Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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jueves, 30 de julio de 2015

Clark Gable y las mujeres

Clark Gable y Carole Lombard



Clark Gable siempre fue un gran estratéga a la hora de elegir sus primeros matrimonios, así su primera esposa fue Josephine Dillón, su profesora de actuación y 17 años mayor que él, una mujer poco agraciada pero que logró transformarlo radicalmente, tanto en lo físico como en sus cualidades actorales; de hecho le pagó operaciones para corregir sus graves problemas dentales (prácticamente perdió su dentadura a causa de una severa piorrea y llevaba dentadura postiza), le cambió el peinado, moduló su voz y logró darle una apariencia más fornida a aquel alfenique; incluso lo convenció de usar artísticamente su segundo nombre en vez del primero (Gable se llamaba William Clark). 

Después de que Josephine Dillón lograra esculpir un más que aceptable resultado en un no muy buen mármol y hacer de mecenas de Gable, logrando para él sus primeros papeles en Hollywood, este, siguiendo su camino, se separó de su pigmalión para unirse a la acaudalada y aristocrática María Langham, también mucho mayor que Gable, y que evidentemente ayudó a que "El rey" escalara posiciones. Hay incluso quien cuenta que en su camino hacia la cumbre hubo de someterse a relaciones con hombres que podían allanarle el camino. De hecho se especula que Gable vetó a George Cukor como director de "Lo que el viento se llevó" por entender que este director sabía los detalles picantes de esta escabrosa etapa del actor. 

Carole Lombard
Pero llega un momento en el que, una vez alcanzada la cumbre con "Sucedió una noche" (1934) y disfrutando de las mieles del éxito y del Oscar que esa película le reportó, Gable se enamora perdidamente de un verdadero bellezón, la incomparable Carole Lombard. Trás tres años de relación solo existía un "pequeño" impedimento para casarse con ella, los 289.000 dólares que le exigía su esposa para concederle el divorcio, un dinero del que el actor no disponía. 

En esos tiempos Clark Gable es solicitado por sus estudios para que asumiera el papel de Rhett Butler en "Lo que el viento se llevó", cosa que no era del agrado del actor que intentaba por cualquier medio evitar intervenir en aquel trabajo. 

Louis B. Mayer, el jefazo de la Metro, no era precisamente tonto y sabiendo donde le apretaba el zapato a Gable, le hace saber las consecuencias jurídicas que supondrían rechazar el papel, a la vez que además de sus sustanciosos honorarios por la película le añadió una prima de 50.000 dólares destinada a arreglar los flecos que quedaran para hacer efectivo el divorcio de su esposa y poder casarse con la Lombard. Si a eso añadimos la pasión de su futura esposa por la novela de Margaret Mitchell y el fin de semana que le prometieron libre para poder casarse nos podemos imaginar el resultado de la negociación. Con la unión de Clark Gable y Carole Lombard nace una de las parejas más glamourosas de la historia del cine.

Clark Gable tras su cuidada transformación
Para todo el mundo resultaba una incógnita saber que era aquello "que el viento se llevó", era algo indeterminado, excepto para María Langham, que tenía muy claro que el viento se llevó de su lado a Clark Gable a cambio de una lluvia de dólares. No sé si pondría muchas objeciones, pero me puedo imaginar a Gable ensayando con ella aquello de "Francamente querida, me importa un bledo".  

No tendría mucha suerte Gable y trás aproximadamente tres años de matrimonio y después de que Carole Lombard protagonizara la maravillosa película de Lubitsch "Ser o no ser"  (1942), la actriz muere en un trágico accidente de aviación. Gable totalmente roto se alistó en el ejército para intentar olvidar lejos del mundo de la farándula. En la guerra participó en al menos cinco misiones de bombardeo sobre Alemania a bordo de un B-17 y llegó a alcanzar el grado de capitán además de un par de medallas al valor. Hasta se cuenta que Hitler ofreció una recompensa a quien capturara vivo al actor, que por lo visto era uno de sus estrellas favoritas.

Tras la guerra retomó su carrera como actor y con los años volvería a casarse, siguiendo su linea, con dos mujeres ciertamente acaudaladas, primero con Sylvia Ashley y después con Kay Williams. No cabe duda que después de estos cinco matrimonios, y de la cantidad de amoríos que se le atribuyen. entre ellos Grace Kelly, Joan Crawford, o Loretta Young con la que al parecer tuvo un hijo en singulares circunstancias, Glark Gable podía ser considerado con justicia como el verdadero Rey del gallinero. 

