Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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domingo, 10 de febrero de 2013

Edgar Allan Poe.- Berenice



La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

FIN


Traducción de Julio Cortázar
Imagen: Harry Clarke

Edgar Allan Poe.- SILENCIO





“Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara”.

William Blake.- Reflexión




Todas las biblias y códigos sagrados han sido la causa de los errores siguientes: (I) que en el hombre coexisten dos principios distintos: el cuerpo y el alma; (2) que la energía, llamada mal, viene únicamente del cuerpo y que la razón, llamada bien, viene únicamente del alma; (3) que Dios atormentará eternamente al hombre por seguir sus energías. Pero las siguientes proposiciones contrarias son verdaderas: (I) el cuerpo no es distinto del alma; (2) la energía es vida y procede del cuerpo; la razón envuelve a la energía como una circunferencia; (3) energía es delicia eterna

WILLIAM BLAKE, The Voice of the Devil, The marriage of Heaven and Hell, recogido por Octavio Paz en Los hijos del limo, Obras completas I, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 1999, págs. 462 y 463


Imagen: William Blake.- Creación de Eva

EL ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948).- Fragmentos del guion



"Todo tiene remedio... menos la muerte"

"-No tengo ninguna, pero conseguiré una en dos dias, hasta entonces puedo hacerlo andando
-No. O vas con bicicleta o no hay trabajo"

"- ¿Pero cómo es posible chiquillo?, es tan fácil comprenderlo. ¿De qué sirve la azada si el terreno es ingrato? Trabajas y no recoges ¿comprendes?
-No"


"- ¿Y la bicicleta? ¿se ha roto?
- Si, se ha roto "

"Bonito ejemplo, das a tu hijo. Te debería dar verguenza. ¡Granuja! "


"- Esa mujer no te quiere bien, ¡la debes olvidar!...¡Eres feo!"

"-Niño metomentodo...ya me ha salido al suegro"

"Vives y sufres"





Contra La Pared (2004) de Fatih Akin




Cahit Tomruk (Birol Unel) es un inmigrante turco alcohólico que en Alemania ha sido internado en un psiquiátrico después de intentar suicidarse. Sibel (Sibel Kekilli), también de ascendencia turca, anhela escapar de los límites impuestos por su conservadora familia y finge un sucidio.
Cuando ambos se conocen Sibel, con la intención de liberarse de su familia, le pide a Cahit que se case con ella, dando inicio a una relación que poco a poco va creciendo en emociones.


 Dada una próxima controversia en Alemania por llevar pañuelo en la cabeza y la petición de
los musulmanes más ortodoxos para que sus hijas no reciban educación sexual ni clases de natación, la historia refleja un tema tan actual como explosivo. Para poder retratar de forma convincente y sin estereotipos el choque  cultural entre Alemania y Turquía, el director Fatih Akin intentó ver el tema
desde tres puntos de vista, el alemán, el turco-alemán y el turco. “Intenté crear un buen número de perspectivas desde estos tres puntos de vista”, nos dice Akin. Era muy importante a la hora
de describir a los padres arraigados en la tradición. “Es obvio que estos personajes son muy respetuosos con las tradiciones”, dice el productor Stefan Schubert. “Si no fuera así, la historia no tendría sentido”.


Se adivinan ecos del cine de R.W. Fassbinder en este delirante melodrama sobre un amor loco e improbable, malogrado por la fatalidad. Dos suicidas se casan por conveniencia y acaban enamorándose contracorriente. El recuerdo de una mujer muerta, una cultura que criminaliza la promiscuidad, la vida que todo lo envenena.
Como ocurría con el cine de Fassbinder, el mayor hallazgo de este film es su honestidad. Faith Akin, partiendo de un material que confiesa autobiográfico, mueve la cámara con las vísceras, sin considerar siquiera si lo que cuenta, una historia pasional más allá del bien y del mal, del crimen y la autodestrucción, puede parecer grotesca. Se agradece ese ejercicio de sinceridad, desnuda como el filo de un cuchillo, incluso cuando la película parece navegar sin rumbo, virando de la comicidad al dramatismo, en un irremisible descenso a los infiernos.


Roberta Flack


                              "Hay jazz en mis venas." ROBERTA FLACK
                                              (n. 10 de febrero de 1939)






