vez, del mismo modo que Beethoven era capaz de componer piezas llenas de ternura a la par que otras llenas de energía y dinamismo. Eternamente enamorado de Clara Schumann no se casó nunca, lo que no dejaba de tener sus ventajas según él mismo daba a entender. Brahms era muy crítico con su propio trabajo y sabía cuando las cosas estaban a la altura o no y así decía: "Cuando entro en mi cuarto solitario después de un fracaso, éste no me hiere. Pero si estuviese obligado a encontrarme con los ojos interrogadores de mi mujer y tener que decirle que he fallado nuevamente... No podría soportarlo". En su música tocó todos los palos, excepto la ópera, que le resultaba insufrible: "Prefiero casarme antes que componer una ópera".... aunque si hubiese sido Clara estoy seguro de que no lo habría dudado.
Sirva toda esta pequeña introducción, como excusa para presentar una maravillosa pieza que he estado disfrutando repetidamente estos días, el tercer movimiento de la Tercera sinfonía op. 90 de Brahms, que hablará mucho más y mejor del compositor de lo que podamos decir en este blog. En una época marcada por nuevas tendencias, Brahms seguía fiel a los cánones clásicos de su pasado musical inmediato, es decir a Beethoven, a Haydn o Mozart. Poco quería saber de Wagner y otras lindezas, aunque sus obras bien estudiadas también tienen su puntito de romanticismo. Gracias a su perseverancia en su forma de entender la música logró escribir una nueva y maravillosa página en la música alemana, en la que es incluido en la Santísimia Trinidad anunciada por el gran director de orquesta Hans von Büllow, las tres Bes de la música germana: Bach, Beethoven y Brahms. Estoy seguro de que a él le habría encantado ver su nombre al lado de su inspirador Beethoven. El maravilloso tercer movimiento -poco allegretto- de la sinfonía número tres que os dejo más abajo es de una belleza inconmensurable, una música majestuosa plena de madurez y sabiduría, propio de quien sabe que no tiene ya nada que demostrar y está atento solo a sus propios sentimientos. Al parecer Brahms se basó en un lema muy apreciado por él: "Frei aber froh" -"Libre pero féliz"- FAF o lo que es lo mismo Fa-La-Fa. La obra es conocida como la "Heroica" de Brahms. Otro día ya hablaremos de su maravilloso concierto para violín con el que Brahms es capaz de competir y puede que hasta superar en hermosura, dificultad y energía al de Beethoven, que ya es decir.
Philippe Herreweghe dirige el tercer movimiento de la Sinfonia nº 3 - 3er. mov. "Poco Allegretto" con la Frankfurt RSO en 2015
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El poderoso y enamoradizo Sansón encontró una verdadera "femme fatale" en la traicionera Dalila, un bellezón que supo robarle el secreto de su fuerza sobrenatural sin mover un músculo. Evidentemente, cuando Cecil B. De Mille se embarcó en llevar a la pantalla la historia de esta parejita, era imprescindible encontrar una actriz que por su belleza representara a la vez el ángel y el diablo que a veces todos guardamos en nuestro interior, a un ser capaz de conseguir que un hombre le entregue confiadamente el mayor de sus secretos para después no dudar en robárselo.
De Mille, que no era precisamente tonto, eligió a la maravillosa Hedy Lamarr para encarnar a Dalila y encandilar a Sanson, rol que corría a cargo del un tanto simplón Victor Mature. Y como las mujeres hermosas y peligrosas suelen ayudarse de un vestuario espectacular, Hedy Lamarr iba a contar para esta película con uno de los vestidos más sorprendentes de la historia del cine. La película se rodó en technicolor y el impacto visual era determinante. Cecil B.De Mille lo tenía todo bien preparado y amigo de los excesos como era, había estado diez años recogiendo y seleccionando plumas de los pavos reales que tenía en los jardines de un rancho de su propiedad y llegado el momento de preparar el vestuario para la película, entregó 1900 plumas rebosantes de color, para que fueran cosidas al más fastuoso traje que se hubiera ideado hasta la fecha. El resultado fue ciertamente espectacular y ni que decir tiene que se llevó el Oscar al mejor vestuario. En la foto de cabecera podemos ver el esplendoroso vestido al que hacemos referencia. Hedy Lamarr, no tenía un pelo de tonta, de hecho mucha de la tecnología necesaria para el funcionamiento de nuestro teléfonos móviles se la debemos a ella, y a pesar de ello era capaz de lanzar frases tan curiosas como aquella que decía: "Cualquier chica puede parecer glamourosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida". Por supuesto la frase es solo una excusa para observar lo bien que estaba quietecita esta arrebatadora Lamarr. Os dejo que tengo que ir a cortarme el pelo....