Os dejo un curioso vídeo con algunas verdades y mentiras sobre Clark Gable:



lunes, 27 de julio de 2015

Lenny Montana: Un matón de la mafia en el reparto de "El Padrino"




En "El Padrino", la película sobre la mafia por excelencia, no todos eran actores. Uno de los personajes más memorables del film es el despiadado y leal matón Luca Brasi, brazo ejecutor de la familia Corleone cuando ofrecían un trato que nadie pudiera rechazar sin éxito. Coppola se encontró con que el actor que iba a encarnar a este personaje murió antes de realizar sus escenas y se vio obligado a buscar un sustituto con rapidez. 

En el set de rodaje no eran pocos los matones de la mafia que controlaban que la película no tomara derroteros indeseados (de hecho la película es muy generosa para con la organización, de la que ofrece una visión nada negativa), y uno de aquellos "soldati" era un antiguo luchador de wrestling, Lenny Montana, grande y de aspecto y modales primarios, que se había reconvertido en matón de la familia Colombo y en un singular pirómano amigo de amarrar un objeto empapado en queroseno a la cola de un ratón, darle fuego y echarlo a correr por el edificio que debía ser quemado, aunque otras veces simplemente colocaba una vela encendida delante de un reloj de cuco, para que cuando este diera la hora cayera sobre los cortinajes y produjera su fatal resultado. 
       El caso es que a los ojos de Coppola aquel sujeto reunía las cualidades necesarias para encarnar a su tenebroso Luca Brasi y además, el hecho de contratarlo, suavizaba la tensión con todos aquellos controladores de sombrero borsalino que frecuentaban la filmación.

Lenny Montana se puso tan nervioso al saber que tendría que actuar delante de Marlon Brando que no paraba de repetir una y otra vez su frase. Coppola que lo vio en tal trance se dio cuenta de que aquellos nervios definían a un personaje que a pesar de ser sanguinario de ser necesario también mostraba sus pocas luces y una lealtad inquebrantable para con su Don al que respetaba y temía por encima de todo, de modo que encargó modificar el guión para introducir aquella faceta del personaje.

"Don Corleone, me honra y le agradezco que me haya invitado a su casa, para la boda de su hija. Ojala el primogénito sea varón."

Eso era, más o menos, todo lo que tenía que decir, y cuando llegó el momento de filmar, sus nervios volvieron a aparecer y a trompicones dijo su texto como bien pudo. Coppola supo que era mejor no tocarlo, que era un momento sensacional tal y como se había desarrollado y así es como lo vemos en la pantalla. Y es que no tiene precio ver a un verdadero matón de la mafia con tembleque de piernas por tener que decir unas lineas delante de Don Vito. Un personaje. este Brasi, que redondea más si cabe la obra, lastima que finalmente, en la película tuviera que "dormir con los peces", lo que no le impidió aparecer en otros títulos posteriormente.




sábado, 25 de julio de 2015

"La chica de Bube" (1963 - Luigi Comencini)




Ayer fue uno de esos días en los que uno descubre una joyita olvidada del cine y por tan simple regalo se siente feliz. La película en cuestión es "La ragazza di Bube" (1963), uno de los mejores trabajos de Luigi Comencini, cuya filmografía, reconozco no tengo muy visitada más allá de sus "Pan, amor y...". 

Es indudable el valor cinematográfico de la obra, que aborda con acierto un momento histórico de Italia como es el fin del fascismo tras la Segunda Guerra Mundial y las consiguientes tensiones que se crean en la población entre los antiguos partidarios de Mussolini, ahora de capa caída, y las emergentes ideas igualitarias de todos aquellos que lo sufrieron y no formaban parte de los elegidos y por supuesto con aquellos que lucharon de forma activa contra el fascismo, los partisanos, uno de los cuales, Bube (George Chakiris), movido por las circunstancias y por el calor del momento, mata a un par de personas e inexorablemente se ve obligado a pagar por su crimen sin que su lucha anterior por la libertad cuenten a su favor. En esta situación conoce a Mara (Claudia Cardinale) y su amor se va fraguando poco a poco, a fuego lento, desde la sutil indiferencia hasta la renuncia del yo por el otro cuando su amor se convierte en un camino repleto de obstáculos prácticamente insalvables. Dificultades que Mara asumirá con entereza después de renunciar a la estabilidad que le ofrecía otro amor, en cierto modo más convencional, que se le había cruzado en el camino. 