Su nombre ha conocido momentos de gran popularidad, pero que con frecuencia ha sido pasado por alto entre los grandes personajes que han dado brillo a la música negra. Roberta Flack ha vivido la alegría del éxito y la amargura del anonimato; ha triunfado pero no ha sabido capitalizar los momentos felices. Hoy su nombre aparece fuera del radio de las grandes protagonistas de una etapa emocionante. Sin embargo, entre sus discos de oro y sus grandes éxitos Roberta Flack ha conquistado un lugar que los más atentos conocedores del soul le reconocen. Roberta Flack nació en Ashvllle, Carolina del Norte, el 2 de febrero de 1937. Su familia pertenecía a la clase media negra, en la que la música y las pasiones religiosas constituían un lazo de unión entre sus miembros. En 1942 la familia Flack se trasladó a Virginia y la pequeña Roberta empezó a tocar el piano y a cantar. Su predisposición a la música era excepcional y en 1950, con sólo trece años, interpretó una sonata de Scarlatti en un concurso para jóvenes talentos. En 1952 frecuentó la Universidad de Howard, que había revalorizado a músicos del calibre de Donald Byrd, Benny Golson y Marion Brown: allí se diplomó especializándose en educación musical. En 1956, Roberta Flack empezó a enseñar música en Farmville, Carolina del Norte, pero la actividad de profesora no iba con su carácter y en seguida se trasladó a Washington, donde encontró trabajo como pianista en locales famosos y se hizo notar en una representación amateur de 'Aida', de Verdi. Roberta Flack se casó con el músico Steve Noussel, y fue descubierta por el pianista Les McCann, que la presentó al productor Joel Dorn, el cual estaba cubriendo para Atlantic el sector del jazz. Durante un tiempo Roberta Flack se recluyó en los estudios de grabación: el resultado fue el álbum 'First take' (1969), que contiene sonidos gospel, folk, exóticos, jazz y soul. El mundo musical acogió con un inmenso placer al nuevo talento. En 1971 Roberta Flack interpretó el tema principal de la película 'Play misty for me', de Clint Eastwood, que en mayo de 1972 conquistó la cumbre de las listas de éxitos de Biliboard y ganó dos merecidos premios Grammy. Pasional, elegante, sofisticada a pesar de tratar con frecuencia temas sociales, cercana al mundo de Odetta, Pete Seeger y Joan Baez, Roberta Flack ha encarnado a la perfección el papel de la "dama del soul" que no cerraba los ojos ante las grandes transformaciones sociales. En su repertorio siempre ha incluido canciones de estilos diferentes: de Dylan a Gilbert Becaud, prefiriendo siempre la sinceridad de la composición. Su mejor período se sitúa precisamente en los primeros años setenta: grabó dúos con Donny Hathaway, versioneó canciones famosas, realizó muchas giras y en 1973 grabó su mayor éxito, ese 'Killing me softly with his song' (que, según parece, está dedicado al cantautor Don McLean) traducido en todo el mundo. En lo sucesivo no ha tenido manera de repetir tales resultados a pesar de mantener un altísimo grado de atención por parte del publico y de la crítica. El suicidio de su partner Donny Hathaway la sumio en un gran desaliento en 1979. Hasta 1982 no pudo rehacer su carrera, grabando un álbum refinado como 'I'm the one', con la ayuda de músicos de la categoría de Steve Gadd, Lee Ritenour y Ralph McDonald. Otro disco muy logrado es 'Oasis', de 1988, un álbum "moderno", con arreglos electrónicos.
(Fuente:http://www.historiasderock.es.tl/Roberta-Flack.htm )




"KILLING ME SOFTLY WITH THIS SONG"  es una canción compuesta en el año 1971 por Charles Fox y Norman Gimbel. Se inspira en el poema de Lory Lieberman, "Killing Me Softly with His Blues", quien lo escribió después de ver interpretar la canción "Empty Chairs" al entonces desconocido Don McLean (quien luego se haría famoso con su éxito "American Pie").

La primera versión de este tema fue la que hizo la propia Lieberman, en el mismo año en que fue compuesta. Sin embargo, dos años después, Roberta Flack interpretaría una nueva versión que la convertiría en un gran éxito, gracias a la cual ganaría tres Grammy.

Otros muchos artistas han versionado el tema, entre los que se encuentran Shirley Bassey, Lauryn Hill con los Fugees, Frank Sinatra, Alicia Keys, Carly Simon o Toni Braxton.

Este tema ha sido también versionado en español por varios artistas. En España, Tino Casal hizo una versión española de la canción, titulada "Tal como soy", y Pitingo hizo una versión en español que conserva el estribillo en inglés llamada "Killing Me Softly With This Song" con la que consiguió un gran éxito. En México fue el Grupo Pandora el que la versionó con su "Mátame muy suavemente", y en Argentina y Cuba, fueron Sergio Denis y Juan Antonio Ferreyra (JAF) y Omara Portuondo quienes lo hicieron con "Matándome suavemente".



Roy Scheider




«Los hombres de cine de Europa, que hacen habitualmente fantásticas pequeñas historias, desean hacer superproducciones a la americana, y en Estados Unidos ocurre lo contrario».

              
              ROY SCHEIDER (10 de noviembre de 1932 — 10 de febrero de 2008)





Hijo de padre alemán protestante y madre irlandesa católica, Scheider fue un atleta infantil, participando en competiciones organizadas de béisbol y boxeo. Realizó sus estudios en el Columbia High School, y posteriormente estudió Arte Dramático en la Universidad de Rutgers y en el Franklin and Marshall College. Después de servir tres años en la Fuerza Aérea de Estados Unidos, participó en el New York Shakespeare Festival, ganando un Premio OBIE (Off-Broadway Theater Award).

