Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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viernes, 7 de junio de 2013

Amelia Valcárcel.- Descartes: poner el mundo en pie



Artículo de El País. 7 de junio 2013

Los proemios son declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de la ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje “va dirigido a formar personas autónomas, críticas con pensamiento propio”. No añade “que no sepan quién es Platón, Descartes ni Kant”, pongamos por caso. Eso que no dice, sin embargo es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien, pudiera bien ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser personas autónomas, etc, etc. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas de que nos proveyeron.

El pensamiento es la energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir además, es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el primero que sepamos que se paró a pensar qué hacia diferente a las habilidades de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios, muebles .. y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como que estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los arquitectos.

Volvamos a los que sabían ese “algo más”. Estaba claro que no era útil el “algo más”. La utilidad quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta en la Metafísica. “Las teorías se desarrollaron allí donde primero pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal”. El verbo que emplea para decir “vagar o no trabajar con las manos” es esjolaso, una palabra interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros “escuela”. Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría alguna.Es cosa sabida que el mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había Maestros afamados que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente un alguien que fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando, haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad cuando, madura, tuviera ocasión para ello.

Bien pensado, aquí seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de historia, de cristalografía o de prehistoria.. que no usaremos probablemente nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos entrenando, por así decir.

De entre esas cosas algunas son extrañas y la filosofía la más extraña. Porque es un saber del que muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña sobre todo, lo pensado, lo que ha sido pensado y su porqué. En un enorme flujo de ideas y argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Disputan.
A veces lo peculiar de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos, reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de nuestro sentido del humor a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás a Kant, de lo que entendemos por vivir bien a Epicuro. Eso nos sucede porque ese saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad. Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos una “humanidad pensada”, el resultado de la imaginación ética y política de quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de ese enorme monto reflexivo en que consistimos.

La historia de las ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no sólo forma parte del núcleo duro de las Humanidades, sino que es la raíz misma de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos, debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y morales nos han traído al momento presente.

Por esa persistente peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes. Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo. Eso lo tenemos que seguir sabiendo y trasmitiendo. Que Descartes no es lo que sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que, fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.

Y no puede llega a ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda “¿Quién?... ¿mande?”.

Amelia Valcárcel es catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED y miembro del Consejo de Estado.

Bienvenidos a la casa de muñecas.- Todd Solondz, 1995



"-¿Por qué me odias? .- Porque eres fea"

Dawn Wiener es una niña de 11 años, la mediana de tres hermanos, que realiza estudios primarios en Nueva Jersey. En ocasiones odiada, insultada y rara vez comprendida, Dawn intentará mostrar su cara más feliz ahora que empieza su pubertad. Sin embargo para Dawn, la vida es casi siempre siniestra, la de antes como niña y la de ahora como adolescente, hasta el punto que le resulta desagradable. Sin embargo parece disfrutar del dolor y la humillación contemplando en vano sus romances frustrados.

El director Todd Solondz  nos muestra una cara nada amable de la adolescencia. Frente a los tópicos sociales que existen sobre este grupo de edad,  construye un retrato descarnado sobre los miedos y esperanzas en los que se asienta la identidad del adolescente y, a su vez, reflexiona sobre la implacable máquina social que empequeñece y embrutece con sus estereotipos.

El título nos remite a la famosa novela de Ibsen. Salvando las distancias, ambas protagonistas padecen en su propia carne la frustración que generan los convencionalismos sociales. Su director ha mostrado siempre un marcado interés por la obra del escritor noruego

James Ivory












James Francis Ivory (Berkeley, California, Estados Unidos, 7 de junio de 1928) es un director de cine estadounidense.Educado en el seno de una familia burguesa, católica y liberal, estudió Arquitectura y Bellas Artes en la Universidad de Oregón.

