Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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jueves, 8 de agosto de 2013

Basquiat.- microcuento



"Había una vez un Principito que tenía una preciosa corona. Un brujo malo y envidioso lo encerró en una torre, de donde no podía salir. El niño se encaramaba a lo alto de la torre y daba cabezazos contra los barrotes para que le oyeran y vinieran a liberarle. No le soltaron nunca y murió allí en la torre, pero el ruido que hacía con la corona y que abarcaba kilómetros y kilómetros era un sonido tan hermoso, que desde todos los lugares los hombres se paraban a escucharlo, tendiendo las manos hacia el viento o intentando recogerlo en sus brazos, tal era su belleza..."


Imagen: Basquiat, por Dimitri Kasterine

Thomas Wolfe.- El ángel que nos mira (Fragmentos)



"…una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.
Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.
¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?"


"Pero nosotros somos la suma de todos los momentos de nuestras vidas; todo lo nuestro está en ellos: no podemos eludirlo ni ocultarlo. Si el escritor ha empleado la arcilla de la vida para crear su libro, no ha hecho más que emplear lo que todos los hombres deben usar, lo que nadie puede dejar de usar. Ficción no es realidad, pero la ficción es una realidad seleccionada y asimilada, la ficción es una realidad ordenada y provista de un designio. "


[Ed. Valdemar. Traducción de José Ferrer Aleu]

Imagen: Cristina García Rodero

Henry Miller, por Brassai



"¡Nuestro primer encuentro! (A menos que ya nos hubiésemos conocido cuando estuve en París con June, mi mujer, en 1928.) ¿Podríamos comparar nuestros recuerdos? Me parece estar viéndote de pie, al borde de la acera, cerca del Dôme, en la esquina de la calle Delambre y el boulevard Montparnasse. Llevabas un periódico en la mano. Comenzabas a dedicarte a la fotografía. Debía ser alrededor de 1931. Recuerdo tan claramente el lugar donde te encontrabas que podría señalarlo con un círculo. ¡¡¡Cuando nos encontremos nuevamente en París te lo mostraré!!! Tuve la impresión –fugaz– de que poseías un gran sentido del humor. Todo lo que decías era como una broma. Tus ojos me hipnotizaban –como los de Picasso–. Este encuentro permanece fuertemente grabado en mi memoria.”

(Carta a Brassaï, el 25 de noviembre de 1964.)

Así es como Henry Miller tiene la costumbre de evocar, por carta o personalmente, nuestro encuentro en Montparnasse. “Es curioso –me dijo una vez–, de la mayoría de las personas jamás recordamos dónde o en qué circunstancias las conocimos. Nuestro encuentro lo recuerdo como si fuera ayer.”

Por mi parte, sitúo el encuentro en Henry en diciembre de 1930, poco después de su llegada a Francia. Fue mi amigo, el pintor Louis Tihanyi, quien nos presentó. Era una especie de relaciones públicas del Dôme. Todo el mundo conocía su abrigo de terciopelo lustrado verde oliva, su sombrero gris de ala ancha, su monóculo, su sobresaliente labio inferior –el sosias de Alfonso XIII, pero sin el bigotito–. Caminaba de mesa en mesa, de grupo en grupo, a través de la terraza abarrotada, que bajo el verde luminoso de los árboles del paseo parecía celebrar cada noche el 14 de julio. Aunque estaba sordo y casi mudo, era la persona mejor informada de Montparnasse, y conocía no sólo a los habituales sino a cualquier recién llegado.

–Te presento a Henry Miller, un escritor americano –me dijo con su voz desarticulada y gutural, que dominaba el ruido de la terraza y el alboroto del paseo.

Henry Miller... Nunca olvidaré esa cara rosada emergiendo de un impermeable arrugado, el labio inferior carnoso, los ojos de color verde mar, ojos de marino habituados a escrutar el horizonte a través de la bruma, esa mirada tranquila, llena de serenidad –la mirada ingenua y atenta de un perro– emboscada tras unas gruesas gafas de concha, investigándome con curiosidad. Cuando se quitó el ajado sombrero gris, su calvicie aureolada por unos cuantos cabellos plateados brilló bajo el neón. Esbelto, nudoso, sin un gramo de carne de más, tenía el aspecto de una asceta, de un mandarín, de un sabio tibetano. Un maquillador le hubiera añadido un bigote, largos cabellos grises y una barba patriarcal, con lo que Miller, con sus ojos oblicuos, orientales, su gran nariz, sus aletas aristocráticas, se hubiera parecido al sabio de Iasnaïa-Poliana, a León Tolstoi... También oí por primera vez su voz grave, sonora, calurosa, viril, puntuada de yes, yes y de hum, hum, y ese ronroneo de placer que acompañaba sus palabras en sordina.

June, la mujer de Henry –ella será la Mona, la Mara de sus relatos– ya había estado en París en 1927, cuando se fugó con su amiga rusa y dejó solo a Henry consumiéndose en Nueva York, en su sótano. Se alojaba en el Princesse Hôtel en la rive gauche, cerca de Saint-Germain-des-Près. Ese mismo año June volvió a Nueva York cargada de recuerdos y regalos, “más encantadora que nunca”. Su retorno al redil borró del espíritu de Miller el drama de su “traición”. La Crucifixión que pensaba escribir sobre este drama se convirtió en La Crucifixión rosada”. Henry la interrogaba: ¿había visto a Picasso? ¿A Matisse? No, no los había visto. Sin embargo había conocido a Zadkine, a Marcel Duchamp, a Edgar Varése y a otros artistas de los que Miller no había oído hablar, y que más tarde serían sus amigos: Michonze, Tihanyi, etc.

Imagen: Henry Miller, por Brassai

Bárbara Cartland y la nobleza



En cierta ocasión le preguntaron a Bárbara Cartland, escritora romántica que por azares matrimoniales se convirtió en "abuela" de Lady Diana:

- ¿Diría usted, como parece que piensa la gente, que la boda de su nieta con el heredero de la corona inglesa, pone de manifiesto que ya no hay grandes diferencias entre las clases sociales en Inglaterra?

- Debe ser cierto, de no serlo una persona como yo no estaría hablando con alguien como usted -repuso la escritora-

Hay que recordar que a Bárbara Cartland se la considera una de las escritoras más prolíficas de todos los tiempos con sus 723 obras publicadas y de las que se han vendido cerca de 1000 millones de ejemplares. Unas novelas rebosantes de romanticismo y protagonizadas por jóvenes cursis y sus buenas maneras, que eran cortejadas por apuestos jóvenes de uniforme.

Bárbara Cartland escribía a un ritmo de un libro cada dos semanas desde los 21 años (falleció con 98) y sus cifras de ventas son por supuesto inalcanzables para la mayoría de los escritores.