Pero más allá de esta interesantísima crónica social de un tiempo ya pasado, la película esconde la maravillosa actuación de una joven Claudia Cardinale que sin demasiados afeites logra conquistar al espectador con sus ojos y su límpido rostro. No son sus formas las que llaman la atención, ni sus ropas, ciertamente humildes, es solo ella y su magia personal las que conforman el embrujo,  además de ese  blanco y negro que en el cine siempre esta preñado de belleza, y en esta película se convierte en un aliado de la actriz y de sus expresivos ojos y gestos. A veces es como si el color fuera demasiado explicito, demasiado completo, y el blanco y negro un alegato sobre aquel adagio de que "menos es más". No debo olvidarme de la acertadísima banda sonora que Rustichelli crea para el film (me recordaba a las tonadas típicamente italianas de algunas películas de Fellini) ni de la gran actuación de Chakiris, pero si por algo recordaré esta película es por haberle dado un nuevo sentido a aquella frase tan utilizada como referencia a los placeres y manjares reservados a las élites: "Bocatto di Cardinale" y sin duda Claudia lo es.



Ficha de la película:

Título original: La ragazza di Bube
Año: 1963

Duración: 106 min.
País: Italia 

Director: Luigi Comencini

Reparto: Claudia Cardinale, George Chakiris, Marc Michel, Dany París, Monique Vita, Carla Calò, Emilio Esposito

Guión: Luigi Comencini, Marcello Fondato
Música: Carlo Rustichelli

Fotografía: Gianni Di Venanzo





¿Pueden bastar 34 segundos para hacer deseable ver una película?



La banda sonora de Rustichelli e imágenes de la película

lunes, 20 de julio de 2015

El camarote de los Hermanos Marx: Una escena hecha trizas



Uno de los grandes mandamases del cine de Hollywood, Irving Thalberg, era capaz, si era preciso, de hacer que sus guionistas sudaran sangre para lograr de ellos buenas y novedosas ideas e historias con las que hacer sonar la caja. Eso es más o menos lo que hizo para que la famosa escena del camarote en “Una noche en la Opera” (Sam Wood - 1935) tomara cuerpo. Thalberg tenía entre ceja y ceja hacer la película más desternillante de los Hermanos Marx y para ello necesitaba gags completamente nuevos en las que se le diera una nueva vuelta de tuerca al ya de por si considerable arte del absurdo de los Marx. Descontento con las escenas cómicas que le presentaban los guionistas, no paraba de pedir modificaciones y de rectificar o rechazar el trabajo que le presentaban. En un arranque de mal humor y de malos modos, pidió a Al Boabserg, uno de esos guionistas, un nuevo enfoque del guión de la película y una escena que quedara en el recuerdo de todos los espectadores que acudieran a verla y que sirviera de promoción cuando hablaran de ella a otras personas.

Boasberg era cumplidor, pero también estaba hasta el mismísimo gorro de las inaceptables maneras del todopoderoso Thalberg, así que tras idear esa mágica escena, le telefoneo y le dijo: “De acuerdo, Sr. Thalberg. Ya lo tengo hecho, pero si lo quiere ver tendrá que ir a mi oficina y cogerlo. Yo me marcho a casa. Ahí se lo dejo”. Y de esta manera, Boasberg abandonó la producción de la película.

Ni que decir tiene que Thalberg fue al despacho en busca de aquella escena, pero allí no encontraba nada, ni el, ni Groucho, ni Harpo ni Chico que le acompañaban. Cuando ya casi se daban por vencidos y estaban hartos de revolver papeles, repararon en que el guión de la escena se encontraba recortado en multitud de trozos que habían sido clavados en el techo. Sin duda el berrinche que se manejaba Boabsberg cuando terminó de cumplir con la última exigencia de Thalberg, debía ser morrocotudo para idear esta curiosa forma de entregarselo.

Groucho contaba: “Nos costó cerca de cinco horas volver a recomponerlo, pero valía la pena, porque resultó ser el centro de una de las escenas más famosas que hemos hecho”,  aquella en que su diminuto camarote termina totalmente atestado de personas, ciertamente más apretadas que los tornillos de un submarino y que saldrán despedidos como el champan al descorchar una botella cuando Margaret Dumont abre al final la puerta. Allí se habían dado cita, aparte de dos grandes arcones y una cama: las dos chicas del servicio de habitaciones que han de sufrir la incómoda lapa de un totalmente dormido Harpo que aporta un plus de caos y absurdo a la escena, la limpiadora, el plomero y su ayudante gigantón, una chica que buscaba a su tía, cuatro camareros, una chica para la manicura, ante la que Groucho prefiere dejarse las uñas cortas por falta de sitio, y Chico y por supuesto sus "dos huevos duros" ¿o eran tres?