No satisfecho con su formación y atraído por el cine, se trasladó a París con la intención de ingresar en la Escuela de Cinematografía. Pero entonces comenzó la guerra de Corea y regresó a California donde completaría sus estudios. Para realizar la práctica de fin de carrera escoge Venecia y allí comienza a rodar Venice: Theme and Variations.

Cuando finaliza el rodaje, viaja a la India, donde su trayectoria encontrará el camino definitivo. Allí rueda el corto The Sword and the Flute (1959), que Ismail Merchant tiene la oportunidad de ver. Merchant le convence para fundar una productora con la que realizar películas en inglés allí en la India y distribuirlas luego a otros países. La sociedad Merchant-Ivory será un éxito tal que bajo su título se producirán más de quince películas hasta la fecha. Una novela de Ruth Prawer Jhalbvala dará lugar a su primera película y sumará un miembro más a la asociación. Esta película, titulada The Householder, narra la llegada a la edad adulta de un hindú que contempla el mundo con ingenuidad.

La filmografía de Ivory está marcada por dos constantes: la India y la adaptación literaria. Sus cuatro primeros títulos: The Householder (1963), Shakespeare Wallah (1965) -que aúna en su historia varios cuentos de Tama Janowitz sobre los jóvenes que desde distintos puntos de los EE.UU. se dirigen a Nueva York con ansias de triunfo-, The Guru (1968), que se rodó con mayor presupuesto gracias a la coproducción de la 20th Century Fox, y Bombay Talkie (1970), no son grandes obras, pero sirven para ir afianzando el trío que más tarde se consolidará definitivamente.

Los dos títulos siguientes son: Salvajes (1972) y Fiesta salvaje (1975), que recoge el escándalo protagonizado por Fatty (Roscoe Arbuckle) cuando Hollywood cerraba su periodo mudo. En Roseland (1977) Ivory vuelve a trabajar con la guionista Ruth Jhalbvala tras el paréntesis de las dos películas anteriores. La componen tres episodios que se desarrollan en Nueva York y es una salvedad a su vuelta a los temas hindúes que dará lugar a títulos como Hullabaloo over Georgie and Bonnie´s pictures (1978) y Autobiografía de una princesa (1975), que es una producción televisiva.

A partir de entonces comienza su relación con las adaptaciones de novelas inglesas y americanas entre las que se encuentran dos obras de Henry James: Los europeos (1979) y Las bostonianas (1984); una novela autobiográfica de Jean Rhis, Quartet (1981) y Oriente y Occidente (1983), que había escrito su guionista habitual Ruth Prawer. En 1980 dirige Jane Austen en Manhattan, una adaptación de la novela Sir Charles Gradison, de Jane Austen. Esta película, junto con Esclavos de Nueva York (1988), protagonizada por Bernardette Peters, forman los dos únicos títulos que no son de época de los últimos quince años de su filmografía.


El reconocimiento conjunto de público y crítica, y por tanto su primer éxito, llega en 1985 con Una habitación con vistas, primera de sus tres adaptaciones de E. M. Forster, junto con Maurice (1987) y Regreso a Howards End (1992). Inmediatamente después de haber estrenado Una habitación con vistas en EE.UU., Ivory tuvo la oportunidad de entrar en contacto con la United Artists para rodar con ellos una película. Mientras Ruth Prawer escribía el guión de Esclavos en Nueva York, Ivory se puso en contacto con el guionista Kit Hesketh Harvey y comenzó a preparar Maurice. El riesgo era evidente después de la acogida de Una habitación con vistas, pero Ivory, apegado sin remedio a las adaptaciones literarias, acababa de encontrar en el escritor inglés el tipo de historias con las que se identificaba.

Desde el principio intentó que Maurice fuese el contrapunto a su anterior película, no sólo por los personajes, sino también por el ambiente -que en esta historia que ahora rodaba se volvía más lúgubre y gris- en consonancia con la clandestinidad que los personajes necesitaban para su aventura amorosa. Forster había escrito Maurice entre 1913 y 1914 y había volcado su enfrentamiento a la sociedad inglesa mediante la homosexualidad y la mezcla de clases, datos de tinte autobiográfico.

