Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Henri de Toulouse-Lautrec



"La fealdad, esté donde esté, siempre tiene un lado hermoso, es fascinante para descubrir la belleza donde nadie la puede ver."

                                              HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC

                         (24 de noviembre de 1864 - 9 de septiembre de 1901)








Pintor, grabador y dibujante francés, fue uno de los artistas que mejor representó la vida nocturna parisiense de finales del siglo XIX. Toulouse-Lautrec nació en Albi el 24 de noviembre de 1864, en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Francia. Siendo adolescente se rompió las dos piernas y, a causa de una enfermedad congénita que le provocaba falta de calcio, durante el resto de su vida conservó un torso normal pero las piernas no le crecieron. Su habilidad para el dibujo fue en principio estimulada por su tío, el conde Charles de Toulouse-Lautrec, así como también por René Princeteau y John Lewis Brown, artistas aficionados amigos de la familia. Más tarde estudió pintura con los academicistas franceses Joseph Florentin Leon Bonnat y Fernand Cormon. Toulouse-Lautrec frecuentó los coloristas y animados cabarets del distrito parisiense de Montmartre, como el Moulin Rouge, y atrajo con su ingenio y locuacidad a un nutrido grupo de artistas e intelectuales entre los que se encontraban el escritor irlandés Oscar Wilde, el pintor holandés Vincent van Gogh y el cantante francés Yvette Guilbert. Visitó también con asiduidad el teatro, el circo y los burdeles. Los recuerdos e impresiones que sacaba de estos lugares y de sus personajes más destacados los plasmó con gran maestría en retratos y bocetos de sorprendente fuerza y originalidad. Ejemplos característicos son La Goulue entrando en el Moulin Rouge (1892, Museo Toulouse-Lautrec, Albi), Jane Avril entrando en el Moulin Rouge (1892, Courtland Gallery, Londres) y En el salón de la calle des Moulins (1894, Museo Toulouse-Lautrec). Su vida desordenada, su alcoholismo y un ataque de parálisis le llevaron a abandonar su estudio para refugiarse con su madre en el castillo de Malromé, propiedad de la familia, donde el 9 de noviembre de 1901 falleció. Toulouse-Lautrec fue un artista muy prolífico. Realizó gran número de óleos, dibujos, aguafuertes, litografías y pósters o carteles, así como también ilustraciones para varios periódicos de entonces. Muchas de sus obras se conservan en el Museo Toulouse-Lautrec en Albi. A su peculiar y personal estilo incorporó elementos de otros artistas de la época, especialmente de los pintores franceses Edgar Degas y Paul Gauguin. El arte japonés, de moda en París por aquellos años, ejerció también su influencia en Toulouse-Lautrec, con sus contornos fuertemente marcados, su composición asimétrica y la utilización de manchas de colores planos. Su obra inspiró a Vincent van Gogh, Georges Seurat, Georges Rouault y a todos aquellos artistas interesados en el trabajo de litografías y carteles.

Fuente: http://epdlp.com/escritor.php?id=392

Carta de Marguerite Yourcenar a Isabel García Lorca



10 de mayo de 1960.
Querida Amiga:

No quiero dejar España sin decirle a usted que la semana pasada, de los dos días que esta vez pudimos reservarnos para Granada, decidimos dedicar unos momentos a Víznar. Un empleado de la agencia de viajes a quien pregunte cómo era ese pueblecito un poco perdido comprendió inmediatamente qué intención me movía a visitar el lugar, y al instante percibí que a sus ojos dejábamos de ser turistas para convertirnos en amigas. “It is not very good memory for us”, me contestó lacónicamente. El taxista que nos llevó hasta allí enseguida pronuncio el nombre de su hermano de usted (lo mismo había hecho otro con quien habíamos tanteado antes el precio del trayecto), pero no podía proporcionar ninguna información sobre el sitio exacto que buscábamos. Más tarde, nos dijo que era la primera vez que llevaba extranjeros a Víznar. Me figuro que de sobra conocerá usted la región, pero esa visita me causó tanta emoción que siento la necesidad de referírsela con detalle. Y además también pudiera ser que, por una u otra razón, no haya ido usted personalmente a Víznar, o que no le haya sido posible llevar sus investigaciones tan lejos como nosotras lo hemos hecho (lo que bien poca cosa es, por cierto). Así que llegamos, fuimos primero a visitar la iglesia del pueblo, un poco por prudencia (pero, con razón o sin ella, no nos decidimos a interrogar al joven sacerdote), y deambulamos y deambulando luego al azar por las calles, nos acercamos a un grupo de mujeres de edad que estaban sentadas en una especie de explanada, y a la que parecía llevar la voz cantante le preguntamos donde se encontraba la sepultura de su hermano de usted. Su rostro cambió, perdiendo toda expresión, y nos contestó sin vacilar “que ella no conocía el nombre de ese señor, y que en Víznar no se había muerto nadie”. Pero las otras mujeres, a espaldas de ella, señalaron con la mano el camino de la montaña. Volvimos a la plaza de la iglesia y allí nos dirigimos a dos muchachos del pueblo, Pedro y Antonio, que andarían por los veinte años. Nos dijeron ambos que García Lorca estaba enterrado en ese camino de la montaña que las mujeres nos habían indicado con señas. Acabamos por hacerlos montar en el taxi con nosotras para que sirvieran de guía al chófer. La carretera era tan mala a la salida del pueblo que fue preciso empujar el coche para subir la cuesta. El camino se desvía enseguida de la región de los olivos para penetrar en una gran soledad, entre la montaña desnuda y gris que circunda por la izquierda y el precipicio del que le separa, a la derecha, un declive cubierto de hierba rala y de maleza seca. A unos tres kilómetros del pueblo, exactamente debajo de la montaña más alta (“la Cruz de Víznar”), hicieron parar el coche y los cinco que éramos descendimos una distancia como de apenas cien metros más debajo de la carretera, hasta un lugar donde crecen vigorosos, en ese desierto despoblado, cuatro o cinco pinos jóvenes. “Es ahí”, dijeron los dos muchachos y, para que comprendiéramos mejor, hicieron el gesto, sin ninguna exageración dramática por cierto, de apretar un gatillo. Según ellos, García Lorca está enterrado bajo esos pinos junto con otros cinco hombres fusilados en el mismo sitio, pero no llegue a comprender si había sido al mismo tiempo o algunos días antes o después. Y aún dijeron más: la tierra fue bien apisonada y se transplantaron allí algunos arbustos (¿para borrar toda traza del lugar o, al contrario, para dejarlo marcado, o bien simplemente para impedir que se produjeran desprendimientos hacía el barranco cercano?). “Los árboles crecen deprisa en los cementerios”, dijo uno de nuestros guías. Mientras Grace proseguía la conversación con ellos, yo me agache un momento por debajo de las ramas bajas enmarañadas: en efecto, no cabe duda de que la tierra ha sido allí nivelada a lo largo de un trecho bastante amplio, y me pareció distinguir dos rastros como surcos que podrían tal vez corresponder a lo que fue antaño el reborde de una fosa. Pero puede que mi imaginación interprete con exceso esos insignificantes indicios. Cuando hubimos remontado la cuesta hasta la carretera, nuestros jóvenes guías se despidieron para volver andando al pueblo. Aunque se mostraron contentos de ser remunerados