Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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miércoles, 9 de octubre de 2013

Bob Dylan y The Beatles.- Música, drogas y poesía


48 años atrás, en la época de Beatles for Sale (1964) y Another Side of Bob Dylan (1964), The Beatles y Bob Dylan mantuvieron sus primeros encuentros en Nueva York. Era la época en la que en Melody Maker titulaban "A The Beatles le gusta Dylan". La influencia que ejerció el segundo en los Fab Four fue más que notable, sobre todo en el caso de John Lennon. Dylan hacía poesía y auténtica literatura con sus composiciones, mientras que Lennon seguía cantando temas con letras muy naïf sobre el amor juvenil. Sin embargo, cada uno jugó su papel y cambió a su manera el modo de entender la música. Lennon contó que en 1964 no pararon de escuchar el primer disco de Dylan en las tres semanas que pasaron en París: "Dylan nos volvía locos".

Uno de sus primeros encuentros fue marcado por la marihuana. Todo comenzó con una anécdota graciosa cuando Dylan les dijo a los cuatro beatles lo mucho que le gustaba cuando en "I Wanna Hold Your Hand" cantaban "I get high" (alucino). Sin embargo, The Beatles cantaban inocentemente "I can´t hide" (no puedo ocultarme). "Vino corriendo y dijo: "Chicos, tengo una hierba fantástica". ¿Cómo no va a caerte bien un tipo así? Bob creyó que estábamos acostumbrados a las drogas. Pasamos toda la noche fumando y riendo. Cada vez que sonaba nuestro teléfono lo descolgaba Bob y respondía. "Esto es beatlemania". Fue realmente cómico", contó Lennon.


Ringo Starr dijo que cuando conoció a Dylan en Nueva York fue la primera vez que fumó marihuana y no paró de reírse: "Fue fabuloso". Paul McCartney admitió que aquella noche iba continuamente anunciando que había descubierto el significado de la vida y lo escribió en un papel. Al día siguiente leyó la nota y había escrito: "Existen siete niveles". "Vale, quizás no resumiera el significado de la vida, pero lo pasamos de miedo". Incluso en la fantástica película I´m not there, dirigida por Todd Haynes, hicieron una parodia de ese encuentro con los porros.



John bromeó que no se acordaba de lo que hablaron esa noche y recordó un episodio: "Estábamos en un hotel de Nueva York, Bob traía una copia cada vez que editaba un nuevo disco y dijo: "Eh, John, escucha la letra tío". "¡Olvídate de la letra! Estamos todos flipados, ¿cómo quieres que nos fijemos en la letra? No, sólo escuchamos el ritmo y cómo suena". Para Al Aronowitz, periodista amigo de ambos y encargado de fijar la primera reunión, las presentaciones en el Delmonico de Park Avenue aquel 28 de agosto de 1964 fueron parecidas a "Billy El Niño y la banda de Jesse James actuando como tímidas niñitas".


Ringo admitió que Dylan era el héroe de The Beatles: "Yo había oído hablar de él a través de John, que me había hecho escuchar sus discos. No sólo era genial, sino que era un tío joven que escribía unas canciones geniales. Unas canciones actuales, poéticas, con una actitud fantástica ante la vida". Harrison, por su parte, no ocultó la pasión febril por sus primeros discos: "Creo que fue su segundo álbum el que oímos primero en febrero o enero de 1964. Estábamos en París en el teatro Olimpia y conseguimos una copia de Freewheelin, y lo gastamos de tanto oírlo. El contenido de las letras de las canciones y la actitud eran increíblemente originales y maravillosos". McCartney también dijo que era su ídolo y que fue una influencia enorme para la banda: "Le admirábamos como poeta, y todos teníamos su primer álbum en el que aparecía con su célebre gorra. Estoy seguro que de ahí provino la gorra de Lennon. John le admiraba mucho tal como puede apreciarse en canciones como "You got to hide your love away"".


Mientras los británicos no dudaban en demostrar públicamente sus inclinaciones, Dylan ocultó al principio su fascinación por la música de los Beatles (la calificó de "facilota" ante su exnovia Suze Rotolo). Por supuesto, hay una leyenda reveladora al respecto del primer encuentro, a través de las ondas, de Dylan y los Beatles. Cuentan que Bob iba conduciendo por las solitarias y emblemáticas carreteras de Colorado cuando sintonizó una emisora local. Sonaba una la lista de las canciones más vendidas, y ocho de los diez temas eran de los Beatles. En ese momento, Dylan paró el coche, salió y comenzó a golpear eufóricamente el capó al ritmo de la música.