Su primer papel cinematográfico fue en 1963, en la película de terror Curse of the Living Corpse, seguido de papeles secundarios en series de televisión hasta 1968, cuando obtuvo un papel en el film musical Star!. Luego de participar en otras películas, en 1971 trabajó en dos populares filmes, Klute del director Alan J. Pakula y The French Connection del director William Friedkin -en este último logró una nominación al Oscar al mejor actor de reparto-, los cuales lo consagraron como actor cinematográfico.

Tras el éxito de French connection, volvió a trabajar con Philip D´Antoni en la cinta de acción Los implacables, patrulla especial (The 7ups), en la que Scheider pasó de ser un actor secundario a ser el protagonista principal. En 1975 protagonizó el clásico de Steven Spielberg Tiburón (Jaws), en el que encarnaba a Martin Brody, jefe de policía de la imaginaria localidad costera de Amity. Esta película se convirtió en la más taquillera de todos los tiempos hasta esa fecha; su frase "Necesitará otro barco más grande" (You're gonna need a bigger boat) fue elegida la 35ª mejor en la historia del cine por el American Film Institute . Tras interpretar al hermano de Dustin Hoffman en el thriller político Marathon Man y trabajar de nuevo con William Friedkin en la cinta de acción Carga maldita (Sorcerer), en 1978 repitió el papel de Martin Brody en Tiburón 2 (Jaws 2), para liberarse de su contrato con Universal Studios.

En 1979, rompió con el estereotipo de "tipo duro" que había adquirido, interpretando el papel del director de teatro musical Joe Gideon en la película autobiográfica de Bob Fosse, All That Jazz, por la que fue nominado al Oscar al mejor actor. Sus películas más recientes fueron The Good War, también conocida como Texas '46, producción ítalo-americana en la que Scheider interpretaba al coronel John Gartner, jefe de un campo de prisioneros en Texas, y The Punisher (2004) donde interpretaba al malhumorado padre del héroe Frank Castle.

Otras películas que también caben destacar en la filmografía de Scheider son El eslabón del Niágara (Jonathan Demme, 1979), Bajo sospecha (Robert Benton, 1982), Blue Thunder (John Badham, 1983), 2010: The Year We Made Contact (Peter Hyams, 1984), 52 vive o muere (John Frankenheimer, 1986), La casa Rusia (Fred Schepisi, 1990), Romeo is Bleeding (Peter Medak, 1993) y The Good War (Georgio Serafini, 2001). Scheider hizo el papel de Presidente de los Estados Unidos en los telefilmes Peacekeeper: chantaje nuclear (1997), Traición de patriotas (1997) y Al servicio del presidente (2000). También protagonizó la serie de televisión producida por Steven Spielberg seaQuest DSV.

A Scheider le ofrecieron los papeles protagonistas de The Deer Hunter y La profecía, papeles que finalmente recayeron en Robert De Niro y Gregory Peck. También fue uno de los candidatos para interpretar el papel del escritor Paul Sheldon en Misery, de Rob Reiner, película basada en la novela de Stephen King, papel que acabó interpretando James Caan.

Roy Scheider falleció el 10 de febrero de 2008 en el Instituto de Investigación de la Universidad de Arkansas, en Little Rock, Estados Unidos. Aunque la causa de la muerte no se hizo pública de inmediato, el actor había recibido tratamiento para combatir mieloma múltiple durante los dos últimos años de su vida y su mujer, Brenda Siemer atribuyó el fallecimiento a una complicación causada por una infección por estafilococos.(Fuente: Wikipedia)


 






ALL THAT JAZZ, también conocida en castellano como "Empieza el espectáculo" y "El Show debe continuar", es una película musical estadounidense de 1979, dirigida por Bob Fosse e interpretada por Roy Scheider, Leland Palmer, Ann Reinking, Erzsebet Foldi, Ben Vereen, Cliff Gorman y Jessica Lange en los papeles principales. El guion, escrito por Robert Alan Aurthur y Bob Fosse, es de carácter semiautobiográfico, basado en la vida y carrera profesional como bailarín, coreógrafo y director de Bob Fosse.

Ganadora del premio Oscar a la mejor dirección artística, al mejor diseño de vestuario, al mejor montaje y a la mejor banda sonora; nominada a cinco premios más. Ganadora del Premio BAFTA a la mejor fotografía y al mejor montaje. Ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes.

La película está inspirada en el intenso período de trabajo de Bob Fosse cuando editaba su película Lenny y simultáneamente preparaba el musical Chicago, para Broadway en 1975.

Tarantino, sus personajes y los actores.




"Hay actores que quieren que se les diga todo. Otros no quieren que se les diga nada. Soy yo quien ha creado los personajes, se más sobre ellos de lo que los actores podrán saber jamás. Ellos pueden convertirse en los personajes, pero el experto soy yo. Son "mis" personajes, no "sus" personajes. Los autorizo a interpretarlos exactamente igual a cómo lo hace un actor de teatro. Stanley Kowalski no pertenece a Marlon Brando. Vito Corleone, en cambio si le pertenece"

Quentin Tarantino (En "Dirigido por" mes de febrero)

 Cita obligada después de ver su "Django desencadenado", una película plagada de personajes intensos y sensacionales.