Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

viernes, 29 de marzo de 2013

Charles Chaplin y sus fans



Pocos actores han obtenido tanto cariño y fama como Charles Chaplin gracias a su personaje "Charlot". Este fama no siempre era oportuna y más de una vez le supuso graves trastornos. Cuenta David Niven que en cierta ocasión que se encontraba haciendo un crucero por el Mediterraneo en compañía de Douglas Fairbanks y Chaplin, tuvieron una cena a base de mejillones que no le sentó nada bien a este último. La cosa fue cada vez a peor y cuando se encontraban por el pequeño pueblecito pesquero de Grasse (Francia) Chaplin estaba desesperado por encontrar un retrete donde aliviar su malestar. Parte del problema era que ninguno de ellos sabía francés y para colmo los lugareños reconocieron a los famosísimos actores, haciendo un corro alrededor de ellos, mientras coreaban sus nombres. El momento no era evidentemente el más indicado para ponerse a firmar autógrafos ni para dedicar sonrisas o muecas charlotescas por mucho que a los admiradores no pararan de corear su nombre ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!

 A falta de francés y como buen actor de cine mudo, Charlot empezó a intentar explicarse con gestos, llevándose la mano al estomago y haciendo como si tirara de la cadena…. Pero de nada sirvió, el público empezó a reir y a aplaudirle pensando que les estaba dedicando una pantomima a lo Charlot, en atención a todos ellos. Entre los gritos de ¡bravo!, Chaplin desesperaba y Fairbanks acudió a su rescate y chapurreando dijo algo asi como "Le retrete pour Charlot", y parece que un quesero se apiadó de él y le ofreció el que tenía detrás de su tienda. Según se cuenta, unos minutos después de que entrara Charlot, los admiradores desesperaron y se abalanzaron sobre la casetilla de débil madera, que se derrumbó por completo ante el empuje del gentío que quería ver y tocar a su héroe, aunque fuera en momento tan delicado. Solo le quedó una solución, la que tantas veces ponía en práctica en sus películas, poner pies en polvorosa y huir de la marabunta. Parece que los vecinos del pueblo se pelearon por conseguir algún resto del retrete en el que estuvo Charlot "pensando", y algunas de sus bisagras se llegaron a vender por hasta 53 francos de entonces…. Como decía Don Quijote: Cosas veredes Sancho, que non crederes. 

Vangelis



 "Cuando estoy en un escenario interpreto cosas nuevas.No programo o preparo nada.Es como una página en blanco;llego al escenario y comienzo a tocar sin saber lo que va a pasar.A veces funciona y otras,puede que no..." 
VANGELIS






Evángelos Odiseas Papathanassiou, más conocido como Vangelis (nacido en Volos, el 29 de marzo de 1943) es un famoso tecladista y compositor griego de música electrónica y rock sinfónico.

Cuando contaba seis años interpretó en público sus propias composiciones. Desde muy joven cultivó la exploración sonora y las nuevas tecnologías vinculadas, de modo que se forjo en el mundillo musical griego una buena reputación como teclista electrónico, situándose en la vanguardia musical de la época, se convirtió a principios de los años 60 con su grupo Formynx en uno de los primeros músicos griegos en hacer Rock.

En 1968 viaja a París y junto a Demis Roussos y Loukas Sideras forman "Aphrodite's Child" y publicaron "Rain and Tears" (1968), "Aphrodite's Child" (1969), "It's Five O'clock" (1969), "Best of Aphrodite's Child" (1969) y "666" (1970). El trío se disolvió. Vangelis graba "Poème Symphonique", "Fair Que Ton Reve Plus Longue Que La Nuit" (1971) y el álbum "Earth" (1973), primera composición en solitario. Conoce a Frédéric Rossif (director de cine francés), para el que realizó varios temas, como "Cantique des Créatures", junto a una serie de films sobre la naturaleza: "Apocalypse Des Animaux" (1972) cuya segunda canción del álbum: "La Petite Fille De La Mer", graba "La Fête Sauvage" (1976), "Opera Sauvage" (1979) y "Sauvage et Beau" (1988).

