Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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jueves, 17 de diciembre de 2015

Alfred Hitchcock y su teoría del suspense



Según comentaba el gran director:

"Hay una gran confusión entre las palabras misterio y suspense. Ambas cosas se hallan absolutamente a kilómetros de distancia. El misterio es un proceso intelectual, como en un drama policíaco. Pero el suspense es esencialmente un proceso emocional. Uno puede seguir adelante con el elemento del suspense sin darle al publico información. El misterio no tiene un atractivo especial para mi, porque se trata simplemente de engañar al público, lo cual creo que no es suficiente... Yo personalmente, odio el suspense, y es por eso por lo que nunca permitiré a nadie que haga un souffle en mi casa: ¡Mi horno no tiene la puerta de cristal! Tendríamos que esperar cuarenta minutos para saber si el soufflé había salido bien, y esto es mas de lo que puedo resistir"

O como le contaba a Truffaut:

"La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple (...) Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de la mesa y nuestra conversación es muy anodina; no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que un anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa de la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar. En el primer caso se le ha ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso le hemos ofrecido quince minutos de suspense."

Tal era su inclinación por el suspense que incluso lo encontró en el parto de su hija Patricia. Durante el mismo no pudo aguantar la presión y se quitó de en medio. Después explicaría a su mujer:

"Se que no hubiera debido dejarte, pero en lo que a ti respecta parecía que todo iba tan bien, mientras que yo me sentía mas y mas débil, casi a punto de desvanecerme, a cada minuto que pasaba  Ten en cuenta mi sufrimiento. Estuve a punto de morir de suspense".

Nadie duda sobre su maestría en jugar con las emociones de los demás, en crear inquietud y desasosiego incluso en las situaciones más inverosímiles. Muy conocida es la broma que habitualmente solía representar cuando se subía a un ascensor con otras personas desconocidas. Al arrancar el mecanismo empezaba a contarle a su acompañante, que ya sabía de la broma:

"La sangre había salpicado las paredes, se vació sobre el suelo, no dejaba de manar de su boca y su nariz”.

 Continuaba el relato dando otros datos de una situación verdaderamente macabra, y regulaba su extensión para concluir en el piso donde se tenían que bajar con un comentario del tipo:

“Así que tuve que cogerle la cabeza y le pregunté qué le había pasado”.

Evidentemente cuando el ascensor llegaba a su destino y se abrían las puertas nadie quería salir del ascensor, todos estaban presos de la curiosidad por saber que le podía haber ocurrido a aquel pobre desdichado del que se hablaba. Tras un par de intensos segundos, una vez conseguido el efecto, era Hitchcock el que abandonaba el ascensor, sin hablar nada más y dejando a todo el mundo plantado allí, intrigados y sorprendidos. Los dejaba en su terreno. Todo un personaje.

Era aficionado a buscar entre los miedos de sus actores, a saber cuáles eran sus fobias, si a las ratas o bien a las arañas u otros insectos. Una vez descubierto solía mandarle una cajita con el animalillo en cuestión a modo de regalo. No cabe duda de que sabía hacer amigos.

Lo curioso de este director acostumbrado a hurgar en los miedos de todos nosotros tan certeramente, eran sus propios miedos. Al parecer Don Alfredo tenía una fobia algo subidita de tono hacia los huevos y de ellos decía:

  "Los huevos me dan miedo, algo más que miedo, me repugnan. Esas cosas blancas, redondas, sin agujeros… ¿Alguna vez has visto algo más asqueroso que la yema rota de un huevo rebosando ese líquido amarillo? La sangre es alegre, roja. Pero la yema del huevo es amarilla, repugnante. Nunca la he probado."

También curiosamente odiaba las gaitas de las que decía:

 “Supongo que el inventor se inspiró en un hombre que llevaba un cerdo indignado y asmático bajo el brazo. Por desgracia, el sonido creado por el hombre nunca pudo igualar la pureza del sonido conseguido por ese cerdo”.



Sus mejores escenas: