Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

miércoles, 23 de enero de 2013

Jeanne Moreau


“La edad no protege del amor,pero el amor protege de la edad.”. JEANNE MOREAU
 
 
 


Actriz y directora de cine francesa. Jeanne Moreau nació en París el 23 de enero de 1928. Pasó la infancia y parte de la adolescencia en Vichy, donde su padre, procedente de Auvèrgne, regentaba un restaurante. De él heredó «una misteriosa fascinación por las palabras» que cimentó su cultura; de su madre, una británica que dejó el baile en espectáculos de revistas
al contraer matrimonio, su segunda lengua y la atracción por los escenarios.

Los días felices de sus primeros años, junto a su abuela paterna, «su única confidente», y las visitas a su abuelo materno, un profesor de navegación que le enseñó «las mareas, los ciclos de la luna y las estrellas», quedaron sepultados a partir de 1936 con la irrupción de la guerra, la ocupación nazi, la ruina familiar, la detención de su madre con la estrella amarilla con la que el
Tercer Reich diferenciaba a los ciudadanos judíos, y luego «el dolor por los camaradas ausentes que ya nunca volvieron a clase,la impotencia, el miedo y la indignación».

En marzo de 1944, a los dieciséis años, la visión de Antígona, de Jean Anouilh, en el Théâtre de l’Atelier, le descubrió su vocación: «Ese día supe que quería estar ahí, bajo los proyectores, ser la rebelde que se enfrenta a los dioses y habla por aquellos que no se atreven». Unos meses después, la alegría de la liberación quedó eclipsada por la emocionada asistencia a un ensayo de Fedra, de Racine, que interpretaba Marie Bell en la Comédie Française.

Entonces comenzó a estudiar arte dramático a escondidas, y tres años más tarde, una escena de la Ifigenia del mismo autor le franqueó la admisión en el Conservatorio. En enero de 1948, el día en que cumplía veinte años, firmó su primer contrato de «pensionista» en la Comédie ante su profesor de interpretación y decano de la institución, Denis d’Inès, y durante los tres años
siguientes integró el elenco estable del Théâtre National Populaire.

Era el principio de una carrera cuyos inmediatos triunfos en el escenario la proyectaron al cine. Durante casi una década abordó toda clase de personajes secundarios junto a los grandes actores del momento, como Fernand Joseph Contandin, Fernandel, o Jean Gabin, hasta que llegó el éxito con sus primeros trabajos como protagonista.
Ya transcurridos los años más duros de la posguerra, el cine europeo vivía una época de total experimentación. En Francia, un grupo de jóvenes realizadores, en su mayoría ex críticos de la revista Cahiers du Cinéma, comenzaba a dar forma, con sus primeros filmes, al movimiento conocido como nouvelle vague; en otra vertiente, el cine de dicho país, que con el sueco era ya
el más permisivo del mundo en cuestiones morales, con las obras de directores como Roger Vadim se liberó aún más en esos aspectos mediante un tratamiento más explícito de la sensualidad, el sexo y el erotismo. Italia se alejaba del neorrealismo puro y duro e inauguraba el llamado «cine de la incomunicación» de la mano de Antonioni, y Gran Bretaña se revelaba contra toda regla con el free cinema.

Moreau irrumpió en el momento justo, cuando el fulgor de las estrellas que hasta entonces habían reinado en la cinematografía francesa languidecía a pasos agigantados. Nombres como los de Martine Carol, Françoise Arnoul o Nicole Berger quedaron en poco tiempo en el olvido ante las nuevas divas. Y entre éstas, frente a un icono sexual como Brigitte Bardot o una belleza elegante como Catherine Deneuve, Moreau encarnaba, con su apariencia de mujer con experiencia, su voz grave y su indudable inteligencia, a la heroína auténticamente moderna, erótica y cerebral.

Y casi todos los creadores de esta renovación vieron en ella a la intérprete ideal de sus obras. Fue la esposa infiel de Los amantes (1958), cuyo entusiástico orgasmo escandalizó a la Iglesia y provocó la prohibición del filme en algunos países; la libertina creada por Chordelos de Laclos en la primera versión de Relaciones peligrosas (1959), de Roger Vadim; la contradictoria mujer de Marcello Mastroianni en La noche (1960), de Antonioni; la libérrima muchacha que ama a la vez a los dos protagonistas de Jules et Jim (1961), de François Truffaut. Y su largo recorrido no hacía más que comenzar.Durante los años que siguieron, amplió su registro al actuar indistintamente en francés y en inglés, y pasó de Jacques Demy a Tony Richardson y de Peter Brook a Bertrand Blier con la naturalidad y el savoir faire que la han mantenido siempre en el prestigio. Este cosmopolitismo es otra de las características que distinguen su filmografía desde el principio de su carrera. De hecho, rodó la opera prima de Louis Malle que le daría fama, Ascensor para el cadalso (1957), tras coprotagonizar con Micheline Presle Las lobas (1957), del argentino Luis Saslavsky. Y luego pasó a trabajar en Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Brasil, Alemania, Canadá, Bélgica, Suiza y Grecia.

Cuando rondaba los cincuenta años, alternó los clásicos con los nuevos cineastas y participó en experiencias vanguardistas,como los filmes dirigidos por su amiga Marguerite Duras, Nathalie Granger (1973) e India song (1975) -con los años, tras la muerte de la escritora, puso voz a su personaje en Cet amour là (1997), de Josee Dayan-, y ella misma experimentó la realización con los largometrajes Lumière (1976), con guión propio, y La adolescente (1979), y un documental sobre la actriz Lillian Gish. Ya con signos quizá un tanto prematuros de madurez, accedió a interpretar un personaje comprometido en el filme que iba a cerrar la filmografía de Rainer Werner Fassbinder: Querelle (1982).

Después de este último trabajo abrió un largo paréntesis en su actividad, único período pasivo en su intensa trayectoria. Mucho tiempo después llegó a saberse que padecía un cáncer y que durante ese lapso había luchado contra el mal. Este hecho la llevó a dirigir en teatro la versión francesa de Ingenio, de la dramaturga estadounidense Margaret Edson, que estrenó en Lisboa
en 1999 y que expone una experiencia parecida a la suya y la forma de enfrentarse a la enfermedad.

Lo cierto es que jamás ha trascendido apenas nada de su vida personal. Moreau se casó en dos ocasiones: en 1949 con el comediante, guionista y director Jean-Louis Richard, padre de su único hijo y del que se divorció a fines de la década siguiente,y en 1976 con el director estadounidense William Friedkin, del que también se separó dos años después. Tras su segundo
divorcio ha vivido la mayor parte del tiempo sola: «Un poco de soledad es tal vez el único precio que hay que pagar para mantener la independencia», afirma.

Ya de vuelta de muchas batallas sigue más activa que nunca. Y es todo un personaje. Reconviene a quien la llama Madame Moreau («no estoy casada con mi padre») y detesta que la consideren una leyenda viviente: «Me siento sobre todo viviente, aún llena de curiosidad y nada interesada en mi fama póstuma».

Entre fines del siglo XX y los albores del nuevo milenio se sucedieron los honores y homenajes a Jeanne Moreau, una estrella cuyo brillo singular traspuso los límites de las pantallas para erigirse en personaje emblemático de una época, de unos directores, de una manera de hacer y entender el cine. Así lo entendieron la Mostra de Venecia en 1992, el Festival de Cine de
San Sebastián en 1997 y el de Berlín en 2000 -que le otorgaron sendos premios al conjunto de su carrera y a su aportación al cine- y la Academia de Hollywood, que la distinguió con un Oscar honorífico en 1998. Éstos y otros festivales que concitan la atención mundial de los profesionales del oficio y del público cinéfilo, ofrecieron retrospectivas de una de las filmografías más fecundas e interesantes que haya podido hilvanar una actriz. Confluyen en ella muchos de los realizadores que marcaron un punto de inflexión en la historia del cine, y casi todos los estilos y géneros que lo conforman hasta engrosar una lista de casi un
centenar de títulos.

En enero de 2001, Jeanne Moureau se convirtió en la primera mujer en ser elegida miembro de pleno derecho de la Academia de Bellas Artes de Francia. La actriz francesa, que había encarnado durante décadas la feminidad intelectual y que poseía una trayectoria profesional de más de cincuenta años en el teatro y el cine, accedía así a una institución que, en sus doscientos
años de historia, se había caracterizado por ser esencialmente masculina. En su ingreso en la Academia hizo suya una frase de Iván Serguéievich Turguéniev, cuya obra había interpretado en la Comédie: «Se siembra durante años..., años que se van como inviernos. Llegas a creer que no existe la primavera... y de pronto, de golpe, ¡ahí está el sol!».

En plena madurez, con la edad que tiene y aparenta, continúa en plena actividad. Da recitales por los escenarios del mundo,rueda películas para la televisión, escribe guiones, dirige cine y teatro, y preside la fundación Equinoxe, que forma nuevos talentos europeos en el mundo del guión. «El tiempo es un profesor cruel, pero magnífico», aseveró la actriz en su discurso de
investidura como miembro de pleno derecho de la Academia de Bellas Artes de Francia, «y sus lecciones a menudo queman,pero si se presta atención se puede aprender de ellas cosas enormemente enriquecedoras».
(Fuente: www.biografiasyvidas.com/biografia/m/moreau_jeanne.htm )



LES AMANTS (1958),dirigida por Louis Malle y protagonizada por Jeanne Moreau, Alain Cuny, Jean-Marc Bory, Judith Magre, Gaston Modot, José Luis de Vilallonga.
Una mujer burguesa está casada con un hombre respetable y además, tiene un amante español que
es jugador de polo. Sin embargo, su vida le parece tediosa. De repente, un día, volviendo desde París a su casa de campo, se le estropea el coche, pero consigue llegar a su casa gracias a la ayuda de una joven. Este breve encuentro la hará recapacitar y plantearse la posibilidad de comenzar una nueva vida. (FILMAFFINITY)



Beethoven y el romántico origen de la sonata "Claro de luna"




La sonata de Beethoven conocida como “Claro de Luna” fue escrita hacia finales de la vida de su compositor, luego de que su genio hubiera alcanzado la  más alta cima de la composición músical, resultando una de las obras señeras de la literatura pianística clásica y una de las preferidas por los amantes de la música.

Hay una vieja historia relacionada con la composición de esta sonata, y si bien ha sido desacreditada por muchos, ya es parte de la tradición de la obra, tanto que después de leerla la obra parece otra.

Se cuenta que una noche, Beethoven y un amigo estaban caminando por las calles de Bonn, y al pasar por uno de sus barrios más pobres, se sorprendieron al oír música, una melodía surgía, bien interpretada de una de las humildes casas de la zona. Beethoven, atrevido como de costumbre, cruzó la calle, abrió la puerta de un empujón, e ingresó a la casa sin anunciarse. La habitación era precaria, y estaba iluminada por una débil vela. Un hombre joven se encontraba trabajando sobre un banco de zapatero en un rincón, mientras una joven mujer, aún casi una niña, estaba sentada a un viejo piano cuadrado.

Ambos se sobresaltaron por la intromisión, pero su sorpresa no fue mayor que la de Beethoven y su amigo al enterarse que la joven era ciega. Beethoven, un tanto confundido, se apresuró a disculparse, y explicó que había quedado tan impresionado con la calidad de ejecución de la joven que había sentido el impulso irresistible de averiguar quién estaba tocando en ese mismo momento, esa noche y en ese barrio de la ciudad. Luego, preguntó amablemente a la muchacha dónde había aprendido a tocar, a lo cual ella respondió que una vez habían vivido al lado de una mujer que estudiaba música, y que esta pasaba gran parte de su tiempo practicando las obras del gran Maestro Beethoven, así había aprendido a tocar muchas de las piezas de Beethoven tan sólo oyendo practicar a su vecina.