La novela no se publicó hasta 1971, después de la muerte de su autor, y Ivory quiso mantener una fidelidad al texto que se traduciría en la pantalla incluso en la utilización de la Patética de Tchaikovski, a la que se hacía referencia en la novela. Maurice descubrió al actor Hugh Grant, con el que Ivory contactó mediante un agente publicitario. A pesar de que esta película era más sombría que la anterior, el director no quiso que estuviera exenta de humor, tarea que recayó sobre Grant que por aquella época trabajaba como animador en clubes nocturnos.

En 1990, Paul Newman y su mujer, Joanne Woodward, protagonizan Esperando a Mr. Bridge, un guión escrito a partir de dos novelas paralelas en las que el autor Evan S. Connell narra la misma historia desde dos puntos de vista distintos. Lo que queda del día, al igual que Regreso a Howards End, está marcada por la presencia de una mansión. Basada en la novela de Kazuo Ishiguro, narra la vida de un mayordomo que tiene ocasión de trabajar bajo el mandato de dos señores diferentes -uno inglés y otro americano, con las diferencias que esto conlleva- y asistir al periodo entre las dos guerras mundiales de forma tan intensa que perderá la ocasión de disfrutar una vida propia.

En 1994 dirige Jefferson en París, una película absolutamente anecdótica en la que no trasciende ni siquiera el marco en que se desarrolla, que es el preludio a la Revolución Francesa. Nick Nolte da vida a Jefferson antes de convertirse en Presidente de los EE.UU. Greta Scacchi está a punto de ser su amante, pero se ve desbancada por una mulata adolescente a la que Jefferson seguiría unido una vez tomase la presidencia y Gwynneth Palthrow es la hija de Jefferson, a la que todo tipo de acontecimientos y sentimientos le confunden. Jefferson en París pasó por las carteleras sin pena ni gloria.

Todo lo contrario a su siguiente película, Sobrevivir a Picasso, que estuvo rodeada de polémica ya desde antes de comenzar el rodaje. Los herederos de Picasso nunca aprobaron el guión, que trataba al artista como un ególatra cruel y déspota. Anthony Hopkins interpreta a Picasso y, al margen de la psicología del personaje, consiguió un extraordinario parecido físico, incluidos los movimientos. En la película aparecen varios cuadros, pero ninguno de Picasso, porque la familia no lo permitió.

El cine de Ivory, aunque en su personal línea, va ganando cada vez a un público más amplio. Los premios, la delicadeza y el rigor con que trata el cine de época, su especialización y los excelentes actores con los que trabaja han acostumbrado a la audiencia a sus películas. Esto, sumado al reconocimiento de la crítica le han convertido en uno de los directores más consolidados del cine actual.

(Fuente:http://www.biografiasyvidas.com/biografia/i/ivory.htm)






The Bostonians (LAS BOSTONIANAS) es una película anglo-estadounidense de 1984, dirigida por James Ivory. Protagonizada por Christopher Reeve, Vanessa Redgrave y Madeleine Potter en los papeles principales. Basada en la novela homónima de Henry James.








MAURICE
es una película británica de 1987 basada en la novela homónima escrita por E. M. Forster. Producida por Ismail Merchant por medio de Merchant-Ivory Productions y Channel Four Films, el filme fue dirigido por James Ivory y su guion fue escrito por el mismo Ivory y Kit Hesketh-Harvey.





Howards End(1991), traducida en España como REGRESO A HOWARDS END y en América Latina como El final del verano es una película británica dirigida por James Ivory.

