Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 11 de julio de 2016

¿Quién fue la verdadera Dama de las Camelias?




Con enorme éxito se hizo eco la literatura, la música y el cine de aquella pequeña y menuda cortesana que solía llevar de su mano un ramo de camelias blancas cuando se encontraba disponible para las galanterias de los pretendientes o de un ramo de camelias rojas cuando la naturaleza aconsejaba a los varones un poco de paciencia. En la literatura fue la maravillosa Margarita Gautier de "La dama de las Camelias" por obra y gracia de Alejandro Dumas hijo; en la música sirvió de inspiración para la inolvidable Violeta Valery, protagonista de la Opera "La traviata" (La extraviada) de Verdi y en el cine fue la espledorosa "Camille" (entre otras) a la que prestó su rostro y su magia la hermosa y enigmática Greta Garbo a la que podemos ver en ese rol en la foto que abre la entrada. ¿Pero quién fue en realidad "La dama de las Camelias"?

La musa de estas obras fue Marie Duplessis, una cortesana que fue capaz de robar el corazón de los parisinos con su menuda figura, su sonrisa y su trato exquisito hasta ser conocida como "La divine Marie". Realmente murió de tuberculosis a los 23 años y ciertamente adoraba las camelias, principalmente por su muy tenue aroma, en contraposición al intenso olor de las rosas u otras flores que le resultaba insoportable. Alejandro Dumas hijo, fue su pareja durante casi un año y la describía así:

Marie Duplessis
"Era alta y muy esbelta, de pelo negro y complexión blanca y rosa. Su cabeza era pequeña, de ojos alargados que tenían el aspecto de porcelana de las mujeres de Japón. Pero había en ellos algo que indicaba una naturaleza orgullosa y vital... Podía ser una figurilla de Dresden." 

Su apariencia era sin duda subyugante, esa figura menuda y pálida por la enfermedad podía cuadrar a la perfección con los cánones del romanticismo que por entonces imperaba en Europa, pero aquella perfecta languidez tenía mucho sufrimiento oculto tras su maravillosa sonrisa.

Marie Duplessis, nació como Rose-Alphonsine Plessis, hija de una aristrócrata venida a menos y de un buhonero hijo de una prostituta que pronto empezó a prostituir a su hija por unas pocas monedas cuando esta ni siquiera había cumplido los doce años; no contento con eso llegó a venderla a unos gitanos que formaban parte de un circo. Buscándose la vida, trabajó de lo que podía, ya fuera vendiendo verduras, haciendo paraguas o en una tienda de lencería. Todo cambiaría cuando en un baile conoció a un acaudalado señor que la convirtió en su "protegida" y le puso una asignación mensual que pronto se le quedó pequeña y hubo de buscar otros "mecenas" más solventes. Su encanto llamó la atención de personas poderosas como el, embajador de Rusia en París, o el  Ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III quien se preocupó de alimentar la curiosidad por aprender de la chica y le procuró instrucción en literatura, historia, piano, danza... hasta convertirla en una encantadora damisela capaz de deslumbrar a cualquiera no solo con su lánguida belleza y sus exquisitos modales sino también con una chispeante e interesante conversación que la llevó a convertirse en la cortesana más importante de París y a  regentar uno de los salones más famosos de la ciudad de la luz, frecuentado por las mentes más brillantes de su época. 

Su carácter era alegre, aunque era capaz de pasar de la más exultante alegría a periodos de una intensa melancolía, puede que debido a la tuberculosis que la atacaba y que le mostraba un futuro nada venturoso. Su afán por vivir pronto la hacían olvidar esas cavilaciones y se lanzaba a disfrutar de cada momento. Era una ávida jugadora y derrochaba el dinero sin pensar en el mañana, a la vez que era tremendamente generosa con aquellas personas necesitadas y que le recordaban los duros tiempos que le habían tocado vivir años atrás. Llegaba a gastar la importante suma de 200.000 francos oro al año, lo que da una idea del interés que inspiraba en sus "protectores". Gran amante de la mitología, gustaba de adornar sus historias de la forma más efectista con mentiras que a veces resultaban demasiado obvias. Cuando un amigo le preguntó la razón de tantas fabulaciones y embustes, ella divertida, simplemente respondía:

"Mentir blanquea los dientes"

Era sin duda en su Salón, ubicado en una lujosa vivienda del Boulevard de la Madeleine, donde obtenía sus mayores satisfacciones, en aquellas efervescentes reuniones y tertulias en las que recibía a personas de la talla de Alejandro Dumas padre, Musset, Balzac, Theophile Gautier, Dickens y tantos otros.

