Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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martes, 18 de junio de 2013

Federico Fellini y su proceso creativo

 
De todos es conocido que Federico Fellini era un gran erotómano y propenso a mostrar en sus películas a mujeres exuberantes. Respecto a su proceso creativo contaba:

"Cuando comienzo una película paso la mayor parte del tiempo en el escritorio y no hago sino garabatear nalgas y tetas. Es mi modo de buscar la película, de comenzar a descifrarla a través de estos rasgos. Una especie de hilo de Ariadna para salir del laberinto"
 
Parece que a veces también se ayudaba de modelos para sus garabatos, o al menos eso podríamos imaginar al ver la imagen que acompaña el texto y que corresponde al casting para "Casanova"
 

 

Ndebele (Sudáfrica)



Desde el siglo XVIII el pueblo Ndebele en sudáfrica ha creado su propia tradición y estilo en pintar sus casas, esta necesidad arranca en el momento en que perdieron la guerra y esto les trajo un tiempo en que la vida se les hizo realmente dura, como consecuencia de esos momentos difíciles se generaron estas pinturas y símbolos en que las personas expresaban así su dolor.
Estos símbolos fueron el principio del arte africano conocido como Ndebele pintura mural.






Este pueblo y su cultura deben mucho a la creatividad de sus mujeres. Estas últimas son las que decoran los muros exteriores de las casas con pinturas de dibujos geométricos amarillos, verdes, azules, rojos y negros, colores también presentes en las obras que confeccionan con cuentas, como adornos y muñecas.



Dublineses (John Huston, 1987).- Fragmentos del guion



(Monólogo final del protagonista):

Qué pequeño papel he representado en tu vida. Es casi como si no hubiera sido tu marido, como si nunca hubiéramos convivido como marido y mujer.
¿Cómo eras entonces? Para mí, tu cara sigue siendo preciosa, pero ya no es aquella por la que Michael Fury dió su vida. ¿Por qué siento este torbellino de emociones?
¿Qué las ha despertado? ¿El recorrido en el coche de punto?, ¿su indiferencia al besarle la mano?,¿la fiesta de mis tías?, ¿mi estúpido discurso?,¿el vino, el baile, la música? Pobre tía Julia. ¡Qué expresión tan macilenta tenía mientras cantaba ataviada para la boda!
Pronto será también una sombra como la sombra de Patrick Morgan y su caballo.
Quizá pronto me siente en ese mismo salón, vestido de negro.
Los visillos estarán corridos y yo rebuscaré en mi mente palabras de consuelo, y sólo encontraré algunas torpes e inútiles.
Sí, sí, eso ocurrirá muy pronto.
Sí, los periódicos tienen razón: la nieve está cubriendo toda Irlanda, cae sobre toda la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, suavemente sobre los pantanos de Allen, y, más lejos, hacia el oeste, cae suavemente sobre las oscuras y revueltas aguas del Shanon.
Uno a uno, todos nos convertiremos en sombras.
Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena euforia de una pasión,
que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad.
¡Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir! Yo no he sentido nada así por ninguna mujer,pero sé que ese sentimiento debe ser amor.
Piensa en todos los que alguna vez han vivido desde el principio de los tiempos, y en mí, transeunte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris, como todo lo que me rodea. Este mismo sólido mundo
en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve.
Cae la nieve. Cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Faurey yace enterrado.
Cae lánguidamente en todo el Universo y lánguidamente cae, como en el descenso de su último final,
sobre todos los vivos y los muertos.