Dylan y Lennon tenían bastantes cosas en común. Habían nacido el mismo año. Los dos se habían iniciado en la música gracias a su fascinación enfermiza con el Rey (Elvis). Desde que tuvieron constancia de sus respectivas existencias, uno y otro desearon conocerse. Según Al Aronowitz, Lennon quiso retrasar el encuentro hasta "ser igual en ego" que Dylan: "sí, quiero conocerle. Pero pongo yo las condiciones", dijo John.


En mayo de 1965, en el Mayfair de Londres y tras el concierto de Dylan en el Royal Albert Hall, se produjo otro de sus encuentros. Marianne Faithfull fue testigo. "Dylan entró en la habitación donde The Beatles estaban sentados, todos apretujados en el sofá, todos ellos fabulosamente nerviosos. Nadie dijo nada. Esperaban a que el oráculo hablara. Pero Dylan se limitó a sentarse y a mirarles como si fueran todos ellos completos desconocidos en una estación de ferrocarril". La cantante también recuerda uno de los diálogos de aquella reunión entre Dylan y Lennon:


Lennon: "Una actuación preciosa, tío".


Dylan: "No les gustó "It´s alright ma..."".


Lennon: "Es el precio de ir por delante de tu tiempo, ya sabes".


Dylan: "Tal vez, pero sólo llevo 20 minutos de adelanto tal y como están las cosas".


Otra reunión que mantuvieron en este caso The Beatles y Dylan fue, según cuenta Philip Norman en el libro John Lennon, un año después de ese encuentro con la hierba. Sin embargo, en esta ocasión la cita fue en el Hotel Savoy de Londres. Los Fab Four fueron con sus mujeres. A pesar de ello, el ambiente no fue tan cálido ni ´divertido´ como en Nueva York. Norman escribió que "desde su anterior encuentro Dylan había pasado de fumar marihuana a esnifar heroína, y durante aquel debut en Londres tuvo que pasar tres días en un hospital ´a causa de un resfriado´, según se informó". Para que hubiera menos tensión, Dylan invitó al poeta beat Allen Ginsberg.


Un año después, en 1966, Lennon y Dylan volvieron a reunirse en Londres. De ese instante quedó constancia gracias al vídeo que muestra a los dos músicos en un coche prestado por los Stones camino de Weybridge a Londres. Mientras se ve a un Dylan hablando continuamente, John parece ciertamente incómodo y serio. Quién grabó esa escena, el fantástico documentalista D.A. Pennebacker, resaltó en su momento "la gran cantidad de teatralidad trivial" que había en cada reunión Beatles-Dylan. "Cada segundo se disparaban una barbaridad de ingeniosidades muy en la onda cargadas de insinuaciones", llegó a decir.

Fue en aquellos días, en mayo del 66, en los que John Lennon asistió, junto a sus compañeros del grupo, al concierto de Dylan en el Royal Albert Hall de Londres. El cantante norteamericano llevaba un año recibiendo continuos insultos en sus conciertos por cambiar de bando y pasar del folk a las eléctricas y el rock. Clinton Heylin contó en un libro sobre la gestación del Sgt. Peppers que los cuatro Beatles gritaron a los que abucheaban a Dylan para que le dejaran seguir. La amistad entre Lennon y Dylan crecía de manera exponencial; el inglés le llegó a invitar a su imponente casa de veintiuna habitaciones en Kenwood, donde nadie sabe con seguridad si llegaron a grabar alguna canción. Por cierto, tras esa visita, Dylan adquirió una mansión de 31 habitaciones.



De todas esas reuniones se sacó en claro también que, si bien Dylan y Lennon se profesaron admiración mutua en su momento, con McCartney la cosa no fue tan rodada. La dualidad McCartney-Lennon tenía también su ácida prolongación en Dylan. Paul no le caía tan bien como John. Cuenta Marianne Faithfull que en una ocasión, el norteamericano llegó a abandonar una habitación de hotel en cuanto McCartney entró y puso un acetato con su música. "La expresión del rostro de Paul era impagable", dijo.