Ficha de la película:

Título original: A Night at the Opera
Año: 1935

Duración: 94 min.
País: Estados Unidos

Director: Sam Wood

Reparto: Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Margaret Dumont, Kitty Carlisle, Allan Jones, Sig Ruman, Walter Woolf King, Edward Keane, Robert Emmet O'Connor, Lorraine Bridges

Productora: Metro-Goldwyn-Mayer

Guión: George S. Kaurman & Morrie Rysking
Música: Herbert Stothart

Fotografía: Merrit B. Gerstad (B&W)

domingo, 19 de julio de 2015

Frank Sinatra y la nariz de Ava Gardner



Nadie duda acerca del glamour que destilaban como pareja Ava Gardner y Frank Sinatra, dos fuerzas que se atraían con la misma intensidad con la que se repelían. Sus momentos de armonía debían de ser esplendorosos, pero sin duda los momentos de desencuentro habían de ser soberanamente difíciles, máxime con una mujer como Ava que se ufanaba de tener una forma de hablar capaz de intimidar a un camionero.

No duró mucho el matrimonio de estas dos estrellas del cine, se podría decir que su fin estaba “cantado”, por mucho que “la voz” corriera tras Ava intentando retenerla, ella, ingobernable, siempre era capaz de quitarse los zapatos una vez más en busca de aventura. Un punto de inflexión claro en su matrimonio fue cuando después de una gran borrachera se subieron a un descapotable desde el que iban disparando a las farolas mientras circulaban, la diversión era total, hasta que una de las balas rozó el estomago de un transeunte. El asunto se arregló extrajudicialmente, mediante un acuerdo económico para que el herido no presentara ningún tipo de denuncia, pero la discusión en la que desemboco, consciente Ava de que habían estado a punto de matar a un hombre, fue determinante para su separación. 

La adoración que Sinatra sentía por la Gardner era manifiesta, incluso el director Joseph L. Mankiewicz, nada más terminar el rodaje de “La condesa descalza” en 1954, le regaló a Frankie la escultura que se hizo de Ava para la película, sabedor de que sería él quien más cariño le tendría a aquella réplica exacta de su esposa. Ni que decir tiene que Sinatra la colocó en el patio trasero de su vivienda, lugar al que no pocas veces encaminaba sus pasos, como si de un santuario se tratase,  una vez que su separación de la actriz fue ya un hecho. No era la única presencia de Ava en el día a día de Sinatra, muy al contrario Frankie tenía toda la casa repleta de fotografías de la Gardner, incapaz de romper amarras con sus recuerdos y sus sentimientos, se encontraba preso de una mujer que si que era capaz de vivir sin él.

Se cuenta que en cierta ocasión en la que Sinatra tenía montada una timba de cartas en su casa, sus amigos tras un rato de ausencia de este, lo encontraron llorando ante su retrato favorito de Ava mientras le dedicaba un brindis. Prudentemente sus amigos lo dejaron solo, pero no tardó en escucharse golpes en la estancia y volvieron preocupados, viendo como en un arrebato pasional había roto la fotografía en mil pedazos, y gritaba “¡No quiero volver a verla nunca más!” “¡Dejadme solo!”

           Pero en el mundo de las pasiones nada es lo que parece y Frank Sinatra al igual que el movimiento de un péndulo, era capaz de pasar de un extremo al otro sin solución de continuidad, de forma que no tardaron sus amigos en encontrarlo intentando febrilmente recomponer aquel retrato que sin duda tanto representaba para él. Extremó el cuidado para intentar casar unas parte con otras hasta que el rostro de Ava fue tomando forma, pero faltaba su nariz, le faltaba un trozo que no era capaz de encontrar y que le hacía revolver toda la habitación de forma desesperada buscándolo. 
        Sus amigos se pusieron todos a gatas para encontrar aquel pequeño trozo de fotografía pero tampoco lograban dar con el. Encontrándose ya Sinatra totalmente desquiciado, se abrió la puerta de la estancia y entró el chico de los recados y con él una corriente de aire que de forma mágica hizo aparecer “la nariz” de Ava. Inmensamente feliz, Frank Sinatra se quitó su reloj de oro de la muñeca y rebosante de gratitud se lo regaló al chico. No hay duda que Sinatra, tal como decía en la canción solo era un loco enamorado.....