PROMESAS ROTAS (Poema irlandés, recitado por uno de los asistentes a la cena, de autor desconocido):

Es tarde.
Anoche el perro hablaba de tí
El pájaro hablaba de tí en el profundo pantano.
Decía que tú eres el ave solitaria a través del bosque
y que probablemente sigas sin pareja
hasta que me encuentres.
Que me diste tu palabra
y me mentiste
y que estarías junto a mí
cuando se reunieran los rebaños.
Te llamé con un silbido y trescientos gritos,
pero allí no había más que
un corderillo balando.
Me prometiste algo difícil de conseguir:
un barco de oro bajo un mástil de plata,
doce ciudades,
cada una de ellas con un mercado
y un bello patio blanco al lado del mar.
Me prometiste algo que no es posible:
que me regalarías unos guantes de piel de pescado,
que me regalarías unos zapatos de piel de pájaro
y un vestido de la mejor seda de Irlanda.
Mi madre me dijo que no hablara contigo,
ni hoy, ni mañana, ni el domingo,
pero eligió un mal momento para decírmelo:
fue como cerrar la puerta
cuando ya habían robado la casa.
Tú me has dejado sin este.
Tú me has dejado sin oeste.
Me has dejado sin lo que había ante mí
y sin lo que había detrás de mí.
Tú me has quitado la luna,
tú me has quitado el sol también.
y mi terror es inmenso:
tu, incluso, me has arrebatado a Dios.


El monólogo final de la película, subtitulado:


El show de Truman (Peter Weir, 1998)).- Análisis filosófico



El show de Truman es, explícitamente, una crítica mordaz en forma de comedia dramática sobre los reality shows. Lo cierto es que tras ver el triunfo a escala global del famoso programa llamado ‘Gran hermano’ (que tan cínicamente se mofa de Orwell por su título y su contenido) y la infinidad de secuelas similares que le han salido, no debería extrañarnos si en el futuro asistimos a crueles experimentos televisivos como el que se lleva a cabo en este film. En El show de Truman, la vida privada es cosificada, instrumentalizada y vendida desde la primera ecografía… Es el triunfo absoluto de la mercancía sobre la naturaleza (humana, se entiende), algo que de por sí, y aunque suavizado por el tono cómico del film, adquiere matices propios de una distopía.

La lógica de los realitys como Gran Hermano se basa en la idea de explotar la realidad en virtud del entertainment. Sin embargo, lo que realmente sucede en un reality es que la realidad es forzada a comportarse de una forma determinada, adecuada a las exigencias del público que lo consume. En Gran Hermano esto se consigue seleccionando el perfil psicológico de los participantes y estableciendo las condiciones en las que deben relacionarse entre sí. Se trata, al fin y al cabo, de ficcionalizar la realidad por medio de la fuerza. En El show de Truman, esa ficcionalización alcanza el absurdo extremo cuando dispone una ciudad entera de actores para arrancarle a la realidad, que se concentra en el personaje de Truman, el efecto deseado. Es, ciertamente, una manipulación violenta de la naturaleza, aunque la fuerza se manifiesta de forma sutil, con argucias y engaños, condicionando psicológicamente al protagonista para que, por ejemplo, se emocione ante el monólogo sentimentaloide de su mejor amigo o sienta miedo a los viajes y se quede, para siempre, recluido en la ciudad.
Pero la crítica al despiadado mundo de la televisión, al público educado en el gusto por fisgonear las vidas ajenas y a la victoria final de la racionalidad instrumental sobre la vida es solo la primera capa de significados.

Truman se las ingenia para escapar sin que nadie lo perciba y se embarca a través de un mar ‘de mentirijilla’ que sin embargo, ha sido dotado de mecanismos para crear tormentas artificiales. Cristoph agita las aguas para impedir la huida de Truman, pero este logra capear el temporal. Finalmente llega a un muro pintado de azul celeste donde descubre una escalinata que asciende hasta una puerta de salida. Cuando está a punto de atravesarla, Cristoph le interpela por megafonía. La voz parece venir del cielo, y filtrándose entre las nubes, dice ‘Truman, puedes hablar. Te escucho’. Truman pregunta, ‘¿Quién eres?’, a lo que Cristoph responde, ‘Soy el Creador… del programa de televisión que llena de esperanza y felicidad a millones de personas’. Truman responde, ‘¿Y quién soy yo?’.