El hermano de la joven los interrumpió en ese momento para saber quiénes eran los intrusos, y que seguramente habían notado la pobre interpretación de su hermana. ¡Escucha! Dijo Beethoven, mientras caminaba hacia el piano, luego se sentó y tocó los acordes iniciales de una de sus sonatas. Lágrimas cayeron de los ojos de la muchacha al momento en que ella reconoció la música, y luego con una voz trémula, le preguntó a él si era posible que fuera el gran Maestro en persona. “Si” respondió Beethoven; “tocaré para ti”. Al poco tiempo, mientras tocaba una de sus composiciones más viejas, la vela parpadeó y se apagó. La interrupción pareció romper el tren de su memoria y en ese momento, Beethoven se levantó, fue hacia la ventana, y la abrió, inundando la habitación con la luz de la luna. Luego de meditar unos momentos, se volvió y dijo: “Improvisaré una sonata a la luz de la luna”. Y en ese mismo momento nació la maravillosa composición que conocemos tan bien.

Sin embargo, para introducir un frío y desilusionante aspecto a este relato tan poético, debemos saber que debido el método de escritura de Beethoven y a su hábito de retocar, revisar y pulir una y otra vez sus manuscritos, es probable que la improvisación de aquella noche fuera mucho más aburrida que el trabajo final. El primer movimiento de la sonata “Claro de Luna” es lento, majestuoso y sombrío, como un hermoso y ordenado jardín que reposa ilusionado en la oscuridad de la noche. Luego aparece silenciosamente escabulléndose bajo la sombra del acompañamiento, una triste e infinitamente amorosa melodía, que impregna todo el movimiento, hasta que el completo significado de su apabullante y mística belleza es revelado; incluso mientras la luna naciente gradualmente baña nuestro oscuro jardín en un esplendor plateado.

Luego de una pausa sin respiros, comienza el segundo movimiento, y nuestro jardín se llena de repente con espíritus danzantes, etéreos y delicados, como sabemos que deben ser los espíritus, pero moviéndose con un abandono de ritmo que los lleva lejos en un remolino de placer. Un corte repentino, otro silencio de suspenso, y comienza el tercer movimiento: como una ráfaga de viento que azota los árboles y envía a los espíritus a refugiarse a toda prisa, las notas caen apresuradamente, arremolinándose, como suele hacerlo el viento, mmientras las nubes corren deprisa por el cielo, pero incluso ahora y entonces por entre los claros, se ve la luna cabalgando majestuosamente, inundando el tortuoso jardín con dulces y serenas melodías de luz.

Y aunque resulta claro que el origen que aquí se nos cuenta de esta maravillosa sonata, la número 14 de las del genial músico de Bonn, es más propio de las leyendas que de la realidad, también lo es que a mí me ha convencido y será el que esté presente en mi mente cuando escuche esta música, lo que no es óbice para recordar que esta Sonata en do sostenido menor, opus 27.2, tiene el nombre de "Quasi una fantasía" y fue compuesta en 1801, estando dedicada a su alumna Giulietta Guicciardi, de 17 años, de quien se dice estaba enamorado. Su nombre popular de "Claro de luna" no se debe a Beethoven y es un apodo que se haría popular tras la muerte de este, surgiendo a raíz de una comparación que el poeta y crítico musical alemán Ludwig Rellstab realizó entre el primer movimiento de la pieza y el claro de luna que era visible en el Lago de Lucerna.

La sonata consta de tres movimientos:
 1. Adagio sostenuto
 2. Allegretto
 3. Presto agitato

Los videos que os dejamos con la sonata completa cuentan con la interpretación de la sensacional pianista Valentina Lisitsa y el cuadro con el que ilustramos este post tiene por título "Autómata anti-Claro de Luna" obra de Sigfrido Martín Begué.

