Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿Imagen o palabra? Gabriel García Márquez Vs Willy Ronis




"Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es difícil para el que tiene corazón"


La frase es del escritor colombiano Gabriel García Márquez, mientras que la imagen, titulada "Deena de dos" (Deena de espaldas), fechada en 1955, es del exquisito fotógrafo francés Willy Ronnis. Y siguiendo con ese anhelo de mezclar las artes en una misma entrada os dejo un delicioso vídeo sobre la obra de Willy Ronnis con la voz de fondo del prolífico cantautor francés Léo Ferré cantando "L'amour fou" (el amor loco).



martes, 22 de diciembre de 2015

Echelon's song Vs Polyushko Polye. Duelo de "crescendos" en los Coros del Ejercito Rojo



Cuando escuché "Echelon's song" por primera vez pensé en ese gigantesco ejercito ruso que durante la Segunda Guerra Mundial, tras un desastroso comienzo, empezó titubeante a reorganizarse para después ir tomando impulso hasta convertirse en una verdadera apisonadora sobre las tropas alemanas, más o menos como ya les había ocurrido en otras guerras pasadas ayudados por el imbatible General Invierno, para después de conseguida la victoria volver poco a poco a la normalidad.

No desentonaba esta idea con la de un pesado tren que va tomando velocidad poco a poco hasta que su embialaje se mueve a un ritmo frenético e imparable, pero resulta que es esa su verdadera esencia; tanto que "Echelon's Song" puede traducirse como "La canción del tren" y está dedicada a los centenares de convoys militares que trasportaban tropas durante la conocida como Guerra Civil Rusa, al igual que ocurriría en la Segunda Guerra Mundial. Sirvan como ejemplo los numerosos trenes que llegaban a Moscú de todas las partes del inmenso territorio soviético, cargadas de tropas entre octubre y noviembre de 1941. En determinados momentos el número de trenes alcanzaba picos de 150 a 200 trenes diarios, o lo que es lo mismo un convoy militar cada 15 minutos.

En la canción se habla también de Voroshilov, uno de los lugartenientes más apreciados por Stalin y que aquí comanda un tren militar camino de Tsritsyn, ciudad que con el tiempo se convertiría en Stalingrado y actualmente en Volgogrado. Al parecer en ese tren sería donde se conocerían Stalin y Voroshilov. Tanto es así que el tema es conocido también como "La canción de Voroshilov" y de forma más minoritaria como "Batalla de la Guardia roja"

Si os he de ser sinceros la historia épica que cuenta no me atrae demasiado, pero esas voces de los Coros del Ejercito Ruso, perfectamente conjuntadas hasta parecer una sola voz, marchando al ritmo acompasado de un pesado tren que termina por tomar una marcha frenética y victoriosa, me pueden. 

Una verdadera maravilla que he de agradecer a mi hijo Alejandro que ha convertido a los Coros del Ejercito Ruso en la banda sonora habitual en el coche, desde hace ya unos días. Echelon's Song es su canción favorita de las muchas que aprecía de estos sensacionales Coros y a decir verdad, ahora ya no estoy seguro de que mi preferida sea, como ha sido siempre "Polyushko Polye" o  "La patrulla de los Cosacos" como también se la conoce, de estructura muy parecida y compuesta por Lev Knipper con letra de Víktor Gúsev. Hoy en el almuerzo seguro que seguiremos discutiendo sobre ello... cosas de niños (grandes o pequeños)!!!

"La carga de la caballeria roja" por Kazimir Malevich


Os dejo ambos temas:

Echelon's Song:





Polyushko Polye:


jueves, 17 de diciembre de 2015

Alfred Hitchcock y su teoría del suspense



Según comentaba el gran director:

"Hay una gran confusión entre las palabras misterio y suspense. Ambas cosas se hallan absolutamente a kilómetros de distancia. El misterio es un proceso intelectual, como en un drama policíaco. Pero el suspense es esencialmente un proceso emocional. Uno puede seguir adelante con el elemento del suspense sin darle al publico información. El misterio no tiene un atractivo especial para mi, porque se trata simplemente de engañar al público, lo cual creo que no es suficiente... Yo personalmente, odio el suspense, y es por eso por lo que nunca permitiré a nadie que haga un souffle en mi casa: ¡Mi horno no tiene la puerta de cristal! Tendríamos que esperar cuarenta minutos para saber si el soufflé había salido bien, y esto es mas de lo que puedo resistir"

O como le contaba a Truffaut:

"La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple (...) Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de la mesa y nuestra conversación es muy anodina; no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que un anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa de la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar. En el primer caso se le ha ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso le hemos ofrecido quince minutos de suspense."

Tal era su inclinación por el suspense que incluso lo encontró en el parto de su hija Patricia. Durante el mismo no pudo aguantar la presión y se quitó de en medio. Después explicaría a su mujer:

"Se que no hubiera debido dejarte, pero en lo que a ti respecta parecía que todo iba tan bien, mientras que yo me sentía mas y mas débil, casi a punto de desvanecerme, a cada minuto que pasaba  Ten en cuenta mi sufrimiento. Estuve a punto de morir de suspense".

Nadie duda sobre su maestría en jugar con las emociones de los demás, en crear inquietud y desasosiego incluso en las situaciones más inverosímiles. Muy conocida es la broma que habitualmente solía representar cuando se subía a un ascensor con otras personas desconocidas. Al arrancar el mecanismo empezaba a contarle a su acompañante, que ya sabía de la broma:

"La sangre había salpicado las paredes, se vació sobre el suelo, no dejaba de manar de su boca y su nariz”.

 Continuaba el relato dando otros datos de una situación verdaderamente macabra, y regulaba su extensión para concluir en el piso donde se tenían que bajar con un comentario del tipo:

“Así que tuve que cogerle la cabeza y le pregunté qué le había pasado”.

Evidentemente cuando el ascensor llegaba a su destino y se abrían las puertas nadie quería salir del ascensor, todos estaban presos de la curiosidad por saber que le podía haber ocurrido a aquel pobre desdichado del que se hablaba. Tras un par de intensos segundos, una vez conseguido el efecto, era Hitchcock el que abandonaba el ascensor, sin hablar nada más y dejando a todo el mundo plantado allí, intrigados y sorprendidos. Los dejaba en su terreno. Todo un personaje.

Era aficionado a buscar entre los miedos de sus actores, a saber cuáles eran sus fobias, si a las ratas o bien a las arañas u otros insectos. Una vez descubierto solía mandarle una cajita con el animalillo en cuestión a modo de regalo. No cabe duda de que sabía hacer amigos.

Lo curioso de este director acostumbrado a hurgar en los miedos de todos nosotros tan certeramente, eran sus propios miedos. Al parecer Don Alfredo tenía una fobia algo subidita de tono hacia los huevos y de ellos decía:

  "Los huevos me dan miedo, algo más que miedo, me repugnan. Esas cosas blancas, redondas, sin agujeros… ¿Alguna vez has visto algo más asqueroso que la yema rota de un huevo rebosando ese líquido amarillo? La sangre es alegre, roja. Pero la yema del huevo es amarilla, repugnante. Nunca la he probado."

