Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 22 de diciembre de 2014

"Sed de champán" (1999 - Montero Glez)




"La espalda es una herida, un escalofrío, una sacudida, un camino que él recorre con lo ojos arrugados, charoles y embusteros. Alcanza una silla. Se sienta del revés, a horcajadas, con el respaldo entre las piernas, y sigue mirándola. Sin embargo, no la mira a ella; no. El Charolito pierde la mirada en un tiempo muerto, ya pasado, pero que no ha terminado de pasarle todavía y que le embiste como toro a la defensiva, arrastrándole por callejones de sombras, de memoria hecha jirones; igual que si no fuese ayer y fuese hoy cuando ella hizo presencia, surgida de un tajo de la noche; el escote abierto en ruedo, los pitones tallados, la respiración cercana, el talle vaporoso y los capotazos de sus glúteos" 


Es uno de los muchos fragmentos memorables que se podrían sacar del singular libro "Sed de Champán" de Montero Glez, un escritor que cambia el paso y logra una voz propia, algo que ya se intuye en ese guiño casi humorístico de firmar con la sincopa de su apellido, "Glez" que no González. Arturo Pérez Reverte lo describía en un artículo que le dedicó hace años, como un bohemio que se busca la vida al más puro estilo de "Vázquez" aquel genial escritor de cómics que siempre "a la cuarta pregunta" hacía de su propia vida su mejor historieta; pero más allá de estas anécdotas, Montero Glez es un autor que dispara las palabras con lucida precisión, imprimiendo a su relato un ritmo vertiginoso, repleto de giros y agudas e imaginativas descripciones. Alguien decía que si existiera la novela negra española esta sería un magnífico ejemplo, con su crudo ajuste de cuentas en los bajos fondos madrileños, ambiente que retrata con gran soltura, como si fuera un mundo vivido por él. 

El autor confiesa que más allá de las influencias innegables de Valle Inclán, Chandler, Hammet y los escritores sudamericanos, también bebe del cómic y uno no puede evitar pensar en los malos de los tebeos de Mortadelo y Filemon cuando lee esos geniales apodos (similares en realidad a los que frecuentemente se dan en el ambiente que refleja la novela) que pone a sus personajes: El Brasas, el Cafrune, el Lombrices, el Flaco Pimienta, el Muelas, el Suavecito, la Rififí, el Tio Paciencias... Ciertamente uno daría algo por ver toda esa magnífica trama urdida por el autor en la gran pantalla; no solo por disfrutar de ese rico abanico de personajes, un tanto canallas que aparecen en la historia, sino también por poder visualizar a Dolores Laredo, la mujer fatal a la que el protagonista de la novela, el pinturero "Charolito", le dedica las palabras que recogemos más arriba.

Pérez Reverte, decia de esta obra, que a traves del boca oreja, va para clásico:

"Es hijo de Valle-Inclán, Céline y Bukowski, y, sobre todo, de la bohemia marginal, cutre y magnífica que ha dado España. Y todo lo que cuenta lo ha vivido él", 

"Es literatura de verdad, pura. Contiene párrafos que a mí me hubiera gustado escribir, y esto no lo digo muy a menudo. La historia que cuenta es dura y negra, nerviosa y bronca como él, con sexo, humor y ritmo de música en la estructura. Se ha metido en el infierno y lo cuenta muy bien"

Ya tenéis recomendación para un buen regalo estas Fiestas.

La fotografía que abre el texto es de Isabel Muñoz.

Pablo Neruda.- Jardín de invierno



Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.

Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.

Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
luego llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.

Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.

Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y a germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.

La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.

Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.

Imagen: Igor Grabar.- Hielo