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Nunca se sabe qué efectos puede provocar en la sociedad una película de gran éxito, qué cambiará en la forma de vestir, en la de hablar o en la de comportarse de aquellos que la vieron. Si la película es tan reverenciada como cada una de las que componen la trilogía de “El Padrino” todo puede ocurrir.
Según se cuenta, la mafia puso muchas objeciones a que se llevara a la pantalla la historia que Mario Puzo había escrito y que había resultado todo un bestseller, de hecho una de sus imposiciones fue que en el transcurso de las tres películas no se mentara el nombre de “Mafia”, lo que no se esperaban es que la trilogía de Francis FordCoppola fuera a tener un efecto beneficioso para la organización. Cuando las películas fueron asimiladas por el gran público dio lugar a que entre los sociólogos se hablara de una curiosa novedad: “El efecto El Padrino”, y es que las películas recogían multitud de antiguas tradiciones de la mafia que poco a poco se habían ido perdiendo y que volvieron a ponerse de moda entre los estratos más bajos de las organizaciones. Los capos se sorprendían gratamente cuando observaban que sus jóvenes “soldati” volvían a llamarles de “Don” y que no sentían ningún reparo en acercárseles y besarles la mano en muestra de respeto, e incluso amoldaban su vocabulario al de la película, resultando que a partir de las mismas el matar a alguien con un disparo en el ojo se convirtió en “El especial Moe Greene”. Lo que no sabemos es si los capos se aficionaron también a tener gatos entre sus brazos mientras hacían ofertas... imposibles de rechazar.
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"A veces tengo la sensación de que toda mi vida se derrumba. Tal vez es un momento de flaqueza, tal vez un momento fugaz de lucidez, eso poco importa; luego vuelve todo a la normalidad.(…). Los años pasan (…) y en vez de añadir algo a nuestras vidas, nos quitan lo poco que tenemos; siempre es lo mismo: deseamos una cosa con todas nuestras fuerzas, durante mucho tiempo, y cuando por fin lo conseguimos, es demasiado tarde, o es menos de lo que imaginábamos, o descubrimos que en el fondo no lo deseábamos con tanto ardor. Todos nuestros sueños son insignificantes cuando se materializan. En cambio, si perdemos algo, no hay consuelo. Así es la vida. Siempre lo supe, pero lo que no podía sospechar es que además todo ocurriera con tanta rapidez. Miro hacia atrás y no veo nada."
El fragmento pertenece al libro "Una comedia ligera" obra escrita por Eduardo Mendoza en 1996.
En 1939, Bette Davis y Errol Flynn rodaron para la Warner Brothers la película "La vida privada de Elizabeth y Essex", un trabajo firmado por Michael Curtiz y en el que también participaban Olivia de Havilland y Donald Crisp.
La película, que fue nominada a 5 Oscar, contaba las relaciones entre la ya madura Isabel I Tudor, reina de Inglaterra e Irlanda (1558-1603) a la que daba vida Bette Davis y el elegante Conde de Essex que corría a cargo del calavera de Errol Flynn. El caso es que Bette Davis detestaba a Errol Flynn y hacía lo indecible por no coincidir con él en los repartos de las películas, no pudiendo zafarse de este encuentro por los imperativos que entonces marcaban los Estudios, que podían manejar a su antojo la carrera de cualquier actor o actriz.
La Davis tuvo que tragar saliva cuando le decía al Conde de Essex (aunque fuera solo su retrato) aquello de: "No sé a quién odio más, si a ti por hacer que me enamore, o a mí, por necesitarte tanto", que es una de las frases románticas más recordadas del cine, pero el colmo de los colmos vino cuando la Davis supo que el guión los obligaba a besarse acarameladamente en algunas escenas, ante lo cual la actriz no tuvo otra ocurrencia que masticar ajos antes de cada escenita romántica para que su aliento fuera lo más repulsivo posible y sirviera para recordarle a Flynn todo el "cariño" que por él sentía. En el fotograma de cabecera podemos ver a los dos "tortolitos"…. Aunque a ella ciertamente se la ve algo "ajada". No cabe duda de que la Davis era todo un personaje, lleno de cristales, de swarovski si ustedes quieren, pero cristales al fin y al cabo. https://www.pinterest.es/pin/628885535441040434/ https://www.pinterest.es/pin/151433606190537670/
"Adoro no ser yo. No soy muy buena siendo yo. Es por eso que adoro tanto actuar"
Antes de convertirse en una estupenda y camaleónica actriz, Deborah Kerr era una jovencita muy tímida, una verdadera rosa inglesa, como la apodarían más tarde, y tras renunciar a una inicial vocación de bailarina fue narradora de cuentos infantiles en la radio. Su tía, que era profesora de interpretación y con la idea de ayudarla a superar su timidez, la introdujo en el mundillo del teatro londinense en el que llegó a realizar algunos pequeños papeles. La manera en la que dio el salto al cine no deja de ser harto curiosa.