(Tomado de Muzikalia)

La Strada - 1954 - Federico Fellini



Fellini siempre me ha llamado mucho la atención en un sentido, este hombre, adorador de las carnosidades, de la abundancia en la mujer, de los grandes pechos y traseros que tan bien han quedado reflejados en películas como Amarcord, resulta que se casa y hace protagonista de algunas de sus mejores películas, a todo lo contrario de esas Venus que adora, a una muchachita pequeñísima, escurridísima de carnes, pero de cara simpática y gestos chaplinescos, a un duendecillo llamado Giulietta Masina. Curiosamente en “La Strada” (carretera en italiano), cuando Zampanó (Anthony Quinn) y Gelsomina (Giuletta Masina), -¿podrían encontrarse mejores nombres para unos personajes circenses?- comen por primera vez juntos en una especie de venta, Zampanó no puede resistirse a la rotunda carnosidad de una morena, que no tiene mayores atributos que una obesidad contenida aun en los limites de las formas de una mujer, olvidándose por completo de Gelsomina ¿podría ser aquí Zampanó un alter ego de Fellini o al menos de sus sueños?. Recuerdo que en “Las noches de Cabiria” una de las prostitutas que acompañaban a Cabiria, era también una mujer de esta índole, de carnosidades fellinianas. Parece que de algún modo, indirecto, introducía estos guiños a sus obsesiones en estas películas. 




Giulietta Masina es maravillosa, podría hacer la película entera sin hablar y decirlo todo con sus gestos, que si bien a veces son excesivos nunca pierden su encanto y seducción. Ya le dice en la película uno de los protagonistas, el loco “Richard Basehart” - ¿Pero tú que eres una mujer o un repollo?- No, Giulietta Masina no tiene atractivos de mujer si lo que buscamos es voluptuosidad, erotismo o carnosidad, pero tiene una mirada, unos ojos, fascinantes y expresivos como pocos, un alma que le rebosa por ellos y una gestualidad que crea complicidad y ternura. Es difícil no querer a Gelsomina o a Cabiria, con su ingenuidad, con su vitalidad, con sus historias tan desdichadas. Giulietta Masina dejó el cine pronto, aunque tuvo alguna reaparición. Cuando visitaba a su marido en los estudios de Cinecittá, los trabajadores rompían a aplaudir y el rodaje quedaba detenido hasta que por arte de magia aparecía un ramo de flores que le era entregado y ella tomaba asiento para ver el rodaje. Se ganó el cariño de todos. Cuando murió su marido, sólo le sobrevivió cuatro meses. Era tierna hasta para morir.
 


 Anthony Quinn hace un papel apoteósico, brutal y en su deshumanización muy humano, pues es esta la naturaleza de muchos seres, refleja a la perfección a determinado tipo de personas, que en la necesidad, en la lucha por sobrevivir, no ven más allá de si mismos y ni tan siquiera atienden a sus sentimientos, sólo tienen pensamiento para subsistir en la cuasi-animalidad, para salir adelante como sea. Curiosamente Anthony Quinn contó en su autobiografía que el personaje de Zampanó se acercaba mucho a su propio carácter. En la película, termina por parecer Zampanó, con su número circense repetido hasta la saciedad en los más ínfimos detalles, un animal enjaulado que repite sistemáticamente el mismo movimiento una y otra vez en la jaula, teniendo una única pulsión, seguir viviendo. El final lo dotará de un atisbo de conciencia que humanizará definitivamente el personaje.

La fotografía en blanco y negro resulta maravillosa, y refleja de forma magistral un ambiente que recuerda terriblemente a nuestra España de hace unos años. ¡Son tan pocas y a la vez tantas las cosas que nos acercan y separan de Italia!

En definitiva ¿quién podrá olvidar el rostro pintado de Gelsomina o la brutalidad de Zampanó después de ver la película? Una delicia.

Ficha de la película

TÍTULO ORIGINAL: La strada
AÑO 1954 DURACIÓN: 103 min. PAÍS: Italia

DIRECTOR: Federico Fellini

REPARTO: Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovere

PRODUCTORA: Ponti de Laurentiis

PREMIOS 1954: Venecia: León de Plata
1956: Oscar: Mejor película de habla no inglesa. 2 nominaciones

GUIÓN Tullio Pinelli & Federico Fellini
MÚSICA Nino Rota
FOTOGRAFÍA Otello Martelli (B&W)