Se traslada a Londres en 1974, donde funda su propio estudio de música y graba "Heaven and Hell" (1975), "Albedo 0.39" (1976), "Spiral" (1977), "Beaubourg" (1978), "China" (1979) y "See You Later" (1980). Colabora junto a Socrates en "Phos" (1976) y Demis Roussos en "Magic" (1977). Compone junto al cantante Jon Anderson con el que publica varios LPs como "Olias of Sunhillow" (1976), "Short Stories" (1979), "The friends of Mr. Cairo" (1981), "Private Collection" (1983) y "The best of John and Vangelis" (1984).

Recibe un Oscar por la banda sonora de "Chariots of Fire" (1981). Para el cine escribió además: "Bladerunner" (1982), "Missing" (1982), "Antarctica" (1983) y "Mutiny on the Bounty" (1984). Otros trabajos son: "Soil Festivities" (1984), "Invisible connections" (1985) (obra sinfónica), "Mask" (1985) (obra sinfónico-coral) y "Direct"(1988). En 1990 publica "The City" y a continuación la banda sonora de "1492 Conquest of Paradise" (1992). En 1995 lanza "Voices" y "Portraits". Su siguiente trabajo es "Oceanic" (1996), después "Gift" (1996). En 1999 aparece un recopilatorio "Reprise 1990-1999", con algunos de sus temas de la década.

Formó dúo con la cantante y actriz Irene Papas y editaron los álbumes Odes y Rapsodies en 1979, dedicados a recuperar las sonoridades del folclore tradicional helénico. En 2005 sale la banda sonora de Alejandro Magno (Alexander), de Oliver Stone, trabajo ambicioso en el que su sonido se mezcla con el de una orquesta sinfónica completa. En 2007 realiza la banda sonora de El Greco, coproducción hispano-griega sobre la vida y obra del pintor que le da título.

Colabora con Montserrat Caballé, Melina Mercouri, Claudio Baglioni, Richard Anthony y con el actor Sean Connery (que en el single Ithaca recita el poema homónimo de Cavafis).


Discografía

1970 - Sex Powe
1971 - Hypothesis
1971 - The Dragon
1972 - Fais Que Ton Rêve Soit Plus Long Que La Nuit
1973 - L'Apocalypse Des Animaux
1973 - Earth
1975 - Entends-tu Les Chiens Aboyer?
1975 - Heaven and Hell
1976 - La Fête Sauvage
1976 - Albedo 0.39
1977 - Spiral
1978 - Beaubourg
1978 - The Best of Vangelis
1979 - China
1979 - Opera Sauvage
1980 - See You Later
1981 - Chariots of Fire
1983 - Antarctica
1984 - Soil Festivities
1985 - Mask
1985 - Invisible Connections
1988 - Direct
1989 - Themes
1990 - The City
1992 - 1492 - Conquest Of Paradise
1994 - Blade Runner
1995 - Voices
1995 - A Tribute To El Greko
1996 - Portraits
1996 - Oceanic
1998 - El Greco
1999 - Reprise 1990-1999
2001 - Mythodea
2003 - Odyssey - The Definitive Collection
2004 - Alexande
2007 - Blade Runner Trilogy
2007 - El Greco
2008 - Swiadectwo
2012 - Chariots Of Fire
2012 - The Collection

Aphrodite's Child

1968 - End Of The World-Rain And Tears
1969 - It's Five O'Clock
1970 - Best Of Aphrodite's Child
1972 - 666 - The Apocalypse Of John, 13/18


(Fuentes:http://www.buscabiografias.com/bios/biografia/verDetalle/6945/Vangelis y Wikipedia )







Los años ochenta comienzan exitosamente para Vangelis, consiguiendo la estatuilla de la Academia de Hollywood con su banda sonora para Carros de fuego