También curiosamente odiaba las gaitas de las que decía:

 “Supongo que el inventor se inspiró en un hombre que llevaba un cerdo indignado y asmático bajo el brazo. Por desgracia, el sonido creado por el hombre nunca pudo igualar la pureza del sonido conseguido por ese cerdo”.



Sus mejores escenas:


martes, 15 de diciembre de 2015

Charles Chaplin y su teoría de la risa



Según el propio Charles Chaplin:

"En el fondo de todo éxito no hay más que el conocimiento de de la naturaleza humana, séase comerciante, hotelero, editor o actor. El hecho sobre el cual me apoyo, más que sobre cualquiera otro, por ejemplo, es el que consiste en poner al público frente a alguien que se encuentra en una situación ridícula o difícil.

El solo hecho de que un sombrero vuele no es risible. Sí lo es el ver a su propietario correr detrás, con los cabellos al aire y los faldones de la levita flotantes. Si un hombre se pasea por la calle, este hecho no se presta a reír. Colocado en una situación ridícula y embarazosa, el ser humano se convierte en un motivo de risa para sus semejantes. Toda situación cómica está basada en eso. Los films cómicos han tenido un éxito inmediato, porque la mayor parte de ellos representaban a agentes de la policía que caían en las alcantarillas, tropezaban en los cubos de yeso, caían desde un vagón y estaban sometidos a toda suerte de contratiempos. He aquí a las personas que representaban la dignidad del poder, frecuentemente muy imbuidas de semejante idea, a las que ridiculizan y de las que se burlan; y la visión de sus aventuras provoca dos veces más el deseo de reír del público que si se tratase de simples ciudadanos, que soportan las mismas aventuras.

Todavía mas graciosa es la persona ridícula que, a pesar de eso, se niega a admitir que le ocurran cosas extraordinarias y se obstina en conservar su dignidad. El mejor ejemplo está suministrado por el hombre ebrio que, denunciado por su lenguaje y su caminar, quiere convencernos muy dignamente de que está sereno. Es mucho más chistoso que el hombre francamente alegre, que manifiesta abiertamente su embriaguez y se burla de que se den cuenta de ella. La embriaguez en la escena es generalmente ligera, con una tentativa de dignidad, pues los directores escénicos han aprendido que esa pretensión es graciosa.

Por eso todos mis films descansan en la idea de ocasionarme apuros, para proporcionarme la ocasión de ser desesperadamente serio, en mi tentativa de aparecer como un gentleman muy normal. Por eso es por lo que, al encontrarme en tan enojosa postura, mi preocupación consiste siempre en recoger inmediatamente mi bastón, enderezarme el sombrero hongo y ajustarme la corbata, aunque acabe de caer de cabeza. Estoy tan seguro en este punto, que trato no sólo de ponerme yo mismo en situaciones difíciles, sino que cuido también de colocar en ellas a los demás.

Cuando obro así, me esfuerzo siempre en economizar mis medios. Quiero decir con esto que cuando un acontecimiento puede provocar por sí solo dos carcajadas separadas, es preferible a dos hechos separados. En El aventurero (The Adventurer) lo consigo colocándome en un balcón donde tomo un helado con una joven. En el piso de abajo sitúo a una dama robusta, respetable y bien vestida, ante una mesa. Entonces, mientras me como el helado, dejo caer una cucharada que se desliza a través de mi pantalón y, desde el balcón, va a caer en el cuello de la dama. La primera risa es engendrada por mi propia situación; la segunda, y mucho más grande resulta de la llegada del helado al cuello de la dama, que aúlla y se pone a saltar. Un solo hecho ha servido, pero ha puesto en compromiso a dos personas y ha provocado dos carcajadas.

Por sencillo que esto parezca, hay dos elementos de la naturaleza humana que son alcanzados por este hecho: el uno es el placer del público al ver la riqueza y el lujo en ridículo; el otro consiste en la tendencia del público a experimentar las mismas emociones que el actor en la escena y en la pantalla. Una de las verdades mas rápidamente apreciadas es la de que el pueblo, en general, se divierte al ver que las personas ricas se llevan la peor parte. Esto proviene de que las nueve décimas partes de los humanos son pobres e interiormente envidian la riqueza de la otra décima parte. Si por el contrario, hubiera hecho caer el helado en el cuello de una pobre doméstica, en lugar de la risa hubiera provocado la simpatía hacia la mujer. Del mismo modo, no teniendo una domestica ninguna dignidad que perder, este hecho no hubiera sido gracioso. Dejar caer el helado en el cuello de una mujer rica supone para el público darle precisamente lo que merece. Al decir que el ser humano experimenta las mismas emociones de las cuales es testigo, quiero decir, volviendo al ejemplo del helado, que cuando la dama rica se estremece el público se estremece con ella. La cosa que pone en dificil situación al actor debe ser familiar para el público; de otro modo éste no comprenderá su alcance. Sabiendo que el helado es frio, el público siente el escalofrío.

Cuando contemplo uno de mis propios films, al ser presentado al público, pongo un ojo en la película y el otro y los dos oídos en el público, y noto qué es lo que hace reír y qué es lo que no. Si al cabo de varias representaciones, por ejemplo, el público no se ríe en una escena que yo he considerado graciosa, me esfuerzo inmediatamente en descubrir qué es lo que había de falso en mi idea, en su ejecución o en la manera de haber sido fotografiada. Con mucha frecuencia advierto una ligera carcajada a causa de un gesto que no estudié. Inmediatamente abro los oídos e indago el porqué de aquella cosa particular que ha provocado la risa. Siempre que voy a ver uno de mis film, soy un poco como el comerciante que va a observar lo que su clientela lleva, compra o hace.

Del mismo modo que observo al público en un teatro para ver qué es lo que hace reír, lo observo también para encontrar ideas de escenas cómicas. Un día pasé por delante de un cuartel de bomberos en el momento que se daba la señal de fuego. Vi a los bomberos deslizarse a lo largo del mástil, saltar sobre la bomba y precipitarse hacia el incendio. Inmediatamente se me apareció toda una serie de posibilidades cómicas. Me vi acostado, ignorante de la alarma. Esto sería comprendido por todos, porque a todos nos gusta dormir. Me vi deslizándome a lo largo del mástil, jugando con los caballos de los bomberos, salvando a la heroína, cayendo de la bomba en un recodo de la calle, y otras muchas cosas por el estilo. Las retuve en la memoria, y más adelante, cuando hice El bombero ( The Fireman) me serví de todas ellas. Sin embargo, si aquel día no hubiese observado el cuartel no se me habrían ocurrido todos los detalles.

