Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 2 de marzo de 2015

Torrigiano, la nariz de Miguel Ángel y el San Jerónimo





El Museo de Bellas Artes de Sevilla guarda entre sus numerosos tesoros una espectacular escultura de San Jerónimo del florentino Pietro Torrigiano (1472-1528), un escultor que más allá de su indudable talento ha pasado a la historia por un puñetazo que en su día propino a Miguel Ángel y que le dejó a este la nariz rota, tal y como aparece en todas las imágenes que se conservan de él. Al parecer era un escultor de carácter violento, fogoso y apasionado, puede que tanto como Benvenuto Cellini con quien también tuvo relación y quien lo menciona en sus entretenidísimas memorias. Al parecer Torrigiano murió encarcelado por el Santo Oficio y tras abandonarse a si mismo en una huelga de hambre que le llevó a la muerte. El motivo de su encarcelamiento parece ser, según Vasari, la destrucción de una Virgen que le había sido encargada, al entender que no había sido suficientemente retribuido por ella, aunque hay datos contradictorios al respecto de su muerte y de su fecha.

Pero más allá de esta anécdota hay que reconocerle la pericia en su labor de escultor y poder contemplar de cerca esta escultura del San Jerónimo, una magnifica obra de estilo renacentista italiano, da una perfecta idea de ello. La escultura esta realizada en barro cocido y policromado, un método que estaba de moda en Sevilla por aquella época. En la obra, de un gran dinamismo, cada musculo parecer tomar vida, y las venas, el pelo, y todo el conjunto en si muestra un realismo sobrecogedor, resultando un estudio perfecto sobre los efectos de la edad en la anatomía de una persona. La fuerza e intensidad de la obra se ven reforzadas por sus dimensiones resultando un poco más grande que el tamaño natural. Se dice que Pietro Torrigiano tomó como modelo a un viejo criado de los comerciantes florentinos Botti que se encontraban afincados en Sevilla. La escultura como podemos observar nos muestra al Santo con una cruz en la mano izquierda, con una de sus rodillas en tierra, mientras que con la mano derecha sujeta una piedra que le servía para mortificarse golpeándose con ella. Goya fue un gran admirador de esta obra e incluso escribió sobre ella admirativamente en algunas cartas a amigos. Yo recuerdo también la gran admiración que me provocó la obra cuando pude contemplarla.

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