viernes, 5 de abril de 2019

Lapislázuli mejor que oro: "El Descendimiento" de Rogier van der Weyden



No soy un experto en pintura para desentrañar, aunque fuera mínimamente, los secretos de esta maravillosa obra de arte que es "El descendimiento de la cruz", pintada hacia 1433 por el artista flamenco Rogier van der Weyden y que podemos disfrutar en el Museo del Prado gracias a los caprichos y amor por el arte de Felipe II; pero puede que, aunque sea superficialmente, alguna pizca podamos hablar de ella. Supongo que a todos nos resultan evidentes sus juegos con la profundidad en un espacio tan reducido, la estudiada composición de las figuras y el ballet de simetrías y armonías que existe entre los personajes de una obra que rebosa color y maestría en el uso del pincel y el tratamiento de las telas y sus texturas. Dentro del maravilloso paréntesis pictórico que crea el pintor en los extremos de la obra con las figuras recogidas de San Juan Evangelista, con su soberbia túnica roja y tras el cual llora desconsolada María de Cleofás, se opone en el lado opuesto la doliente María Magdalena con sus manos entrelazadas, dejando enmarcados en el centro a María Salomé, vestida de verde, y José de Arimatea con su capa bordada en oro (era el que puso los cuartos para pagar el entierro de Jesús y en la calidad de su vestimenta se deja muestra de ello), personajes estos que ayudan a sujetar a los verdaderos protagonistas de la obra, Jesús, que sujetado también por detrás por Nicodemo, se nos muestra ya sin vida tras ser retirado de una cruz mínima por un desconocido joven, y en una pose prácticamente idéntica a la de una Virgen María que se derrumba desmayada bajo él por el dolor, mientras sus manos parecen querer tocarse. Y precisamente de esta figura es de la que quería hablar en esta entrada ya que guarda una anécdota curiosa. El maravilloso ropaje azul que lleva la Virgen, con sus elaborados pliegues perfectamente tratados, esta pintado con el que posiblemente sea el color más caro de la historia de la pintura, el azul ultramar, cuyo carísimo pigmento base aparece en este ropaje con una de las concentraciones más puras de toda la pintura de aquella época. No era un color fácil de obtener pues para su elaboración hacia falta moler una piedra semipreciosa conocida como lapislázuli que provenía de tierras tan remotas como Afganistán y que llegaba en ocasiones a multiplicar por cuatro el valor del preciado oro. No cabe duda de que el Gremio de ballesteros de Lovaina no reparó en gastos a la hora de encargar esta obra, en la que queda rastro de su origen en las dos pequeñas ballestas que se enmarcan en los vértices superiores de la pintura. Sobre los incontables pequeños detalles como las lágrimas de los personajes, las venas, los juegos en las posiciones de las manos, los huesos y calaveras presentes en la obra pero siempre cerca de brotes de plantas que sugieren la resurrección, los brillos, calidades y texturas de las telas o pieles de los vestidos o el curioso cinturón que porta María Magdalena y que se presenta abrochado sobre su ingle, como si un símbolo de castidad resultase, son todas ellas y muchas más, maravillas que solo se disfrutaran en presencia de este sobrecogedor cuadro, o gracias a las ventajas de este tiempo que vivimos, aplicando detenidamente el zoom sobre la imagen, con el que lograremos descubrir algunos de los secretos de una verdadera obra maestra, una de mis preferidas de siempre.

Fuente: A partir de una anécdota leída en el nº 110 de la revista "Muy Historia"



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