Contemplando un match de boxeo concebí la idea de El campeón de boxeo, donde yo, un hombrecillo, pongo knock-out a un gigantesco atleta gracias a una herradura oculta en mi guante. En otro film me serví de una agencia de colocaciones como asunto principal. En pocas palabras: siempre he sacado partido de la vida de todos los días, bien en cuanto a los personajes, bien en cuanto a las cosas cómicas. Un día por ejemplo me hallaba en un restaurante y vi de pronto que un hombre, a algunos metros de mi, se ponía a sonreír y a hacer saludos, aparentemente dirigidos a mi persona. Imaginándome que se trataba de un hombre amable, hice otro tanto, y entonces me di cuenta que había interpretado mal sus intenciones.

Poco después sonreía de nuevo; le saludé, pero se volvió a enfurruñar. Yo no comprendía por qué, alternativamente, sonreía o fruncía el ceño. Fue preciso que me volviese para ver que estaba flirteando con una linda muchacha que estaba junto a mí. Mi error me hizo reír, y, sin embargo, era natural. Así algunos meses más tarde decidí emplear aquella situación para La cura de aguas (The cure).

Otro punto humano que toco con frecuencia es la tendencia del público a gustar de los contrastes y de las sorpresas."


Son las palabras del propio Charles Chaplin, a buen seguro el mayor talento que ha dado el cine.




Y ahora tocan unas risas:




lunes, 14 de diciembre de 2015

El secreto de "la mirada" de Lauren Bacall




"Mi mano estaba temblando, mi cabeza estaba temblando, el cigarillo estaba temblando, estaba mortificada. Cuanto más me esforzaba por parar, más temblaba. Me di cuenta que la única manera de mantener quieta mi cabeza temblorosa era bajarla, con la barbilla prácticamente en el pecho, y elevando los ojos hacia a Bogart. Funcionó y resultó ser el comienzo de "La Mirada"


Así describiía Lauren Bacall los nervios que pasó durante su debut en la película "Tener y no tener" junto a Humphrey Bogart. Tantos fueron los nervios, que llegado un momento de la película le propuso a Bogart comunicarse con silbidos, y el bueno de Boggey, hechizado por esta delgaducha principiante, se aplicó en la tarea de aprender, tal y como le había propuesto ella, a juntar los labios y silbar. La pasión entre ambos se encendió de inmediato. 

Bacall y Bogart se casaron un año después del rodaje de la película formalizando una de las relaciones más glamourosas de la historia del cine. El le regaló un colgante con un silbato de oro, que Bacall al morir Bogart, dejó junto a sus cenizas por si necesitaba silbarle desde allí arriba.

Por cierto el apodo de "Slim" (delgaducha) que tiene la Bacall en la película y que se quedaría ya para toda la vida, era en realidad el apodo de la mujer de Howard Hawks, el director de la película, Nancy "Slim" Hawks, que se inició como modelo, igual que Betty Bacall. De hecho fue la mujer de Hawks la que la descubrió en una portada de Harpers Bazaar y la recomendó a su marido, quien reconociendo la magia que irradiaba aquella modelo se decidió a hacerle una prueba de cámara. El resto ya es historia. Os dejo la famosa portada de Harpers Bazaar, de la que su editora, Dianne Vreeland diria:

“Es una portada impresionante. La limpieza de esa cara, la forma en que contempla la cámara… no hay nada de timidez en ella. Bacall no se comportaba como las modelos de aquella época. Ella actuaba como las modelos de hoy en día. Podías ver su personalidad, algo de lo que adolecían las demás chicas en aquellos tiempos”.

Por su parte la jovencísima y siempre nerviosa Bacall manifestó:  “Estaba mortalmente asustada. Todo aquello, y particularmente Mrs. Vreeland, me intimidaba muchísimo”





Y como no un trocito de "Tener y no tener"








Y termino con esa sensacional canción de "Am I blue" que la deliciosa Bacall se marca con el genial pianista de jazz Hoagy Carmichael



domingo, 13 de diciembre de 2015

"El grito" de Munch y la máscara de "Scream"



“Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.”

A pesar de estas palabras del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944), no está clara cuál es la fuente de inspiración de este turbador cuadro expresionista, aunque es seguro que su atormentada vida tiene su reflejo en el. Munch había sido educado por un padre extremadamente severo y rígido, de pequeño vio morir a su madre y a una de sus hermanas de tuberculosis y por si fuera poco, uno de los pocos sostenes que le quedaban. su hermana Laura terminó enfermando y fue internada en un psiquiátrico por un trastorno bipolar. No es de extrañar que Munch terminara sintiendo deseos de gritar ante una realidad que le era tan poco propicia. Ya antes había efectuado un cuadro titulado "La desesperación". No falta quien atribuye el color rojo que se observa en el cielo a una puesta de sol muy intensa debida a las partículas en suspensión arrojadas a la atmósfera por la erupción del volcán Krakatoa, aunque esta fue 10 años antes de la ejecución del cuadro. 

Existen cuatro versiones de "El grito". La más famosa se encuentra en la Galería Nacional de Noruega y data de 1893, hay otras dos versiones en el Museo Munch de Oslo y una cuarta que pertence a una colección particular.

El cuadro ha sido reproducido hasta la saciedad y ha sido inspiración para multitud de artistas al estilo de una siniestra Gioconda. Una de las inspiraciones más curiosas que se han producido en los últimos años ha sido la máscara de Ghostface creada por Wes Craven, con la que se cubren el rostro  los asesinos de la saga "Scream", llegando a convertirla en un icono popular, no ya de angustia o desesperación, sino de miedo y terror. No me quiero ni imaginar que diría Munch si supiera de esta perversión de su obra y de los sentimientos que dieron origen a la misma. Dejamos un repaso a su obra a modo de desagravio:






A partir de una entrada de "Alma Libre" en nuestra página de facebook. ¡Gracias Alma!


sábado, 12 de diciembre de 2015

Palabra de Cine: "La ley del silencio" (Elia Kazan - 1954)




Charlie (Rod Steiger): Escucha, ¿cuánto pesas ahora? Cuando pesabas 168 libras estabas en forma. Podías haber sido campeón, el cerdo que elegimos como preparador te lanzo demasiado pronto.

Terry Malloy (Marlon Brando): No fue el preparador, fuiste tú. ¿Has olvidado la noche del Garden cuando te presentaste en mi vestuario y dijiste "Chico, esta no es tu noche. Hemos apostado por Wilson" Recuerdas. "Esta no es tu noche" Pues si que lo era, pude dejarle fuera de combate. Y sin embargo él ha logrado todo lo que se propuso en la vida y yo en cambio ¿qué? Un pasaporte al fracaso. Eres mi hermano Charlie, tenías la obligación de velar por mi. De preocuparte un poco más, solo un poco para no caer en la miseria de las peleas baratas.

Charlie: Hacía apuestas para los dos, algo que te habrá tocado.