APHRODITE'S CHILD
fue un grupo musical de rock progresivo formado en Francia en 1968 por Vangelis Papathanassiou (teclados); Demis Roussos (bajo y voces), y Loukas Sideras (percusión y voces), sumándose posteriormente a dicho grupo Anargyros «Silver» Koulouris (guitarra), antiguo colaborador de ellos en su país de origen (Grecia). Papathanassiou y Roussos habían tenido éxito previamente en su país (en las bandas The Formynx, el primero; y The Idols y We five, el segundo), cuando decidieron juntarse con Sideras y Koulouris en 1967 para formar una nueva banda, referida a veces como The Papathanassiou Set. Su primera grabación como grupo fue en el disco de George Romanos In Concert and in Studio, en el que tocaron cuatro canciones bajo el nombre de Vangelis and His Orchestra. En el mismo año grabaron una maqueta con dos canciones («Plastics Nevermore» y «The Other People») que fue enviada a la discográfica Philips. Impresionada con la maqueta, la casa discográfica les propuso probar suerte en Inglaterra.

Charles Baudelaire.- Edgar Allan Poe




Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar buen acomodo ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, no más en una república que en una monarquía absoluta o templada. ¿Quién ha sabido, pues, replicarle perentoriamente? Yo aporto hoy una nueva leyenda en apoyo de su tesis y añado un nuevo santo al martirologio; debo escribir la historia de uno de esos ilustres desventurados, demasiado rica en poesía y pasión, que ha venido, después de tantos otros, a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre las almas inferiores.
¡Lamentable tragedia la vida de Edgar Allan Poe! ¡Su muerte, horrible desenlace, cuyo horror aumenta con su trivialidad! De todos los documentos que he leído he sacado la convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de esa atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión de las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia, ni flexibilidad alguna en la aplicación de sus leyes a los casos múltiples y complejos de la vida moral. Diríase que del amor impío a la libertad ha nacido una nueva tiranía: la tiranía de las bestias, o zoocracia, que por su insensibilidad feroz se asemeja al ídolo de Juggernaut. Un biógrafo nos dirá seriamente —bienintencionado es el buen hombre— que Poe, de haber querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de una manera más apropiada al suelo americano, hubiese podido llegar a ser un autor de dinero (a money making author). Otro —éste un cínico ingenuo—, que, por bello que sea el genio de Poe, más le hubiera valido tener sólo talento, ya que el talento se cotiza más fácilmente que el genio. Otro, que ha dirigido diarios y revistas, un amigo del poeta, confiesa que resultaba difícil utilizarle, y que se veía uno obligado a pagarle menos que a otros, porque escribía con un estilo demasiado por encima del vulgo. «¡Qué tufo a trastienda!», como decía Joseph de Maistre.
Algunos se han atrevido a más, y uniendo la falta de inteligencia más abrumadora de su genio a la ferocidad de la hipocresía burguesa, le han insultado a porfía, y después de su repentina desaparición, han vapuleado ásperamente ese cadáver; en especial, el señor Rufus Griswold, que, para aprovechar aquí la frase vengativa del señor George Graham, ha cometido así una infamia inmortal. Poe, experimentando quizá el siniestro presentimiento de un final repentino, había designado a los señores Griswold y Willis para ordenar sus obras, escribir su vida y restaurar su memoria. Ese pedagogo— vampiro ha difamado ampliamente a su amigo en un enorme artículo mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza la edición póstuma de sus obras. ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios? En cuanto al señor Willis, ha demostrado, por el contrario, que la benevolencia y el decoro van siempre de consuno con el verdadero talento, y que la caridad con nuestros semejantes, que es un deber moral, es también uno de los mandamientos del gusto.
Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar desde Baltimore a Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde Filadelfia a Boston, desde Boston a Baltimore, desde Baltimore a Richmond. Y si, con el corazón conmovido por esos preludios de una historia desconsoladora, dais a entender que tal vez no sea solamente culpable el individuo, y que debe de ser difícil pensar y escribir cómodamente en un país donde hay millones de soberanos —un país sin capital, hablando con propiedad, y sin aristocracia—, entonces veréis sus ojos desorbitarse y despedir rayos, la baba del patriotismo doliente subir a sus labios, y América, por su boca, lanzar injurias a Europa, su vieja madre, y a la filosofía de los antiguos días.
Repito que, por mi parte, he adquirido la convicción de que Edgar A. Poe y su patria no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, envidioso, naturalmente, del viejo continente. Orgulloso de su desarrollo material, anormal y casi monstruoso, ese recién llegado a la Historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desdichados entre nosotros, de que acabará por tragarse al Diablo. ¡Tienen allá un valor tan grande el tiempo y el dinero! La actividad material, exagerada hasta adquirir las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco sitio para las cosas no terrenas. Poe, que era de buena casta —y que, por lo demás, declaraba que la gran desgracia de su país era no poseer una aristocracia racial, dado, decía él, que en un pueblo sin aristocracia el culto de lo Bello sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer; que acusaba en sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que denominaba los perfeccionamientos de la mansión humana cicatrices y abominaciones rectangulares—, Poe era allá un cerebro singularmente solitario. No creía más que en lo inmutable, en lo eterno, en el self-same, y gozaba —¡cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma!— de ese grande y recto sentido a lo Maquiavelo que marcha ante el sabio como una columna luminosa a través del desierto de la Historia. ¿Qué hubiera pensado, qué hubiera escrito el infortunado, si hubiese oído a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amor al género humano, al filósofo de la cifra proponer un sistema de seguros, una suscripción de cinco céntimos por cabeza ¡para la supresión de la guerra y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas!, y a tantos y tantos otros enfermos que escriben, «con la oreja inclinada hacia el viento», fantasías giratorias, tan flatulentas como el elemento que se las dicta? Si añadís a esta visión impecable de la verdad, auténtica dolencia en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de sentidos a la que atormentaría una nota falsa, una finura de gusto a la que todo, excepto la exacta proporción, sublevara, un amor insaciable a lo Bello, que había adquirido la potencia de pasión morbosa, no os extrañará que para un hombre semejante la vida llegara a ser un infierno y que haya acabado mal; os admirará que haya él podido durar tanto tiempo.