Reese Witherspoon y "La feria de las vanidades"

 
 

Ayer tuve la oportunidad de ver "La feria de las vanidades" (Vanity Fair -2004-Mira Nair) y ciertamente me gustó bastante, acercándose mucho al juego que presentan otras películas de época muy valoradas, sirvan "Sentido y sensibilidad" o "Las amistades peligrosas" como ejemplo. Y la sorpresa fue el papel de Reese Witherspoon (1976 - EEUU) a la que encontré encantadora dando vida a la interesante Becky Sharp del libro de William Thackeray. Esperemos que retome la senda de aquellas películas tan deliciosas en las que participaba hace unos años, tipo "En la cuerda floja"(2005), por la que se llevó un Oscar, "La importancia de llamarse Ernesto"(2002) o incluso "Agua para elefantes" (2011) ya más reciente pero de menos calado que las anteriores. En la imagen la podemos ver en compañía de James Purefoy en un fotograma de "La feria de las vanidades", una película que además cuenta con la presencia de Gabriel Byrne, Bob Hoskins, Angelica Mandy y Jonathan Rhys Meyers…. una buena elección si lográis haceros con ella, que ciertamente no es fácil.
  


Francisco Umbral: la rosa y el látigo

 
 
Su vida como escritor avanzó con un pie en el periodismo y otro en la narrativa, alcanzando una producción muy rica y extensa. Comenzó su carrera periodística promocionado por Miguel Delibes, que ya detectó su gran talento, y más tarde, en Madrid, publicó sus primeros libros gracias a su amistad con Camilo José Cela.

Su estilo preciso y muy elaborado que al mismo tiempo adapta expresiones del habla popular resultó innovador en la literatura española. Sin embargo, debido a la especial dificultad de transmitir los matices de su prosa, apenas ha sido traducido a otras lenguas y es prácticamente desconocido en el extranjero.   Muchos le recordarán por su célebre anécdota televisiva en la que clamaba aquello de “yo he venido a hablar de mi libro”. Recibió numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Cuentos (1964), el Premio Nadal (1975), el Príncipe de Asturias de las Letras (1996) y el Cervantes (2000)

Fragmento de “Mortal y Rosa”*
“Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.”
* su hijo falleció con tan sólo seis años, de leucemia.

Fragmento de “Las Ninfas”
“(…) en aquel momento me sentía como preso en las páginas de una novela densa y mala. Iba por calles llovidas hacia el café cantante y todavía el hecho de salir de noche era una aventura y las viejas casas eran masas oscuras que se dulcificaban con la luz de los hogares, de las ventanas, a veces sólo una rendija, y las últimas noticias de la radio, que llegaban de los interiores cálidos, o el llanto de un niño.”

Fragmento de “Los metales nocturnos”
“La actriz bella y profunda ha llegado a ese momento de la hermosura femenina en que la perfección se vuelve patética, con el patetismo que puede tener la nieve impoluta, el mar en calma, ese instante en que el universo parece detenerse en su belleza eterna conseguida, como si ya no pudiéramos respirar nunca más, como si fuéramos a morir asfixiados por lo conseguido.”

Esta entrada está tomada de la página del escritor José Manuel Pérez Padilla, que os recomendamos sin reservas que visitéis. Os dejo el enlace: http://www.facebook.com/PerezPadilla.Novelas?ref=ts&fref=ts

Absenta: El hada verde



La absenta o ajenjo, apodada "La Fée Verte", es decir "El Hada Verde" o también como "El Diablo Verde" y "La Diosa Verde", es una bebida alcohólica de ligero sabor anisado, con un fondo amargo de tintes complejos debido a la contribución de las hierbas que contiene, principalmente "Artemisia absinthium" o ajenjo, flores de hinojo y anís. A esta triple composición se le ha denominado jocosamente "la santa trinidad". La palabra absenta deriva del latín "absinthium" que a su vez proviene del griego "apsinthion" y que se puede traducir como "no-bebible".