Terry: ¿Es que no lo entiendes? Pude ser un primera serie. Aspirar al título. Pude haber sido algo en la vida. En lugar de eso, mírame. Solo soy un golfo. Por ti. Solo por ti, Charlie





No fue un rodaje fácil para Marlon Brando. Su madre había fallecido en esas fechas y por contrato solo trabajaba hasta las 16'00 horas, marchándose posteriormente a ver a un especialista para que le ayudara a conciliar sus problemas con sus padres y la reciente perdida. Como consecuencia de esta singular situación, en esta escena que hoy comentamos se rodó primero la parte en la que interviene Marlon Brando y en la que se ve también a Rod Steiger junto a él, pero cuando llegó el momento de grabar las replicas de este último, Marlon Brando ya se había marchado y Steiger tuvo que conformarse con que un ayudante le hiciera las veces de Malloy para marcarle el ritmo. Es por esta circunstancia por la que cuando le toca hablar a Steiger se utiliza el primer plano. Según otros, Brando se marchó del set de rodaje tras enfadarse con Steiger al ver como este había llegado a llorar de emoción en la escena y considerarlo por ello un debilucho. El monumental enfado de Rod Steiger por esta desatención de Brando le duró años, nada menos que 44, hasta que se encontraron en 1997 en Montreal y solo después de que Brando le enviara un mensaje conciliador y lleno de buenas palabras para con él. Sea cual fuere la verdad, puede que todos estos considerandos, aparte del magnifico parlamento preparado para la escena, hicieran de la misma una de los grandes momentos de la historia del cine. Un Brando dolido y un Steiger enfadado añadieron inconscientemente matices a su interpretación que de una forma u otra la engrandecieron. 





Título original: On the Waterfront
Año: 1954 - Duración: 108 min.
País: Estados Unidos
Director: Elia Kazan

Reparto: Marlon Brando, Eva Marie Saint, Karl Malden, Lee J. Cobb, Rod Steiger, Pat Henning, Leif Erickson, James Westerfield, John Heldabrand, Rudy Bond, Martin Balsam, John Hamilton

Productora: Columbia Pictures. Productor: Sam Spiegel
Guión: Budd Schulberg
Música: Leonard Bernstein
Fotografía: Boris Kaufman (B&W)
Premios
1954: 8 Oscars: incluyendo película, director, actor (Brando), actriz sec. (Saint)
1954: 4 Globos de Oro: incluyendo Mejor película Drama
1954: Festival de Venecia: Mejor director






miércoles, 9 de diciembre de 2015

Santa Claus, Shirley Temple y Alfred Eisenstaedt



No son pocos los niños que sienten un respeto tremendo y hasta miedo a la hora de tener que sentarse sobre la rodilla de Santa Claus para decirle al oído los regalos que desea para esas Navidades. De hecho hay por ahí algún despistado que cree que este síndrome se denomina "Claustrofobia". No sé cuál será el motivo de la llantina que muestra la niña de la foto, aunque a muchos de nosotros nos resultará una imagen muy familiar. Y es que conocer a un personaje mágico como Santa Claus impone y claro, pasa lo que pasa, que se desbordan las emociones. 

Pero siempre hay excepciones, y a veces los nervios corren de parte de quien se enfunda el disfraz de Santa Claus, como el caso que contaba la precoz actriz Shirley Temple: 

"Dejé de creer en Santa Claus cuando tenía seis años. Mi madre me llevó a verlo a unos grandes almacenes y me pidió un autógrafo"

En cualquier caso una pizca de magia siempre viene bien, a los adultos nos encanta ver su figura o la de los Reyes Magos regalando sonrisas a unos niños que cada vez son más descreidos, tanto que casi se hace verdad la frase de Lee Lauer:

"Uno de los problemas que tenemos en este país es que muchos adultos creen en Santa Claus, y muchos niños no"

Por cierto, las fotos son del genial Alfred Eisenstaedt y fueron tomadas en Nueva York en las Navidades de 1961. Allí todo es un negocio y hacer de Santa Claus también. Al parecer el sujeto enfundado en el traje de Santa Claus que aparece al comienzo de esta entrada se llamaba Ken Berends, y estaba haciendo un cursillo para sacarse el "Certificado de Santa Claus". Cinco días de formación con un coste de 75 dólares. Parece que una de las prácticas le salió un poco torcida y la niña empezó a llorar. Y es que todo el mundo no sabe darle el tonillo adecuado al "Oh, oh, ouhhhhh", ni se aprende correctamente el nombre de todos los renos... Espero que también le dieran su diploma y la campañilla de rigor. Las cosas.....

Con unos días de antelación "Felices fiestas a todos"

Os dejo con Bing Crosby las Andrews Sisters cantando un apropiado "Santa Claus is coming to town". Por cierto si pueden háganse con los dos discos que tienen juntos, es una verdadera delicia disfrutar de la aterciopelada voz de Bing Crosby jugando con las chispeantes voces de las Andrew Sister.







martes, 8 de diciembre de 2015

Joan Manuel Serrat y Groucho Marx





"Groucho siempre me ha gustado mucho. Cuando yo era pequeño y a las películas de los hermanos Marx la gente de mi calle las llamaba astracanadas, a mí ya me encantaban. Me sentía un bicho raro, porque iba al cine Barcelona, donde "echaban" un par de largometrajes y siete cortos entre "el No-Do al alcance de todos los españoles" y los dibujos animados, y las "marxistas" me entusiasmaban. Hace muchos años que descubrí a Groucho diciendo: "Señora, me gusta todo de usted... menos usted"


Eso contaba Serrat en una entrevista concedida al Magazine de "La Vanguardia" el 6 de septiembre de 1998, en la que le preguntaban por su nuevo trabajo "Sombras de la China" y en la que desvelaba que la inspiración para su tema "Todo me gusta de ti (pero tu no)" no era otra que la sensacional frase de Groucho a la que hace referencia el Nano: "Señora, me gusta todo de usted... menos usted"


Me gusta todo de ti: 
tus ojos de fiera en celo, 
el filo de tu nariz, 
el resplandor de tu pelo. 

Me gusta todo de ti. 

Me gusta todo de ti: 
la luna de tu sonrisa 
de gato de Chesire 
colgada de la cornisa. 

El colágeno y la miel 
de tus labios perfilados, 
tus pómulos afilados, 
los modales de tu piel. 

Me gusta todo de ti, 
pero tú no. 
Tú no. 

Me gusta todo de ti: 
tu ombligo menudo y chato 
tu talle de maniquí, 
el lunar de tu omoplato. 

Me gusta todo de ti. 

Me gusta todo de ti: 
tus pezones como lilas 
tu alcancía carmesí 
tus ingles y tus axilas. 

Todo esconde un "no se qué" 
de los pies a la cabeza. 
Me gustas, pero por piezas; 
te quiero, pero a pedazos. 

Me gusta todo de ti, 
pero tú no. 
Tú no. 