Entre aquellos intelectuales pasó Alejandro Dumas hijo, puede que siguiendo los pasos de su padre, pero a diferencia de este, el joven escritor terminaría enamorándose de aquella fascinante mujer, llegando a pasar junto a ella cerca de un año. Al final la relación se rompió, puede que más por el irreprimible temor del escritor a contagiarse de la tuberculosis que padecía la Duplessis, una enfermedad por entonces tan temible o más  que el sida de hoy, que por un amor insuficiente o falta de fondos para mantenerla.

Marie Duplesis viendo como su relación con el escritor se apagaba le escribió: 

“¿Por qué no me has dicho cómo estás y por qué no me escribes con sinceridad? Creo que deberías tratarme como un amigo. Espero una palabra tuya y te beso cariñosamente como amante o como amiga, lo que tú prefieras. En cualquier caso, siempre seré tuya.”

Él le respondió con esta otra carta en agosto de 1845: Dumas temeroso de la enfermedad ya solo pensaba en romper amarras, marchándose hacía España para no volver a verla. En agosto de 1845 le escribía:

“No soy no bastante rico para amarte ni lo bastante pobre para ser amado como tú quieres. Así que olvidemos los dos: tú un nombre que apenas debe de significar nada para ti, y yo una felicidad que me ha resultado imposible. No tiene sentido que te diga lo triste que me siento, puesto que ya sabes cuánto te amo. Adiós. Tu corazón es demasiado grande para no comprender la razón de mi carta, y tu naturaleza demasiado bondadosa para no perdonarme por ello. Mil recuerdos. 30 de agosto. A medianoche. A.D”

Meses después de la muerte de Marie Duplessis, Alejandro Dumas escribiría su inmortal obra "La dama de las camelias" inspirándose de forma muy directa en su relación con ella, a quien convirtió en la novela en Margarita Gautier y a el mismo en Armando Duval.

Antes de morir, la Duplessis aun tuvo tiempo para tener un tórrido romance con el famoso compositor y pianista Franz Liszt, con el que estuvo a punto de recorrer Europa. Las giras y el éxito pudieron más que ella que le confesaba ya al compositor el deterioro que sentía:

"Sé que no voy a vivir mucho. Soy una chica rara y no puedo aferrarme a esta vida, que es la única que sé llevar pero que no puedo soportar"

Liszt a su muerte le dedicó unas palabras:

"No soy partidario de las Marions de Lorme o las Manons Lescaut. (...) Pero Marie Duplessis era una excepción. Tenía un buen corazón. (...) Fue sin duda la más absoluta y perfecta encarnación de la Mujer que jamás haya existido. Y ahora está muerta y no sé qué extraño acorde de elegía vibra en mi corazón en recuerdo suyo."

Ya moribunda contrajo matrimonio con uno de sus antiguos protectores, el Conde de Perragaux, lo que la convirtió en Condesa, y le dio la oportunidad de componer su propio escudo de armas y estamparlo en su vajilla y papel para cartas, pequeñas vanidades que en el fondo supondrían mucho para alguien que había logrado sortear la miseria en tiempos tan difíciles. A su entierro solo la acompañaron dos personas, su marido el Conde de Perragaux y el anciano embajador de Rusia, Gustav Ernst von Stackelberg, un hombre de 70 años, que siempre la protegió según cuenta la leyenda por recordarle grandemente a una hija que había perdido. Actualmente sus restos descansan en una tumba de mármol blanco en el cementerio de Montmartre, en la que curiosamente nunca han faltado admiradores anónimos que dejen ramos de camelias para que la sigan acompañando.

Alejandro Dumás hijo terminó su libro "La dama de las Camelias" poniendo en boca de su narrador, que evidentemente es él mismo, las siguientes palabras:

Maria Callas como Violeta en "La Traviata"
"Volví a París, donde escribí esta historia tal como me la contaron. No tiene más que un mérito, que quizá le será discutido: el de ser verdadera. No saco de este relato la conclusión de que todas las chicas como Marguerite son capaces de hacer lo que ella hizo, ni mucho menos; pero tuve conocimiento de que una de ellas había experimentado en su vida un amor serio, por el que sufrió y por el que murió, y he contado al lector lo que sabía. Era un deber. No soy apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble dondequiera que la oiga implorar. La historia de Marguerite es una excepción, lo repito; pero, si hubiera sido algo habitual, no habría merecido la pena escribirla."

Sin duda una vida brillante la de Marie Duplessis, plena del romanticismo de su época, y que como toda luz que brilla con especial intensidad se apaga antes que otras. Murió con tan solo 23 años. Como ella misma decía:

“No soy yo quien baila demasiado rápido; son los violines los que tocan muy lento.”

Después de hablar tanto del libro que menos que dejar el aría "Sempre libera" de  la Traviata por la atractiva Ana Netrebko y con unos sensacionales subtítulos en español para entender por completo su letra. La acompaña Rolando Villazon.


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