por el trabajo que se habían tomado, en ningún momento trataron de aprovecharse de nuestra curiosidad o de nuestra emoción para comercializar aquellos recuerdos. Como ocurre muy frecuentemente en España, allí estabamos de igual a igual. Tal como nos indicaron los muchachos, continuamos por el camino de la montaña hasta donde enlaza con la carretera de Murcia, a unos mil quinientos metros del lugar que he tratado de describir. Durante todo el trayecto no nos cruzamos con ningún coche, ni con algún hombre solo a pie o a lomos de una mula, ni vimos siquiera un animal atado que pudiera estar paciendo. Si es el sitio autentico ese que nos habían mostrado, es evidente que los asesinos hicieron un circuito, cumplieron su fechoría y borraron las huellas en aquel páramo antes de volver al pueblo por otra carretera de mayor circulación. Pero ¿Por qué esa especie de secreto en una época en que la violencia estaba al orden del día sin recto alguno? (y sin embargo, quizá no sea imposible encontrar respuesta a este interrogante.) Nosotras hubiéramos querido preguntar también a nuestros guías quien les había dado unas informaciones tan precisas, puesto que en la época de aquel suceso ellos eran todavía muy niños. Pero nuestro más que rudimentario español, si bien basta para entendernos sobre casi todo con un interlocutor de buena voluntad, resultaba limitado y la conversación no fue más lejos. Una vez regresamos a Granada, yo volvía al agencia de viajes que estaba, en aquel momento, rebosante de turistas, y me contenté con decirle al empleado que había logrado efectuar la excursión de que habíamos hablado. Me hizo un saludo amistoso. Siento el temor de que al escribir todo esto me exponga a causarle tristeza, sino a importunarla. Probablemente usted ha visto todas esas cosas y las precisiones que le doy le parecerán obvias, tal vez irritantes, porque puede que tenga información más segura (o bien la certidumbre de que no puede hacerse nada). Pero me ha parecido que debía consignar lo que dejo indicado como demostración de que el recuerdo del poeta permanece allí intensamente vivo, y también para decirle que, en cierto modo, aquella tarde nos acompaño usted en espíritu, sin saberlo. Lo que yo querría sobre todo expresarle es que, al abandonar aquel lugar que nos designaron (y estas reflexiones son válidas aunque sólo fuera aproximadamente exacto), yo me volví para contemplar aquella montaña desnuda, aquel suelo árido, aquellos pinos jóvenes creciendo vigorosos en la soledad, aquellos grandes plegamientos perpendiculares del barranco por donde debieron de discurrir antaño los torrentes de la prehistoria, Sierra Nevada perfilándose majestuosa en el horizonte; y me dije a mi misma que un lugar como aquel hace vergonzante toda la pacotilla de mármol y de granito que puebla nuestros cementerios, y que cabe envidiar a su hermano por haber comenzado su muerte en aquel paisaje de eternidad. Créame que al escribir esto, no trato de minimizar el horror de su prematuro fin, ni lo tremendamente angustioso que sería (al menos para mi) tratar de reconstruir aquella escena que sucedió allí, en un determinado momento del tiempo, y cuyos pormenores no llegaremos a conocer jamás. Pero es cierto que no cabe imaginar más hermosa sepultura para un poeta. No olvidamos los agradables gratos que pasamos en su casa con su hermana y su sobrina y el espectáculo de flamenco al que tuvo usted la amabilidad de servirnos de introductora, ni tampoco la recepción que tan maravillosamente improvisó para nosotras y que fue, en lo tocante a contactos humanos, el mejor momento de mi estancia en Madrid. Mañana regresamos a “Petite Plaisance, Northeast Harbor, Maine”, donde permaneceremos con toda seguridad durante largos meses, y donde nos complacería mucho acogerla, a usted o a alguno de los suyos, si vinieran a Estados Unidos.

Cordialmente suya, Marguerite Yourcenar



( Transcripción íntegra de la emocionante carta que escribe Marguerite Yourcenar a Isabel, la hermana de Federico García Lorca, el 10 de mayo de 1960. Volvía Yourcenar (antigua colega de Isabel en Sarah Lawrence College) de Viznar, donde está enterrado el poeta. La carta se recoge en “Recuerdos míos”, de Isabel García Lorca)