Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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sábado, 4 de octubre de 2014

El "Toque Lubitsch" y el cuarto de baño





Uno de los guionistas que solía trabajar con Ernst Lubitsh era Samson Raphelson, quien recuerda como a la hora de enfrentarse a un problema de guión, era muy habitual escuchar al director frases como: 

“- ¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo solucionamos esto? ¿Cómo podríamos decirlo con estilo? ¿Cómo podríamos decirlo de una manera diferente?”

Y es que lo importante era sobre todo eso, que se hiciera con “con estilo” y además fuera “diferente”. 
Era lo que con el tiempo sería conocido como "El toque Lubitsch", algo sobre lo que el genial Billy Wilder lanza una sombra algo escatológica (por decirlo de alguna manera) cuando recordaba que Lubitsch solía tener sus mejores ideas en el cuarto de baño:

“Si nuestro trabajo no avanzaba, se iba al cuarto de baño. Si se quedaba allí más de cinco minutos, podíamos estar seguros que volvería con una idea salvadora. A menudo hacíamos chistes sobre esto diciendo que probablemente tenía allí escondido a un “escritor fantasma” para sorprendernos.”(…)

Billy Wilder, que participó en los guiones de éxitos de Lubitsh como "La octava mujer de Barbazul" o "Ninotchka" nos sigue contando sobre este gran director:

(…) “Lubitsch dirigía sin esfuerzo. También en su caso, solo se percibía la facilidad, la ligereza, una vez terminada la película. Durante el rodaje, se trabajaba más bien en silencio, de un modo poco llamativo y discreto. Esto se debía también a que Lubitsch solo empezaba a rodar cuando habían terminado del todo los trabajos anteriores: el rodaje se llevaba a cabo siguiendo estrictamente el guión y no dejaba nunca que los actores se desviaran del diálogo escrito. Todas las reflexiones y discusiones acerca de las posibles variantes y dificultades se llevaban a cabo antes, mientras se escribía el guión. El rodaje era simplemente la conversión del guión en película.”


Con motivo de la muerte de Lubitsch comentaba Wilder:

“Lubitsch murió en 1947. Al salir del cementerio, Brackett me dijo, sombrío:
-Se acabó Lubitsch.
-Todavía peor –le contesté-, se acabaron las películas de Lubitsch.”

En la necrología que Wilder y Brackett escribieron para Lubitsch, se decía:

“Era elegante sin Frou-Frou ni Chi-Chi. Tenía más estilo que Schiaparelli, chispeaba con más fuerza que Lanson, tenía más bouquet que un mercado de flores en Grasse. Fundó su propia escuela. Mucha gente buena estudió con él; han intentado imitarlo, pero siempre ha permanecido inalcanzable. Lo que queremos decir con esto es que sus discípulos, enfrentados a la tarea de tener que filmar una noche de bodas, habrían apostado por los violines. Habrían escrito alusiones y pensado picardías. Lo habrían teñido todo de la luz azulada de la luna y lo habrían rematado con una luz crepuscular. Lo habrían cubierto todo con un fino velo. Pero el maestro, no; Lubitsch, no. A él le importaba un bledo la noche de bodas. La pasó completamente por alto. En lugar de esto, filmó el desayuno de la pareja al día siguiente. Y puso más esmero en la sensualidad con la que la novia abre un huevo pasado por agua, más sensualidad de la que habría provocado el encuentro de dos pares de labios, todavía húmedos, en un beso muy sospechoso para la censura. Comparados con él, nosotros somos de lo más burdo. A él le bastaba con filmar una puerta cerrada, para que nosotros nos partiéramos de risa imaginando a Chevalier haciendo, detrás de la puerta, las cosas más disparatadas. Él era la mano que movía cuidadosamente una pluma recorriéndonos el espinazo.”


El toque Lubitsch, en "Días de Cine"

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