(...) La vida de Poe, sus costumbres, sus modales, su ser físico, todo lo que constituye el conjunto de su personalidad, se nos aparece como algo tenebroso y brillante a la vez. Su persona era singular, seductora, y, como sus obras, estaba marcada por un indefinible sello de melancolía. Por lo demás, él se hallaba notablemente dotado en todos los sentidos. De joven había demostrado una rara aptitud para todos los ejercicios físicos, y aun siendo pequeño de estatura, con pies y manos femeniles, mostrando todo su ser ese carácter de delicadeza femenina, era más que robusto y capaz de maravillosas pruebas de fuerza. En su juventud ganó una apuesta como nadador que supera la medida ordinaria de lo posible. Diríase que la Naturaleza da a aquellos de quienes quiere conseguir grandes cosas un temperamento enérgico, así como da una poderosa vitalidad a los árboles encargados de simbolizar el duelo y el dolor. Esos hombres, de apariencia a veces enfermiza, están forjados como atletas, son aptos para la orgía y para el trabajo, prontos a los excesos y capaces de asombrosas sobriedades.
Hay algunos puntos relativos a Edgar A. Poe sobre los cuales existe un acuerdo unánime, como, por ejemplo, su elevada distinción natural, su elocuencia y su belleza, de la que, según dicen, se sentía un tanto vanidoso.
Sus maneras, mezcla singular de altivez y de dulzura exquisita, estaban llenas de firmeza. Su fisonomía, sus andares, sus gestos, sus movimientos de cabeza, todo le señalaba, máxime en sus días buenos, como un ser elegido. Toda su persona respiraba una solemnidad penetrante. Estaba, en realidad, marcado por la Naturaleza, como esas figuras de viandantes que atraen la mirada del observador y preocupan su memoria.