Pero mejor se la escuchamos al bueno de Serrat, que para eso tenemos Youtube:





sábado, 5 de diciembre de 2015

Little Richard, y el lúbrico origen de su tema "Tutti Frutti"



En sus inicios Little Richard no tenía nada claro el estilo en el que iba a volcar todo su talento. Su productor musical lo animaba a tomar la senda de R&B o el soul, de copiar a Ray Charles o a Fast Domino, pero la cosa no terminaba de funcionar y la frustración del cantante iba a más. Cuando la presión fue demasiada, dejo de contenerse y siguiendo la frenética forma de cantar que adoptaba en algunas fiestas de color rosa, aprovechó un descanso para desfogarse cantando una canción abiertamente homosexual como era Tutti Frutti. Improvisó aquella maravillosa introducción que rezaba más o menos "womp-bomp-a-loom-op-a-womp-bam-boom!" y que pretendía imitar un redoble de batería y cantó el resto de forma salvaje, aporreando el piano desesperada y alocadamente, y elevó su voz todo lo que pudo harto de tener que acomodarse a las ternuras de ese soul que le querían imponer. 

Su productor se quedó estupefacto con aquella improvisación, con aquella bendita agresividad vocal y gestual, así que como la canción no era muy presentable tal y como estaba le quitaron ciertas referencias al sexo anal  como "Tutti Frutti, good, booty / If it don't fit, don't force it / You can grease it, make it easy" o lo que es lo mismo: "Tutti Frutti, buen culito / Si no entra, no lo fuerces / puedes engrasarlo, para facilitarlo" por "Tutti frutti, all rooty, a-wop-bop-a-loon-bop-a-boom-bam-boom" e intentaron hacer olvidar que en su jerga "Tutti frutti" significaba "gay". Con estos brochazos de maquillaje convirtieron está loca canción en el primer exitazo de ese nuevo enfant terrible del rock que fue Little Richard,. Después vendrían "Long tall sally",  "Keep a Knockin", "Good Golly, Miss Molly"o "Lucille".... como gusta decir por allí "había nacido una estrella". Por cierto hoy es el 83 cumpleaños del muchachito que en realidad nació con el nombre de Richard Wayne Penniman.



Y es hora de bailotear un poco (a ver quien se resiste...) con Long tall sally y Tutti Frutti




Y con "Lucille"




"Keep a Knockin" con un repaso de fotografías suyas








jueves, 3 de diciembre de 2015

Julianne Moore, "Asesinos" y el cuento del Gorrión





"Una vez un pajarito estaba en pleno invierno, en el campo, medio congelado a punto de morir agonizando en el suelo. Entonces vino una vaca y se le cagó encima. La mierda, al estar calentita, le salvó de morir congelado. El pajarito contento empezó a cantar, feliz por estar vivo. Entonces un gato que pasaba por allí escuchó el canto y buscó en la mierda, encontrando al pajarito y se lo comió. Moraleja: no todo el que se caga en ti es siempre tu enemigo, ni aquel que te saca de la mierda es siempre tu amigo, y si estás calentito y contento estés donde estés, ¡mantén la boca cerrada!".


La frase es del personaje "Electra" interpretado por Julianne Moore en la película "Asesinos" (Richard Donner - 1996) y en la que tenía como compañeros de reparto a Antonio Banderas y a Sylvester Stallone. Una película perfectamente olvidable con la excepción de esta atinada frasecita.

Por cierto, hoy día 3 de diciembre, es el cumpleaños de Julianne Moore, ¡56 velitas ya!. Y no creo que pueda quejarse Julie Ann Smith, que es el verdadero nombre de esta actriz estadounidense, de este 2015 en el que le han llovido los premios por su papel en "Siempre Alice" (2014 -  Wash Westmoreland y Richard Glatzer), entre ellos el Oscar a la mejor actriz, el Globo de Oro, el BAFTA y el premio del Sindicato de Actores. Esta me da que si que tendremos que verla.



jueves, 19 de noviembre de 2015

¿Imagen o palabra? Gabriel García Márquez Vs Stanley Kubrick




"Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no"

La frase está tomada del libro "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez e invita a imaginar que podría ocurrir con ese gesto de complicidad que el gran Stanley Kubrick, en su época como fotógrafo, captó en el metro de Nueva York.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

"Manos Peligrosas" - 1953 - Samuel Fuller



Hasta el último momento no estuvo claro quién sería la actriz que protagonizaría "Manos peligrosas" ("El rata" en Argentina) y se desecharon para este rol a Marilyn Monroe, que ese año ya había mostrado sus dotes como mujer fatal en "Niagara", tampoco obtuvo el placet Ava Garner que si bien fue una mala malísima en el rol de Kitty Collins en "Forajidos", aquí parecía demasiado glamourosa para un rol en los bajos fondos que exigía una mujer un poco menos sofisticada; tampoco tuvieron suerte Shelley Winters o Betty Grable,  de hecho incluso Jean Peters, la que finalmente fue elegida para el papel, fue en un principio tachada de la lista. 

Solo cuando Fuller la vió andar por el estudio, poco antes de que empezara la producción, reparó que tenía una forma de moverse que le recordaba mucho a como andaban muchas prostitutas. Esa singular cadencia de su "tren inferior" le valió uno de los mejores papeles de su vida y de hecho Fuller no olvida esta inspiración divina en algunas de las secuencias del film, entalladita en su traje blanco a juego con zapatos y bolso, caminando resueltamente por la calle. Queda por saber qué opinaba Jean Peters de este curioso método de casting para el que tuvo que utilizar bien poco sus recursos actorales.

Anécdotas aparte, no hay duda de que "Manos peligrosas" (1953) es una de las mejores películas de la historia del cine negro, pero también es cierto que es difícil entender el exacerbado anticomunismo que destila si no reparamos en el momento histórico en el que fue realizada.  Al comenzar los años cincuenta, los rusos hacen pruebas con sus primeras armas nucleares, haciéndoles ver a los norteamericanos que son un enemigo poderoso con los dientes bien afilados,  que además podría aliarse fácilmente con China en donde acababa de triunfar el comunismo. Hitler había pasado a la historia y para los americanitos el nuevo Satanás vestía de rojo y tenía una hoz y un martillo en la mano. Los traidores a la patria estaban de moda y en el mismo año de la película, 1953, serían ejecutados Julius y Ethel Rosenberg acusados de espionaje. Era el caldo de cultivo ideal para el Macarthismo y la caza de brujas que por aquellos años vivía su época dorada en Hollywod.  "Manos peligrosas" es de 1953 y en ella se recoge toda esta inquietud ante el ascendente poderío de los "rojos", además de mezclarlo con la inquietud que provocaba la delincuencia que parecía adueñarse de las calles de las grandes ciudades. 

Samuel Fuller se vale de un guión sensacional, obra de él mismo, para que toda esta propaganda política sea digerible y disculpable y quede milagrosamente bien engarzada en una obra de arte incontestable. De hecho se logra tal grado de excelencia en la historia que consigue que creamos a un personaje como Moe, a la que da vida Thelma Ritter, capaz de delatar sin un atisbo de duda a un buen amigo por unos cuantos dólares para pagarse una tumba digna en la que descansen sus huesos, pero que es incapaz de traicionar a su país por varios cientos e incluso acepta morir y enfrentarse a su mayor miedo, que sus huesos descansen en una fosa común, antes que ayudar a los enemigos de su país. Ella misma es la que dice: "Una cosa es ser un ratero y otra ser un traidor".  