sábado, 18 de julio de 2015

Emil Zatopek: "La locomotora humana"




"Hay corredores que parecen volar, otros bailar, otros desfilar, otros parecen avanzar como sentados sobre las piernas. Algunos dan tan sólo la impresión de ir lo más rápido posible a donde acaban de llamarlos. Emil, nada de todo eso.
     Emil parece que se encoja y desencoja como si cavara, como en trance. Lejos de los cánones académicos y de cualquier prurito  de elegancia, Emil avanza de manera pesada, discontinua, torturada, a intermitencias. No oculta la violencia de su esfuerzo, que se traduce en su rostro crispado, tetanizado, gesticulante, continuamente crispado por un rictus que resulta ingrato a la vista. Sus rasgos se distorsionan, como desgarrados por un horrible sufrimiento, la lengua fuera intermitentemente, como si tuviera un escorpión alojado en cada zapatilla de deporte. Está como ausente cuando corre, tremendamente ausente, tan concentrado que ni parece estar cuando está ahí más que nadie, y su cabeza, encogida entre los hombros, sobre el cuello siempre inclinado hacia el mismo lado, se balancea sin cesar, se bambolea y oscila de derecha a izquierda.
    Puños cerrados, contorsionando caóticamente el tronco, Emil hace también todo tipo de cosas con los brazos. Cuando todo el mundo os dirá que se corre con los brazos. A fin de propulsar mejor el cuerpo, los miembros superiores deben utilizarse para aligerar las piernas de su propio peso: en las pruebas de fondo, el mínimo de movimientos con la cabeza y brazos mejora el rendimiento. Pues Emil hace exactamente lo contrario, parece correr sin que le importen los brazos, cuya impulsión convulsiva arranca de demasiado arriba, describiendo curiosos desplazamientos, a ratos alzados o proyectados hacía atrás, colgando o abandonados a una absurda gesticulación, y sacude también los hombros levantando exageradamente los codos como si transportase una carga demasiado pesada. Mientras corre parece un boxeador luchando contra su sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo por la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad. En suma, no hace nada como los demás...."

Así describe Jean Echenoz en su libro "Correr" (Anagrama 2010) la singular forma de correr del portentoso atleta checoslovaco Emil Zatopek; un libro en el que se muestra el devenir  vital y atlético de este deportista y de camino y utilizando su figura como hilo conductor, los sucesos políticos y sociales que se dieron en muchos países de la órbita comunista durante la guerra fría, y ejemplo de como se aprovechaba el talento personal en pos de una idea, aparentemente liberadora, y como esta misma idea, una vez pervertida, termina convirtiéndose en una cárcel para el pensamiento y los actos de aquellas personas a las que pretendía liberar de antiguos yugos. 

Cuando hace ya demasiados años, correr era mi pasatiempo favorito, me gustaba saber de las gestas de las viejas leyendas del atletismo, buscando quien sabe si inspiración, un modelo o simplemente como ahora un aficionado al fútbol sigue con devota atención cada uno de los regates de su figura predilecta, intentando descifrar el misterio de su arte. Sin duda una de las figuras más refulgentes del atletismo de ayer y hoy es el simpar Emil Zatopek. 

Zatopek, nacido en 1922, era de origen humilde y antes de que sus correrías le hicieran famoso hubo de ganarse el sustento en una fábrica, troquelando suelas de zapatos mientras respiraba los efluvios de sustancias químicas perjudiciales para cualquier persona. El destino le llevó por una senda impensable para él en aquellos tiempos y por compromisos laborales hubo de empezar a correr, a correr sin parar hasta llegar a ser conocido como "la locomotora humana". Su técnica de carrera, como nos contaba arriba Echenoz, era pésima, contraproducente se podría decir y sin embargo esa manía suya de correr con los brazos en jarras y con gesto de supremo sufrimiento, como si no fuera a ser capaz de dar dos pasos más, era realmente de lo más efectiva, y por si fuera poco Emil siempre guardaba un sprint fabuloso para finalizar sus carreras. Alain Mimoun (en la foto aparece tras Zatopek) sufrió como nadie la fortaleza del gran corredor checo y creo que el hecho de que no aparezca en la novela es uno de sus grandes fallos. Mimoun y Zatopek eran grandes amigos y también grandes rivales cuando de competir se trataba. Mimoun era considerado el eterno segundón, de hecho acumulaba tres platas olimpicas en pruebas en las que siempre Zatopek le había arrebatado el oro, en algunas por tan solo un segundo, como los míticos 5000 metros de las Olimpiadas de Helsinki, prueba a la que pertenece la foto que abre el artículo, y que es considerada una de las carreras del siglo. Su mala suerte cambiaría en la Olimpiada de Melbourne, en el Maraton, en la que logró el ansiado oro en la misma prueba en la que se apagó definitivamente la llama del talento de Zatopek que quedó sexto. Como buenos amigos, cuando Mimoun vio llegar a un roto Zatopek a meta le dijo:  "Emil, ¿por qué no me felicitas? Soy el campeón olímpico" Zatopek que ya acumulaba muchos éxitos y medallas comprendió al instante la importancia de ese momento para su amigo y se abrazaron sinceramente. Mimoun logró sacudirse en aquel instante el peso de ser siempre el segundo y tiempo después dijo que para él, aquel abrazo le resultó más valioso que la propia medalla de oro. 