(...)El ardor mismo con que se arroja a lo grotesco por amor a lo grotesco, a lo horrible por amor a lo horrible, me sirve para comprobar la sinceridad de su obra y la unión del hombre con el poeta. He observado ya que en varios hombres ese ardor era con frecuencia el resultado de una amplia energía vital inocupada, a veces de una obstinada castidad y también de una profunda sensibilidad contenida. La voluptuosidad sobrenatural que el hombre puede experimentar viendo correr su propia sangre; los movimientos repentinos, violentos, inútiles; los fuertes gritos lanzados al aire, sin que el espíritu mande a la garganta, son fenómenos a situar en el mismo orden.

Imagen: Fotografía realizada por  Nadar

Arthur Schopenhauer.- El arte




Las cosas no tienen atractivo sino en tanto que no nos atañen. La vida nunca es bella. Solo son bellos los cuadros de la vida cuando los alumbra y refleja el espejo de la poesía; sobre todo en la juventud, cuando no sabemos aún qué es vivir. (...)

No hay hombre ni acción que no tenga su importancia. En todos y a través de todo se desenvuelve más o menos la idea de la humanidad. No hay circunstancia en la vida humana que sea indigna de reproducirse por medio de la pintura. Por eso es una in, justicia para con los admirables pintores de la escuela holandesa limitarse a elogiar su habilidad técnica. En lo demás se les mira desde la altura con desdén, porque casi siempre representan hechos de la vida común, y solo se concede importancia a los asuntos históricos o religiosos. Ante todo convendría recordar que el interés de un acto no tiene ninguna relación con su importancia externa, y que a veces hay gran diferencia entre las dos cosas.
La importancia -exterior de un acto se mide por sus consecuencias para el mundo real y en el mundo real. Su importancia interior está en el profundo horizonte que nos abre acerca de la esencia misma de la humanidad, poniendo en plena luz ciemos aspectos de esta naturaleza inadvertidos a menudo, escogiendo ciertas circunstancias favorables en que se expresan y desarrollan sus particularidades. La importancia interna es la única que vale para el arte, y la importancia externa para la historia.
Una y otra son independientes en absoluto, y lo mismo pueden hallarse juntas que separadas. Un acto capital en la historia, considerado en si mismo, puede ser vulgarísimo, insignificante en grado sumo; y recíprocamente, una escena de la vida diaria, una es, cena doméstica, puede tener un gran interés, interés ideal, si pone en plena y brillante luz seres humanos, actos y deseos humanos hasta en los más ocultos repliegues.
Sean las que fueren la importancia del fin perseguido y las consecuencias del acto, el rasgo de la naturaleza puede permanecer siendo el mismo: así, por ejemplo, nada importa que ministros inclinados encima de un mapa se disputen territorios y pueblos, o que labriegos riñan en una taberna por una partida de naipes o una suerte de datos; lo mismo que es indiferente jugar al ajedrez con peones de oro o con piezas de madera.
La música no expresa nunca el fenómeno, sino únicamente la esencia íntima, el en sí de todo fenómeno, en una palabra: la voluntad misma. Por eso no expresa tal alegría especial o definida, tales o cuales tristezas, tal dolor, tal espanto, tal arrebato, tal placer, tal sosiego de espíritu, sino la misma alegría, la tristeza, el dolor, el espanto, los arrebatos, el placer, el sosiego del alma. No expresa que la esencia abstracta y general, fuera de todo motivo y de toda circunstancia. Y sin embargo, sabemos comprenderla perfectamente en esta quinta esencia abstracta.
La invención de la melodía el descubrimiento de todos los más hondos secretos de la voluntad y de la sensibilidad humana, esto es obra del genio. La acción del genio es allí más visible que en cualquiera otra parte, más irreflexiva, más libre de intención consciente: es una verdadera inspiración. La idea, es decir, el conocimiento preconcebido de las cosas abstractas y positivas, es aquí absolutamente estéril, como en todas las artes. El compositor revela la esencia más intima del mundo y expresa la sabiduría más profunda en una lengua que su razón no comprende, lo mismo que una sonámbula da luminosas respuestas acerca de las cosas de que no tiene conocimiento ninguno cuando está despierta.