En 1940 Gabriel Pascal buscaba una cara nueva para su película "Major Barbara". La elegida habría de dar vida a una angelical chica del Ejército de Salvación. El descubrimiento surgió en un restaurante donde Pascal explicaba a un invitado ese matiz de inocencia y pureza que necesitaba para su nueva protagonista, y mientras hablaba paseaba la vista por los rostros de las demás personas presentes en el lugar hasta que, milagrosamente, detuvo su mirada en una de las chicas que se encontraba sentada en una mesa contigua y vio la mirada más pura y etérea que imaginarse pueda. Aquel rostro y aquella mirada eran la sublimación de su propia idea, y como quien encuentra un tesoro se dirigió decidido a hablar con aquella maravilla de mujer. Las primeras palabras que le dirigió a aquella tímida chica fueron de antología: "¿Eres virgen?"
Deborah Kerr se puso como un tomate, pero antes de que ella pudiera dar una respuesta a la altura de su insolencia, el propio Pascal le explicó lo que andaba buscando. Tras normalizar con su tranquilizadora explicación el encuentro, le pidió que le recitara algo, y Deborah que como ya hemos dicho tenía experiencia en la radio, empezó a recitarle "Canción de cuna".
A las pocas palabras, de nuevo Pascal la interrumpió y le preguntó "¿Conoces el evangelio? y ella nuevamente asintió… era sin duda la candidata perfecta para aquel papel, un papel con el que Deborah Kerr tuvo éxito y la convirtió rápidamente en una incipiente estrella del cine británico de la mano de la compañía cinematográfica Rank. No tardarían en llegar inolvidables papeles como el de la virginal monja de "Narciso Negro" por decir solo uno que tenga algo que ver con estos curiosos orígenes y a la que pertenece el fotograma de más arriba. Por aquellos entonces la actriz estaba un tanto encasillada en papeles de dama decente e intachable y según contaba Lawrence Olivier, Debora Kerr tenía fama de mujer "irrazonablmente casta".
Desde luego eso de revolcarse en la arena junto a Burt Lancaster mientras las olas chocaban sensualmente contra sus cuerpos en "De aquí a la eternidad" estaba lejos todavía. Una muestra más de que no es posible ponerle puertas al campo. Tras aquella tórrida escena de una mujer ávida de atenciones, Los Ángeles Times sentenció: "Era una época de arquetipos: había mujeres que eran sex-symbols como Marilyn Monroe y otras que ejercían de grandes damas como Audrey Hepburn. Deborah Kerr podía ser las dos".
Entre sus películas figuran maravillas como: "Quo Vadis", "Julio Cesar", "El rey y yo", "Té y simpatía", "Buenos días, tristeza", "Tres vidas errantes", "La noche de la iguana"..... y por supuesto "Tu y yo" de McCarey, otra deliciosa historia de amor que dejó en nuestra memoria a una enamorada Deborah Kerr. Ella misma diría de la película:
"Cary y yo sabíamos cómo besar. Cuando hacíamos una escena de amor no nos intentábamos engullir el uno al otro, pero por esos breves instantes, nos amábamos. Creo que entiendo lo que las mujeres ven en esa película. Hay una dulzura muy atractiva y que está alejada de la crudeza de hoy. Les hace entender que el mundo ha perdido algo entrañable" Estuvo nominada seis veces a los premios Oscar y solo en 1994 le fue concedido uno honorario en cuya entrega la definían con las siguientes palabras: "Una artista de impecable gracia y belleza, una actriz dedicada que a lo largo de toda su carrera siempre ha defendido la perfección, la disciplina y la elegancia".
En definitiva, una pelirroja maravillosa por la que no me importaría subir a la terraza del Empire State para encontrarme con ella aunque fuera por la escalera.