La película,  financiada por la Fox,  se rodó con un presupuesto más que corto y en apenas 20 días,  a Fuller parece que no le hicieron falta más para rodar carta de nacimiento a la que a buen seguro es su mejor obra. Como dice José Luis Garci en su libro "Noir":  "Fuller  te agarra de la solapa cuando el proyector se pone en marcha y ya no te suelta hasta el The End. Cree tanto en lo que está contando, que te hipnotiza y te deja sin capacidad de reacción, seas de la ideología que seas. Fuller es cine, mejor o peor, pero cine".  Y en este caso añado yo, cine del mejor.

Thelma Ritter es el gran motor de la película, una secundaria de lujo, (estuvo nominada en seis ocasiones y en ninguna le dieron el Oscar) y es ella la que protagoniza las mejores escenas de la película, aparte claro está, de la del robo en el metro con la Peters y el Widmark, que es sencillamente espectacular. 
Probablemente este rol como Moe Williams, se la mejor actuación de la gran Thelma Ritter, una singular vendedora callejera de corbatas baratas, que sabe la vida y milagro de todos los buscavidas de la ciudad, información que bien remunerada puede estar a disposición de quien le subvencione convenientemente una parte de esa tumba que ansía para sí misma. Y es que Thelma no los vende por vicio o amor al dinero, al contrario, guarda con mimo un pequeño fajo de dólares, con el que espera pagarse una buena tumba que le haga olvidar las estrecheces que tuvo que soportar para poder pagarla. Curiosamente sus amigos, los delatados, no se lo reprochan excesivamente, y la estiman, saben que es su manera de sobrevivir y que ese pequeño soplo solo adelanta un poco de tiempo el hecho de que los atrapen. ¡C'est la vie!

La protagonista de la película es la piratilla de Jean Peters, la actriz que consiguió llevar al altar a todo un conquistador como Howard Hughes y además mantenerlo a su lado durante 14 años. Aquí da vida a una fierecilla vestida de un blanco radiante y que ese mismo año había adoptado el rol de buena chica en Niagara.  En  "Manos peligrosas" su personaje se llama Candy, pero no se equivoquen, esta lady no tiene nada de candida, es la cruz de aquella de las cataratas. Esta  sabe muy bien  lo que tiene que hacer para conseguir lo que quiere  y de hecho no le importa besar apasionadamente a un raterillo de poca monta como Skip McCoy (Richard Widmark) segundos después de que este le propinara un puñetazo que en un ring le podría haber dado un campeonato.  Y es que Widmark, el carterista, que lía todo este embrollo robando unos microfilms con información sensible, cuando pensaba que tan solo había robado una cartera más, es como en otras de sus películas (recordemos "El beso de la muerte") un ser brutal, que en un momento de la trama le da una soberana paliza a la Peter. De hecho el guión tuvo serios problemas para pasar la censura por lo extremada violencia con la que se trata a Candy, de hecho resultó preciso retocar las escenas más duras hasta hacerlas masticables por el Código Hays. Pero violento o no, Richard Widmark sabe, una vez más hacer creíble y rotundo a su personaje y atraparnos con su forma de hacer y actuar. Curiosamente tanto la Peters como Widmark acabarán impidiendo que la información llegue a manos del enemigo, pero no por amor a su país, sino por amor del uno por el otro. Solo de una manera difusa, Moe, el personaje al que da vida Thelma Ritter, parece hacerlo en aquel sentido. Al menos eso se desprende de esa sensacional escena en la que se encuentra, esperándola, al traidor en su casa:

Moe - ¡Qué desea usted señor?
Traidor - El nombre y dirección que dio usted de un ratero esta noche...  Ahí van 100 para que recuerde...
Moe - Tiene mucho interés...
Traidor - 500...
Moe - ¿De qué está hecho ese tipo de diamantes?
Traidor - ¡Dígame su dirección!
Moe - Tal vez recuerde dentro de un par de días
Traidor - Tal vez no esté usted aquí dentro de un par de días...
Moe - ¿Es que me amenaza usted con matarme?  Hago preguntas tontas...   soy una estúpida.
Traidor - ¿Por qué no quiere decírmelo a mi? ¡Usted vendería a cualquiera por un botón!
Moe - Si. Pero no a usted señor. 
Traidor - ¡Oiga no puedo perder tiempo!
Moe - ¿Usted no puede perder tiempo? Oiga señor, cuando usted ha venido esta noche ha encontrado a una mujer sola... cansada, acabada.  Eso le puede pasar a todo el mundo. A usted le pasará algún día... en mi influye todo. Mi espalda, las jaquecas... no duermo por las noches. Es difícil levantarse por las mañanas y vestirse, callejear, subir escaleras... y así todo el tiempo. ¿Pero qué voy hacer dejarlo? He de ganarme la vida para poder morir... pero ni un buen entierro merece la pena si es a costa de tratar con gente como usted.  Yo sé lo que usted busca...
Traidor - ¿Qué sabe usted?
Moe - Que ustedes los comunistas buscan una película que no es suya. 
Traidor - Acaba usted de cavar su sepultura. ¿Qué más sabe usted?
Moe - ¿Qué que se yo? ¿De los comunistas? Tan sólo sé una cosa. Que los aborrezco...no tendré el entierro que yo quería. Lo intentaré. Oiga señor estoy tan cansada que me haría un favor volándome la cabeza....

Pues eso, espías, ladrones, delatores, policías listos, mujeres insinuantes, sombreros de ala ancha, excelente blanco y negro, grandes actuaciones, una banda sonora a la medida (que no logro encontrar)....  ¿Se puede pedir más?




Título original: Pickup on South Street
Año: 1953

Duración: 80 min.

País: Estados Unidos

Director: Samuel Fuller

Reparto: Richard Widmark, Jean Peters, Thelma Ritter, Richard Kiley, Murvyn Vye, Milburn Stone, Willis Bouchey, Harry Tenbrook, Parley Baer, Virginia Carroll, Wilson Wood

Guión: Samuel Fuller (Historia: Dwight Taylor)

Música: Leigh Harline

Fotografía: Joe MacDonald  - Blanco y negro

Productora: 20th Century Fox





martes, 17 de noviembre de 2015

No quiero ser más el que soy - Cuento completo de GIovanni Papini y prólogo de Borges

Autorretrato (1971) - Francis Bacon


Tan sólo hace diez horas que me he dado cuenta de mi horrible condición. Hasta entonces no sabía aún lo espantoso que puede ser el mundo. Desde hace unos años creía ser un graduado en terribilidad. Había experimentado, pensado, imaginado, soñado todo lo que hay, lo que habrá, lo que podría haber en él de más terrorífico, de más tormentoso, de más horripilante, de más monstruoso y desatinadamente angustioso. Conocía la ansiedad de las esperas nocturnas; las desesperaciones de los últimos besos, los temblores de las apariciones silenciosas, los delirios de las pesadillas, los estremecimientos de los relojes invisibles que marcan en las noches las horas eternas, los espasmos de suplicios imposibles, los gemidos exasperados de las almas sin asilo, la fiebre errante de los coloquios demoníacos. Pero no conocía todavía la más terrible cosa que puede existir en el mundo; no conocía el suplicio último, el suplicio supremo. Hace diez horas solamente que he tenido la revelación y ya me parece que muchas dinastías pasaron sobre la tierra y muchos solitarios dejaron el cielo.