En este estrato simbólico, el elemento metafórico de la escena se escinde en dos poderosas imágenes filosóficas:

a) En primer lugar, Cristoph es el padre de Truman. Su otro padre era un impostor que había muerto ahogado, pero Christoph resucita para tranquilizar a un Truman inquieto. Pero el verdadero padre adoptivo de Truman es Christoph, y lo dice claramente: ‘Te conozco mejor que tú mismo (…) llevo observándote toda tu vida. Te observé al nacer. Te observé cuando diste tu primer paso. Observé tu primer día de colegio… Y el capítulo en el que se te cayó tu primer diente. No puedes irte, Truman. Tu sitio está aquí, conmigo’. Christoph es el padre al que hay que matar freudianamente, la figura de autoridad cuya influencia es preciso derribar para poder desarrollar la propia individualidad.

b) En segundo lugar, Cristoph es el ‘Creador’, es Dios, y cuando Truman decide darle la espalda, renunciando al destino que le reservaba la providencia, buscando su propia autonomía y su propia libertad, parece consumar la máxima nietzscheana del ‘Dios ha muerto’.

Evidentemente, tanto en Freud como en Nietzsche, la muerte del padre y del padre-Dios respectivamente es una muerte simbólica.

Así, el Dios patriarcal ha muerto porque ya no ejerce su antigua influencia sobre el sujeto contemporáneo, de igual modo que la voz de Cristoph no puede detener a Truman. Su autoridad se ha disipado, y ya no tiene nada con qué negociar.

Otro estrato metafórico es el que hace, en un sentido general, referencia al mito de la caverna  de Platón. Truman abandona el mundo de las falsas apariencias para ascender (por una escalera) hacia la salida de la caverna, donde se accede al mundo verdadero. Además, el hecho de que se trate de un programa televisivo, el mundo de la imagen, de la simulación (incluso en el caso de los realitys), refuerza el vínculo metafórico con la alegoría de la caverna, donde los esclavos asistían a la ‘proyección’ de sombras de objetos, fantasmas devaluados de las cosas reales, que ellos tomaban por objetos verdaderos.

El amor por Sylvia, el deseo de rencontrarse con ella, es un elemento muy importante. Sylvia es la Penélope de este Ulises. Truman la buscará cuando salga al exterior, y de hecho, ella le estará esperando. Después de todo, algunos especialistas en el pensamiento de Platón afirman que lo que realmente libera al esclavo de la caverna es el eros.

Tomado de "Cinefilosófico", por José Luis Boj Ferrández

R.L. Stevenson: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Fragmento final)



Desperté por la mañana tembloroso, débil, pero recuperado. Todavía odiaba y temía el pensamiento del bruto que dormía dentro de mí y, por supuesto, no había olvidado los abrumadores peligros del día anterior; pero estaba de nuevo en casa, en mi propia casa y cerca de mis drogas; y la gratitud por haber escapado brillaba tan fuerte en mi alma que casi rivalizaba con el brillo de la esperanza.