Algunos momentos para recordar:
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Por mucho que resulte el más claro antecedente de los "Aliens" o los "Predators" de hoy en día y de resultar un monstruo ya icónico en nuestra cultura, creo que todos los aficionados al cine hemos pensado alguna vez en lo parsimonioso y poco amenazante que era el andar del Monstruo de la laguna negra (Creature from the black lagoon - 1954 - Jack Arnold), ese que recientemente sirvió de inspiración a Guillermo del Toro para su premiada "La forma del agua". Incluso el "Tiburón" de Spielberg debe mucho en su concepción y en más de una escena a esta película; de hecho ya su director, Jack Arnold, que más tarde rodaría "El increible hombre menguante", "Tarántula" o "Vinieron del espacio" apuntaba las razones del miedo que provocaban las aguas profundas:
"Juega con un miedo básico que las personas tienen respecto a lo que podría estar bajo la superficie del agua. Usted conoce esa sensación cuando está nadando y algo roza su pierna - se asusta muchísimo si no sabe qué es. Es el miedo a lo desconocido. Decidí explotar este miedo tanto como sea posible al filmar"
El productor del film, William Alland, había oído de su director de fotografía, Gabriel Figueroa, la inquietante historia de una criatura acuática que supuestamente vivía en el Amazonas y que una vez al año raptaba una doncella de las aldeas cercanas como tributo para dejarlos en paz. Jugando con esta idea y tras las oportunas modificaciones, solo faltaba una chica guapa (Julie Adams) de la que pudiera quedar prendado el monstruo para montar una buena historia y en la Universal, expertos en monstruos legendarios, no pondrían muchas pegas para crear uno nuevo. Uno de sus mejores monstruos de hecho y al que los norteamericanos gustan llamar "Gill-man" o lo que es lo mismo "Hombre con branquias" u "Hombre pez".
Pero volviendo a los andares del monstruo, una criatura mitad hombre y mitad pez que vivía en una apartada laguna de aguas negras, es justo reconocer que en las magnificas escenas acuáticas parecía una amenaza cierta, solo había que verlo buceando ágilmente boca arriba por debajo de la chica en unas imágenes por cierto espectaculares; pero en tierra el monstruo era otro cantar, se nos antojaba torpe y nada inquietante y pensábamos que solo una chica muy despistada podía ser sorprendida y alcanzada por el monstruo (algo así como ocurre con las películas de zombies en las que las víctimas parecen tontos). Pero todo tiene una razón de ser.
Para las escenas en tierra el actor al que le tocaba pasar calor dentro del disfraz era Ben Chapman, que se hizo con el trabajito gracias a sus 198 centímetros. Chapman era un soldado veterano, herido en las piernas durante la batalla de Corea lo que le hacía contonearse un poco para disimular su cojera, eso unido a la petición de Arnold de que el monstruo debía simular deslizarse más que andar con naturalidad fuera del agua y a los lastres de cinco kilos puestos en cada pierna para lograrlo, fueron la razón última de la torpeza mostrada por el monstruo en la pantalla.
En cambio para las escenas acuáticas era Ricou Browning el que se enfundaba el traje del monstruo y esa máscara tan singular en la que las branquias se movían con una perilla de goma conectada a un tubo desde la que Browning al apretar sus manos impelía aire a presión para que se movieran y dieran más vida al monstruo y la boca se movía simplemente con su propio mentón. El traje en si era una malla sobre la que se pegaban las placas que conformaban el cuerpo del monstruo y solo ponérselo ocupaba tres horas. Esos eran los efectos especiales entonces, la cosa no daba para más, a pesar de lo cual se lograron unos resultados estupendos, de hecho la película sigue siendo aún hoy uno de los films más apreciados por los aficionados al cine de monstruos. En su día "La mujer y el monstruo" llegó a tener tanto éxito que produjo un par de secuelas, “La venganza del monstruo de la laguna negra” (1955) y “El monstruo camina entre nosotros” (1956).
Trailer de la película:
Ficha de "La mujer y el monstruo"
En hispanoamérica: "La criatura de la laguna negra"
Título original: Creature from the Black Lagoon
Año: 1954
Duración: 79 minutos.
País: Estados Unidos
Dirección: Jack Arnold
Guion: Harry Essex, Arthur A. Ross
Reparto: Richard Carlson, Julia Adams, Richard Denning, Antonio Moreno, Whit Bissell, Nestor Paiva, Ricou Browning
Música: Joseph Gershenson
Fotografía: William Snyder (B&W)
Productora: Universal Pictures
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