Me esforzaré por conservar la calma. Trataré de ser claro. Elegiré la fórmula más neta, más simple, más natural: Me he dado cuenta de que no puedo ser yo mismo. Me he dado cuenta de que no podré nunca -nunca, ¿comprenden?-, de que no podré nunca cesar de ser yo mismo. Quizás no me haya explicado bastante. Veamos: yo quisiera, pues, cambiar. Pero cambiar seriamente -¿comprenden?- cambiar completamente, enteramente, radicalmente. Ser otro, en síntesis. Ser otro que no tuviese ninguna relación conmigo, que no tuviera el mínimo punto de contacto, que ni siquiera me conociese, que nunca me hubiera conocido.

¡Los cambios y renovaciones insustanciales los conozco desde hace tanto! Se trata de plumerazos, de mudanzas, de encaladuras. Se cambia el papel de Francia pero la habitación es siempre la misma; se cambia el color del sobretodo pero el cuerpo que recubre es el mismo; se cambian de lugar los muebles, se cuelga con pequeños clavos un nuevo cuadro, se agrega un estante de libros, un sillón mas cómodo, una mesa más ancha, pero el cuarto es el mismo; siempre, siempre, inexorablemente, implacablemente el mismo. Tiene el mismo aspecto, la misma fisonomía, el mismo clima espiritual. Se muda la fachada y la casa, adentro, tiene las mismas escaleras y las mismas habitaciones; se. cambia la cubierta, se reemplaza el título, se modifican los adornos del frontispicio, los caracteres del texto, las iniciales de los capítulos, pero el libro cuenta siempre la misma historia -siempre, siempre, inexorable, implacablemente la misma, vieja, fastidiosa, lamentable historia.

Estoy cansado ya de esta clase de cambios y renovaciones. ¡Cuántas veces yo mismo he cepillado mi pobre alma! ¡Cuántas veces le he dado un nuevo barniz a mi cerebro! ¡Cuántas he vuelto a poner orden en la confusión de mi corazón! Me hice trajes nuevos, viajé por nuevos países, viví en ciudades nuevas, pero siempre sentí, en lo más profundo de mí mismo, algo que permanece, que siempre permanece, que soy yo, siempre yo mismo, que cambia de rostro, de voz, de andar, pero que permanece eternamente como un guardián incansable e inflexible. A su alrededor las cosas desaparecen pero él no guarda recuerdo de ellas; en torno suyo las cosas aparecen y él no retrocede... Ahora estoy cansado de vivir conmigo mismo, siempre. Hace veinticuatro años que vivo en compañía de mí mismo. Ya basta: estoy definitivamente hastiado. ¿Solamente hastiado? ¡Mucho más todavía! Digan más bien que estoy disgustado, repugnado, nauseado de este yo con el cual he vivido veinticuatro años seguidos.

Creo, finalmente, tener el derecho de dejarlo. Cuando una casa ya no nos gusta podemos mudarnos; cuando un instrumento no nos sirve más lo arrojamos al agua. ¿Y mi cuerpo no es acaso una casa, ya sea una cabaña o un templo? ¿Mi alma no es acaso un instrumento, ya sea una hoz o una lira?

Sin embargo, no puedo desalojarme de mi cuerpo ni puedo arrojar en un mar cualquiera mi alma. Cada vez que me aproximo a un espejo vuelvo a ver mi pálido y delgado rostro, con la boca semiabierta como sedienta de viento o hambrienta de presas, con los cabellos enmarañados y volubles como los de un salvaje, con los ojos color castaño crepuscular, en cuyo centro se abren las grandes pupilas negras como madrigueras de serpientes.

Y cada vez que paso revista a mi espíritu encuentro los queridos pero habituales conocidos: rostros que ríen burlonamente con desesperada ternura, rostros que lloran con algo de vergüenza, rostros misteriosos ocultos por mechones de cabellos muy negros, y a lo lejos ecos de estribillos rossinianos y de argucias de Diderot, de sinfonías beethovenianas y de versos de Lapo Gianni, de arias de Scarlatti y de apotegmas de Berkeley, cadencias de flautas que acompañan la danza de frívolas mujeres blancas, estruendos de órganos bajo grandes mosaicos de oro y violeta, y procesiones de patricios con vestiduras moradas a través de grandes salas, vacías y poco iluminadas.

Y muchas otras cosas encuentro y vuelvo a hallar en el alma que me fue tan querida, y que nutría con tanta abundancia y adornaba con tanto fasto. Pero es siempre mi alma: algo de lo que fue habita todavía en ella y nadie podrá afirmar que no haya estado allí nunca.

¿Quién me enseñará, pues, entre estos hombres amantes de los hogares y de las flores secas, a liberarme de mi cuerpo y de mi alma? ¿Quién podrá hacer de modo que yo no sea más yo, que me trasmute en otro, que ni siquiera pueda recordar al que soy ahora? ¿Quién puede, hombre o demonio, darme lo que pido con toda la desesperación de mi alma furiosa contra sí misma? Un viejo demonio, hace poco, me sugirió brincando un viejo método: matarme. Pero no tengo ninguna fe en ese demonio. Lo conozco desde hace poco y tengo motivo para creer que está de acuerdo con sepultureros y grabadores con epitafios, ya que lo he visto muchas veces merodear en torno de los cementerios. Y por otra parte, ¿de qué serviría? No tengo ninguna gana de aniquilarme, de cesar de vivir. Yo quiero ser, pero ser otra cosa; quiero vivir todavía, pero vivir otra vida. No tengo ninguna simpatía por el suicidio. Nunca quise demasiado a ese pobre diablo de Werther, que se mató por no haber encontrado una segunda muñeca rubia, y de ningún modo estimo a sus imitadores, que en general son todavía más deprimentes que aquel desgraciado sentimental de provincia alemana. Las pistolas, con sus caños relucientes que se adelantan estúpidamente en el aire, me parecen inútiles como instrumentos de laboratorio: el veneno me aburre, incluso en las novelas inglesas de intriga italiana, y en cuanto a la horca, la creo apenas digna del más harapiento de mis enemigos.

No tengo, pues, ninguna gana de no ser, pero sí una desesperada y prepotente voluntad de ser de otro modo, de ser otro. Y tengo también un desesperado deseo de no ser lo que soy, porque soy de tal manera que quiero lo que no podré tener nunca. Yo quiero no ser yo, porque sé que no podré nunca no ser yo.