Estaba paseando tranquilamente por el patio después del desayuno, respirando con placer el aire frío, cuando se apoderaron nuevamente de mí aquellas indescriptibles sensaciones que presagiaban el cambio; y apenas tuve tiempo de llegar al refugio de mi gabinete antes de que estuviera de nuevo ardiendo y helándome con las pasiones de Hyde. En esta ocasión necesité una dosis doble para regresar a mí mismo; y sí, seis horas más tarde, mientras estaba sentado contemplando tristemente el fuego, los dolores regresaron, y tuve que volver a tomar la droga. En pocas palabras, a partir de aquel día pareció que sólo un gran esfuerzo como el de un gimnasta, y sólo bajo el inmediato estímulo de la droga, era capaz de mantener mi aspecto de Jekyll. A cada hora del día y de la noche me veía afectado por el estremecimiento premonitorio; sobre todo, si dormía, o incluso si me adormecía unos instantes en mi sillón, siempre era Hyde quien se despertaba. Bajo la tensión de esta amenaza constante y del insomnio al que ahora me veía condenado incluso más allá de lo que había creído posible para un hombre, me convertí, en mi propia persona, en una criatura devorada y vaciada por la fiebre, débil hasta la languidez tanto en cuerpo como en mente, y obsesionada por un único pensamiento: el horror de mi otro yo. Pero cuando dormía o la virtud de la droga se esfumaba, saltaba casi sin transición (porque los dolores de la transformación eran cada día menos señalados) a un delirio lleno de imágenes de terror, un alma ardiendo con odios sin causa, y un cuerpo que parecía no ser lo bastante fuerte para contener las ardientes energías de la vida. Los poderes de Hde parecían haber crecido con la debilidad de Jekyll. Y ciertamente el odio que los dividía ahora era igual a cada lado. Con Jekyll era una especie de instinto vital. Ahora había visto la total deformación de esa criatura que compartía con él algunos de los fenómenos de conciencia y que compartiría también la muerte; y más allá de esos vínculos, que constituían en sí mismos el lado más agudo de su aflicción, pensaba en Hyde, en todas las energías de su vida, como en algo no sólo infernal sino inorgánico. Esto era lo más impresionante; que le lodo del pozo parecía emitir gritos y voces, que el amorfo polvo gesticulaba y pecaba; que lo que estaba muerto y no tenía forma usurpaba las funciones de la vida. Y más aún, que el emergente horror estaba unido a él más que una esposa, más que un ojo; yacía enjaulado en su carne, donde lo oía murmurar y sentía su debatirse por nacer; y en cada hora de debilidad, y en la confianza de su sueño, prevalecía sobre él y le desposeía de la vida. El odio de Hyde hacia Jekyll era de un orden distinto. Su terror al cadalso lo empujaba constantemente a cometer suicidios temporales y a regresar a su estado subordinado como una parte en vez de como una persona; pero odiaba esa necesidad, odiaba aquel abatimiento en el que había caído Jekyll y se resentía del desagrado con el que era considerado. De ahí los trucos simiescos que me gastaba, garabateando blasfemias de mi puño y letra en las páginas de mis libros, quemando las cartas y destruyendo el retrato de mi padre; y de hecho, de no ser por su miedo a la muerte, se hubiera lanzado a la ruina con tal de implicarme a mí en ella. Pero su amor a la vida es prodigioso; voy más lejos aún: yo, que me pongo enfermo y me siento helado con sólo pensar en él, cuando recuerdo la abyección y la pasión de su apego a la vida, y cuando sé cómo teme mi poder para cortársela con el suicidio, descubro en lo más hondo de mi corazón que siento piedad por él.

Es inútil prolongar esta descripción, y además se me acaba el tiempo; baste decir que nadie antes ha sufrido nunca tales torturas; y sin embargo, incluso a ésas, la costumbre ha traído, no, no un alivio, sino una cierta insensibilidad del alma, una cierta aquiescencia de la desesperación; y mi castigo puede que se hubiera prolongado quizá durante años de no ser por la última calamidad que ha caído ahora sobre mí y que finalmente me ha desgajado de mi propio rostro y naturaleza. Mi provisión de las sales, que nunca renové desde la fecha del primer experimento, empieza a agotarse. He enviado en busca de una nueva provisión, y he mezclado la pócima; ha seguido la ebullición y el primer cambio de color, pero no el segundo; la he bebido y no ha hecho ningún efecto. Sabrá usted por Poole cómo he registrado todo Londres; fue en vano; y ahora estoy persuadido de que mi primera provisión era impura, y que fue precisamente esa desconocida impureza la que dio eficacia a la pócima.
Ha transcurrido una semana y estoy terminando esta declaración bajo la influencia de los últimos polvos antiguos. Ésta es, pues, la última vez, a menos que ocurra un milagro, que Henry Jekyll puede pensar sus propios pensamientos o ver su propio rostro (¡ahora tristemente alterado!) en el espejo. No debo retrasar mucho el poner punto final a mi escrito, porque si mi relato ha escapado hasta ahora a la destrucción, ha sido por una combinación de gran prudencia y mucha suerte. Si el cambio se produce en el acto de escribirlo, Hyde lo hará pedazos; pero si transcurre un cierto tiempo después de terminarlo, su asombroso egoísmo y su obcecación del momento probablemente lo salve de nuevo de la acción de su simiesco despecho. Y por supuesto, el destino que se cierne sobre nosotros ya lo ha cambiado y aplastado. Dentro de media hora, cuando me reintegre de nuevo y para siempre a su odiada personalidad, sé cómo me sentaré estremecido y llorando en mi sillón, o seguiré paseando arriba y abajo por esta estancia (mi último refugio en la tierra), en un arrebato de tensión y espanto, prestando oído a cualquier sonido amenazador. ¿Morirá Hyde en el cadalso? ¿O hallará el valor de liberarse de su destino en el último momento? Sólo Dios lo sabe. A mí no me importa. Ésta es mi auténtica hora de la muerte, y lo que siga concierne a alguien distinto de mí. Así pues, mientras deposito la pluma y procedo a sellar mi confesión, pongo también fin a la vida de ese desdichado Henry Jekyll.              