Pero hablábamos de Zatopek y no de Mimoun, y casi no es de recibo hablar antes de sus derrotas, ciertamente escasas, que de sus legendarias victorias. Zatopek logró una gesta hasta ahora no igualada. Después de ganar los 10.000 metros en Londres, y quedar segundo en los 5000, se convirtió en leyenda en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952, donde consiguió la proeza de ganar el titulo olímpico en las disciplinas de 5000, 10000 y maratón en unos mismos juegos, con el desgaste que suponen estas tres pruebas, sumamente exigentes cada una de ellas por separado. Creo que el que más cerca se quedó fue Lasse Viren, que en Montreal 1976 gano 5000, 10000 y quedó quinto en el maratón. Zatopek, llegó a correr los 5000 metros en 14'57"6 y los 10.000 metros en 28'54"2, unos tiempos soberbios para una época en la que los médicos y la ciencia todavía no habían entrado en el mundo del deporte. En su lista de records, llegó a contar con nada menos que 18 plusmarcas, abarcando con ellas todo el abanico de las pruebas de fondo y durante años fue del todo imbatible, por muy fea y excéntrica que fuera su forma de correr. Como se dice en el libro de Echenoz: “No tengo suficiente talento para correr y sonreír a la vez, reconoce Emil. Correré con un estilo perfecto cuando se valore la belleza de una carrera según un baremo, como en el patinaje artístico. Pero yo, de momento, lo que tengo que hacer es correr lo más rápido posible”

Ni que decir tiene, que Zatopek se convirtió en todo un héroe nacional, en una personalidad admirada por todos los checoslovacos. y sus éxitos, que le llevaron a ser ascendido hasta el grado de Coronel, terminaron por jugarle una mala pasada. Durante la conocida como la "Primavera de Praga", Alexander Dubcek, nuevo líder del país, proponía una serie de libertades y avances que no cuadraban en modo alguno con el férreo control que era habitual en los países satélites de la entonces denominada Unión Soviética, lo que provocó la inmediata reacción de este último pais, que envió a sus tanques para controlar de nuevo al díscolo territorio. Zatopek, ya retirado de la competición, y requerido por sus conciudadanos, fue públicamente crítico con la ocupación militar de su país, y siendo el éxito de esta incontestable, también lo fue el castigo y consiguiente ocaso del corredor, que vio como era expulsado del ejército y del Partido Comunista. Llegaron épocas de penuria para Emil y a los que mandaban no se les ocurrió otro castigo, para intentar humillar públicamente al otrora héroe del país, y ahora solo traidor, que darle el oficio de barrendero. Pero igual que mágicas fueron sus victorias, mágico fue el comportamiento de todos los ciudadanos que en otro tiempo disfrutaron con sus logros y que no olvidaban el orgullo que les hizo sentir de ser checoslovacos. Todos los vecinos limpiaban diariamente las calles que pertenecían a su ruta de trabajo antes de que él llegase, impidiendo así que tuviera que barrer o recoger cualquier tipo de basura. Sus calles eran las más limpias de Praga sin que el moviera una sola vez la escoba y por consiguiente lo que debía ser un castigo se tornó en un paseo triunfal. Era una muestra de respeto sencilla pero abrumadoramente hermosa. Era una alfombra roja que sus conciudadanos le ponían simbólicamente todos los días. Aquí en España, tan acostumbrados a hacer leña del tronco caído, no sé qué hubiera pasado en un caso similar. Y es que a veces las más grandes victorias no se tienen en la pista de atletismo.... Murió en el año 2000.- 





“Si quieres ganar, corre los cien metros; si quieres experimentar la vida, corre maratones” .
Emil Zatopek