He aquí que he llegado al absurdo. He aquí que he llegado al momento en que ninguno puede saber lo que yo digo y lo que quiero. Ninguno sabrá jamás lo que está en mí en estos terribles momentos. Ninguno, justamente ninguno: ni siquiera el más fino, el más psicólogo, el más stendhaliano de mis demonios familiares.

Él está aquí, a mi lado. Su cara está más roja, más hinchada que de costumbre y bajo su gorro de piel de lobo sus ojos entrecerrados y astutísimos me miran con una calma embarazosa. Ha visto lo que escribo y ha sonreído muchas veces con satisfacción indescriptible. Y ahora, en este momento, me dice con voz sarcásticamente acariciante: “Acuérdate, amigo, de aquel médico que buscaba a la mula mientras la cabalgaba. Esta noche te pareces a él. Anhelas ser otro. Pero quien tiene un deseo que nadie ha tenido, se encuentra ya, frente a los demás hombres, en el mejor camino para no ser lo que es. Y tú estás en este caso, miedoso y excelente amigo. Te hallas en el umbral de tu alma y quizás ¿-quién lo sabe?—, quizás salgas de ella si no tienes demasiado temor de la oscuridad que hay afuera.”

Y una vez pronunciadas estas palabras se fue a paso rápido, dejando en mi cuarto como un vago olor a incienso.

Jorge Luis Borges le dedicó a este cuento, las siguientes palabras, a modo de prólogo:

Giovanni Papini
Si alguien en este siglo es equiparable al egipcio Proteo, ese alguien es Giovanni Papini, que alguna vez firmó Gian Falco, historiador de la literatura y poeta, pragmatista y romántico, ateo y después teólogo. No sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras. Hablar de máscaras es quizá una injusticia. Papini, a lo largo de su larga vida, puede haber sostenido sinceramente doctrinas antagónicas. (Recordemos, al pasar, el destino análogo de Lugones.) Hay estilos que no permiten al autor hablar en voz baja. Papiní, en la polémica, solía ser sonoro y enfático. Negó al Decamerón y negó a Hamlet.

Nació en Florencia en 1881. Según sus biógrafos, era de modesto linaje, pero haber nacido en Florencia es haber heredado, más allá de los dudosos árboles genealógicos, una admirable tradición secular. Fue un lector hedonista, siempre lo movió la dicha de leer, no un apremio de exámenes. El primer objeto de su atención fue la filosofía. Tradujo y comentó libros de Bergson, de Schopenhauer y de Berkeley. Schopenhauer habla de la esencia onírica de la vida, para Berkeley, la historia universal es un largo sueño de Dios, que la crea y percibe infinitamente. Tales conceptos no fueron meras abstracciones para Papini. A su luz compuso los cuentos que integran este libro. Datan de principios de siglo.

En 1912 publicó El crepúsculo de los dioses, título que es una variación del Crepúsculo de los ídolos de Níetzsche, título que es una variación del Crepúsculo de los dioses del primer canto de la Edda Mayor. Pasó del idealismo a un pragmatismo que definió como psicológico y mágico y que no era del todo el de William James. Años después lo invocaría para justificar el fascismo. Su melancólica autobiografía Un uorno finito apareció en 1913. Sus libros más famosos -Historia de Cristo, Gog, Dante vivo, El diablo- fueron escritos para ser obras maestras, género que requiere cierta inocencia de parte del autor.

En 1921 se convirtió, no sin alguna publicidad, a la fe católica. Murió en Florencia en 1956.

Yo tendría diez años cuando leí, en una mala traducción española, Lo trágico cotidiano y El piloto ciego. Otras lecturas los borraron. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz. El olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria. Hacia 1969, compuse en Cambridge la historia fantástica El otro. Atónito y agradecido, compruebo ahora que esa historia repite el argumento de Dos imágenes en un estanque, fábula que incluye este libro.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Ray Bradbury.- Crónicas marcianas



"¿Qué criatura es esta, pensaba, tan necesitada de cariño como nosotros? ¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz?¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza, aún viva en este mundo cuando los cohetes llegaron de la tierra?"

"Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al Jinete sin cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi madre la Oca... oh ¡qué lamentos! , y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que "fueron eternamente felices", pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el "había una vez" se convirtió en "no hay más". ... La Bella durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa"

"... y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche"

"Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños. No soy quizá la muchacha muerta, pero soy algo casi mejor, el ideal que ellos imaginaron"

"Los marcianos descubrieron el  secreto de la vida entre los animales. El animal no discute su vida, vive. No tiene otra razón de vivir que la vida. Ama la vida y disfruta de la vida." (...) "También en Marte el hombre había llegado a ser demasiado humano, y no bastante animal. Los hombres de Marte comprendieron que si quería sobrevivir tenían que dejar de preguntarse de una vez por todas ¿Para qué vivir?. La respuesta era la vida misma, y vivir la mejor vida posible. Los marcianos comprendieron que se preguntaban ¿Para qué vivir? en la culminación de algún periodo de guerra y desesperanza, cuando no había respuestas"

"Si usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres...Nunca nos serán familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarían sobre ellos como el agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces? Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos  a nuestra imagen y semejanza (...) Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas"

Imagen: Zdzisław Beksinski

martes, 6 de octubre de 2015

EL RESPLANDOR (STANLEY KUBRICK, 1980)


"- Recuerdo que cuando yo era niño mi abuela y yo hablábamos sin despegar los labios. Ella le llamaba "el resplandor" y yo creí mucho tiempo que sólo ella y yo lo teníamos. Seguro que has creído ser el único. Pero hay más aunque la mayoría no lo sabe o no  lo cree. ¿Desde cuándo lo tienes? ¿No quieres hablar de eso?
- No me dejan.
- ¿Quién no te deja?
- Tony.
- ¿Quién es?
- El niño que vive en mi boca."





"- Sr. Hallorann, ¿le tiene miedo a este lugar?
- Aquí no le tengo miedo a nada. Es sólo que algunos sitios son como las personas. Algunos resplandecen y otros no. Supongo que el hotel Overlook tiene algo parecido a un resplandor.
- ¿Hay alguien malo aquí?
- Verás, cuando algo pasa quedan huellas. Es como el olor a quemado. Y tal vez cosas que han pasado dejan otro tipo de huellas. No cosas que la gente advierta pero cosas que los que "resplandecen" sí ven. Como también pueden ver cosas que aún no han pasado y cosas que ocurrieron hace mucho tiempo."


Leopoldo María Panero.- La canción del croupier del Mississippi




LEOPOLDO MARÍA PANERO.- LA CANCIÓN DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI


«Fifteen men on the Dead Man's Chest.
Yahoo! And a bottle of rum!»

Canción pirata

Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
Que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
—ginebra y cerveza, por ejemplo—
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en «Dulce pájaro de juventud»
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre «Le livre des masques» de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas
«Fifteen men on the Dead Man's Chest
Fifteen men on the Dead Man's Chest
Yahoo! And a bottle of rum!»