Fragmentos de "Fahrenheit 451" - Ray Bradbury



"Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedo rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía."

"No somos nada. Algún día, la carga que llevamos con nosotros puede ayudar a alguien. Pero incluso cuando teníamos los libros en la mano, mucho tiempo atrás, no utilizamos lo que sacábamos de ellos. Proseguimos impertérritos insultando a los muertos. Proseguimos escupiendo sobre las tumbas de todos los pobres que habían muerto antes que nosotros. Durante la próxima semana, el próximo mes y el próximo año vamos a conocer a mucha gente solitaria. Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando.» Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos. Vamos, ahora. Ante todo, deberemos construir una fábrica de espejos, y durante el próximo año, sólo fabricaremos espejos y nos miraremos prolongadamente en ellos."

"La mayoría de nosotros no podemos andar corriendo por ahí, hablando con todo el mundo, ni conocer todas las ciudades del mundo, pues carecemos de tiempo, de dinero o de amigos. Lo que usted anda buscando, Montag, está en el mundo, pero el único medio para que una persona corriente vea el noventa y nueve por ciento de ello está en un libro. No pida garantías. Y no espere ser salvado por alguna cosa, persona, máquina o biblioteca. Realice su propia labor salvadora, y si se ahoga, muera, por lo menos, sabiendo que se dirigía hacia la playa."

"Se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. "

Son fragmentos de la novela del estadounidense Ray Bradbury "Fahrenheit 451", un ejemplo perfecto de la novela distopica, de un futuro no precisamente halagüeño. La trama gira en torno a un bombero llamado Montag que junto a su cuadrilla se encarga de quemar todos los libros por orden del Gobierno. Todo cambia cuando conoce a Clarisse que le hará dudar de todas sus creencias y sobre el orden establecido, llegando a conocer con el tiempo a los singulares "hombres libro" que memorizan palabra por palabra los libros que el afanosamente se dedicaba a quemar, a fin de que no se perdieran en el olvido.

El título, Fahrenheit 451, hace referencia a la temperatura a la que se quema el papel (233 grados Centigrados). El libro data de 953 y nace con el claro objetivo de criticar la censura de libros que provocó el "Macarthismo" en EEUU, así como recordar la quema de libros en 1933 en la Alemania Nazi y el lanzamiento de las bombas nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Curiosamente el libro se publicó por primera vez por entregas en la revista Playboy.

Truffaut nos regaló una hermosa adaptación al cine en 1966 que tomaba el mismo nombre de la novela y de la que vemos un fotograma acompañando al texto.


Esta entrada está tomada de la página del escritor José Manuel Pérez Padilla, que os recomendamos sin reservas que visitéis. Os dejo el enlace: http://www.facebook.com/PerezPadilla.Novelas?ref=ts&fref=ts