Aunque sus orígenes son inciertos, la teoría más extendida es que fue descubierta alrededor del año 1792 por un doctor de origen francés llamado Pierre Ordinaire. Dicho doctor vivía en Couvet (Suiza) donde destilaba ajenjo y otras hierbas en una base de alcohol como remedio para sus pacientes y fueron precisamente las monjas del convento de Couvet, quienes dieron a conocer la bebida que vendían como elixir para la salud. La popularidad que obtuvo dicho remedio llegó a oídos del Mayor Dubied, que fue el primero en adquirir la receta procedente de las monjas y de esta forma en 1797, su hijo Marcellin y su hijo político Henry-Louis Pernod abrieron en el mismo Couvet la primera destilería de absenta llamada "Dubied Père et Fils". La fuerte demanda que se creó hicieron que en 1805 construyeran una segunda destilería en Pontarlier bajo un nuevo nombre: "Maison Pernod Fils". Esta fue la marca más popular durante la Belle Époque a finales del siglo XIX y principios del XX. Su nombre se convirtió en sinónimo de la bebida y la marca representó el estándar de calidad de facto por el cual se juzgaba a todas las demás, hasta que se prohibió su producción en 1915 debido a que ingerir una cierta cantidad sin ningún tipo de precauciones podía generar alucinaciones. Con el tiempo algunos países han comenzado a levantar las prohibiciones, fijando unos límites máximos al contenido de "tujonas", sustancia que afecta el sistema nervioso y que es la causante de dichas alucinaciones.

La popularidad de la absenta fue creciendo intensamente hasta la década de 1840 cuando se ofrecía a las tropas francesas como un medicamento antipirético. Cuando los soldados retornaban del frente compraban esta bebida en los bares y bistrós. Durante la década de 1860 la absenta se había vuelto tan popular que muchos cafés y cabarets indicaban que a las 5 p.m. se producía "l'heure verte" ("la hora verde") y comenzaba el "ritual mágico" en las distintas mesas del local. Este consistía en echar en una copa especialmente diseñada para el caso, una medida de absenta y colocar encima una cucharilla con calados artísticos (también diseñada para ello) donde se ponía un terrón de azúcar y se vertía 2 partes de agua fría por encima, de manea que el azúcar se iba deshaciendo y mezclándose todo junto en el fondo de la copa transformándose así, en una esencia lechosa que llamaban "louche" .

La bebida se convirtió por aquel entonces en la imagen principal del movimiento bohemio parisino. De hecho, los artistas de finales del siglo XIX y principios del XX, tales como Wilde, Baudelaire, Manet, Picasso, Degas, Hemingway, Álvares de Azevedo, Strindberg, Pessoa, Verlaine, Rimbaud entre otros, consumían absenta, ya que supuestamente inducía a la inspiración artística gracias al "Hada Verde", la cual era capaz de salir de la bebida y liberar la mente del artista, de manera que éste accediera así a la inspiración que le llevaría a culminar su obra y según parece, fue Picasso quien elevó la absenta a tema magistral en varias de sus obras. Incluso se cuenta que fueron los efectos de la absenta los que llevaron al mismísimo Van Gogh a cortarse su famosa oreja y regalársela a una mujer que previamente le había dicho que le parecían muy bonitas. También hay una cita de Oscar Wilde que reza:

-¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?

En la década de 1880 el precio se disparó considerablemente debido a la fuerte demanda y no obstante, se consideró la bebida nacional de Francia a comienzos del siglo XX. Como dato curioso podemos decir que en 1910, los franceses consumieron 36 millones de litros de absenta.

Para la absenta, que al principio se vendía en farmacias como bebida medicinal, en la actualidad no hay ninguna regulación particular con respecto a ella en la mayoría de los países (al igual que, por ejemplo, el whisky escocés o el coñac). Por lo tanto, los productores de bebidas alcohólicas pueden etiquetar un producto como absenta sin que el consumidor sepa si la bebida está o no elaborada de la forma tradicional.


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