Lo que hay de íntimo e inexplicable en toda música, lo que nos da la visión rápida y pasajera de un paraíso a la vez familiar e inaccesible, que comprendemos y no obstarte no podríamos explicar, es que presta voz a las profundas y sordas agitaciones de nuestro ser, fuera de toda realidad, y por consiguiente sin sufrimiento.
Así como hay en nosotros dos disposiciones esenciales del sentimiento, la alegría o a lo menos el contentamiento, y la aflicción o por lo menos la melancolía, así también la música tiene dos tonalidades generales correspondientes, mayor y menor, el sostenido y el bemol, y casi siempre está en la una o en la otra. Pero, en verdad, ¿ no es extraordinario que haya un signo para expresar el dolor, sin ser doloroso físicamente ni siquiera por convención, y sin embargo, tan expresivo que nadie puede equivocarse, el bemol? Por esto puede medirse hasta que profundidad penetra la música en la naturaleza íntima del hombre y de las cosas.
En los pueblos del Norte, cuya vida está sujeta a duras condiciones, sobre todo en los rusos, domina el bemol hasta en la música de iglesia.
El allegro en bemol es muy frecuente en la música francesa y muy característico. Es como si alguien se pusiera a bailar con unos zapatos que le hacen daño.
Las frases cortas y claras de la música de baile, de aires rápidos, solo parecen hablar de una felicidad vulgar, fácil de conseguir. Por el contrario, el allegro maestoso, con sus grandes frases, sus anchas avenidas, sus largos rodeos expresa un esfuerzo grande y noble hacia un fin lejano, que se concluye por alcanzar. El adagio nos habla de los sufrimientos de un grande y noble esfuerzo, que menosprecia todo regocijo mezquino. Pero 'lo más sorprendente es el efecto del bemol y del sostenido. ¿No es asombroso que el cambio de un semitono, la introducción de una tercera menor, en lugar de una tercera mayor, de en seguida una sensación inevitable de pena y de inquietud, de la cual nos libra inmediatamente el sostenido? El adagio en bemol se eleva hasta la expresión del más profundo dolor, se convierte en una queja desgarradora. La música de baile en bemol expresa el engaño de una dicha vulgar, que hubiera debido desdeñarse. Parece describirnos la persecución de algún fin inferior, obtenido al cabo a través de muchos esfuerzos y fastidios.
Una sinfonía de Beethoven nos descubre un orden maravilloso, bajo un desorden aparente. Es como un combate encarnizado, que un instante después se resuelve en un hermoso acorde. Es el rerub concordia, discors una imagen fiel y cabal de la esencia de este mundo, que rueda a través del espacio sin premura y sin descanso, en un tumulto de formas sin número que se desvanecen sin cesar. Pero al mismo tiempo, a través de la sinfonía, hablan todas las pasiones y todas las emociones humanas, alegrías, tristeza, amor, odio, espanto, esperanza con matices infinitos, y sin embargo, enteramente abstractos, sin nada que los distinga unos de otros con claridad. Es una forma sin materia, como un mundo de espíritus aéreos
Después de haber meditado largo tiempo acerca de la esencia de la música, os recomiendo el goce de este arte como el más exquisito .de todos. No hay ninguno que obre más directamente ,y hondamente la verdadera naturaleza del mundo. Escuchar grandes y hermosas armonías, es como un baño del alma: purifica de toda mancha, de todo lo malo y mezquino, eleva al hombre y lo pone de acuerdo con los más nobles pensamientos de que es capaz, y entonces comprende con claridad todo lo que vale, o, más bien, todo lo que pudiera valer.
Cuando oigo música, mi imaginación juega a menudo con la idea de que la vida de todos los hombres, y la mía propia, no son más que sueños de un espíritu eterno, buenos o malos sueños, de que cada muerte es un despertar.

Capítulo de  Schopenhauer, Arthur. El amor, las mujeres y la muerte. Biblioteca Librodot.