jueves, 27 de septiembre de 2018

Miguel Ángel, el David y los poderosos



"El mayor peligro para la mayoria de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos" (Miguel Ángel Buonarroti)

Y no cabe duda de que Miguel Ángel no era precisamente de los que se ponían las cosas fáciles a si mismos. El David es buena prueba de ello, una obra de más de cuatro metros de altura que por su cabezonería y la osadía propia de la juventud de un genio habría de nacer de un bloque de mármol ya comenzado y abandonado durante años por otros escultores que lo daban por imposible para abordar una nueva obra.

En Florencia, tras los Médicis y la convulsa caída de Savonarola, tomó el poder Piero Soderini, que se convirtió en "gonfaloniere" de justicia vitalicio en un intento de lograr acabar con la inestabilidad de la República florentina. Soderini se convirtió en la máxima autoridad de Florencia, con un poder comparable al de los Signori de Médicis. Y en esta época en la que el que cortaba el bacalao era el tal Soderini surgió el encargo al joven Miguel Ángel de la ejecución del David.

El caso es que Piero Soderini, cuando fue a ver como marchaba la escultura encargada se mostró muy crítico con el tamaño de la nariz y así se lo hizo saber al escultor. Miguel Ángel sabedor del poder de Soderini, decidió no entrar en polémicas con él. Se limitó a mirar fijamente la nariz de su escultura, que él sabía perfecta, y tras unos segundos de aparente reflexión tomó disimuladamente un puñado de polvo de mármol en su mano, se subió decididamente a los andamios hasta enfrentarse al rostro del David (la escultura mide cuatro metros), y allí simuló que daba ligeros golpes en la nariz de la escultura, mientras que dejaba caer algo del polvo que guardaba en su mano, pero sin tocar en ningún momento su obra, que quedó exactamente como estaba.

Tras esta simulación se dirigió a Piero Soderini y le dijo:
-Mirad ahora.
-Ahora me gusta mucho más
–dijo Soderini- le habéis dado vida.

Entonces, Miguel Ángel bajó y río silenciosamente.

La soberbia del poder ha cambiado poco cinco siglos después.


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