El texto inicial sobre el que se basa esta entrada ha sido tomado de la siguiente página, no figurando su autor:
 http://bach2411111.blogcindario.com/2007/09/01751-sonata-claro-de-luna-articulo-la-leyenda-de-la-sonata-claro-de-luna.html
 
Movimientos 1 y 2 de la Sonata Claro de luna - Valentina Lisitsa
 
 
Movimiento 3 de la Sonata Claro de luna - Valentina Lisitsa

Goethe, Beethoven y la realeza


Goethe y Beethoven coincidieron en 1812 en el Balneario de Teplice (Teplitz), hoy en territorio de la Republica Checa. Beethoven solía frecuentar los balnearios para calmar sus dolencias físicas y Teplitz era famoso por su spa, con aguas termales muy apreciadas por sus supuestas propiedades curativas. Por la misma razón era también un lugar frecuentado por la nobleza y la alta sociedad austriaca, incluida la familia imperial y su corte.

El caso es que una vez se encontraron Goethe y Beethoven se decidieron a dar un paseo en coche de caballo. La calle estaba totalmente abarrotada de gente, que al reconocer a estos dos grandes genios los saludaban efusivamente. 

- Es molesto ser tan conocido y célebre -dijo Goethe al músico- ahora me saluda todo el mundo
- No les haga caso - contestó Beethoven-; tal vez me saludan a mí

Está anécdota hay quien la refiere como ocurrida en el Balneario de Karlsbad en 1807, aunque la más famosa ocurrida entre los dos genios sí que es unánimemente ubicada en Teplitz e incluso es conocida como "El incidente de Teplitz":
 
Al parecer Goethe y Beethoven salieron a dar un paseo por un parque cuando sorpresivamente se encontraron con la familia imperial austríaca. Goethe se apartó bruscamente de su acompañante al que dejo con la palabra en la boca, y se cuadró casi como un militar para saludarlos. Beethoven por el contrario, se encasquetó el sombrero todo lo que pudo, se ajusto el abrigo y cruzo sus manos a la espalda y siguió andando en línea recta por la avenida. Los príncipes no tuvieron otro remedio que apartarse para dejar paso al músico, el archiduque Rodolfo se quitó el sombrero, la emperatriz incluso esbozo una sonrisa y luego continuaron su paseo. Cuando Beethoven volvió la vista atrás, vio como Goethe se inclinaba ante la familia imperial y balanceaba su sombrero ante ellos. 
Cuando se volvieron a reunir segundos después Goethe y Beethoven, este ultimo recriminó así al autor de Fausto:

- ¿Por qué has dejado el camino a estos hombres? Ellos no son nada. Morirán consigo mismos. Nosotros viviremos siempre. Los nombres de Goehte y Beethoven los repetirán muchas generaciones venideras

Sin duda Beethoven era un hombre de carácter, sabedor de su propia valía, así no es extraño que tras este encuentro Goethe escribiera a Christiane von Goethe las siguientes palabras para resumir la impresión que le había producido el músico:

"Nunca he visto un artista más concentrado, lleno de energías e intenso. Puedo comprender muy bien que su relación con el mundo sea extraña".

 

Como representación musical de este genio que es Beethoven, he intentado apartarme de los territorios excesivamente trillados y abajo os propongo el intenso tercer momento de su sonata "Claro de luna" - opus 27-, un movimiento mucho menos lírico aunque mucho más cargado de energía que el primero de la misma sonata, muy conocido por todos. Al piano Valentina Lisitsa:

 

Django Reinhardt



"El jazz me atrajo porque en él encontré la perfección formal y la precisión instrumental que admiro en la música clásica, pero que la música popular no tiene."


 DJANGO REINHARDT 
(23 de enero de 1910 - 16 de mayo de 1953)

    

Jean-Baptiste "Django" Reinhardt (1910-1943) nació en Bélgica en el seno de una familia gitana y fue el primer músico de jazz europeo de aceptación universal, y también el más grande hasta ahora. Analfabeto, autodidacta, incapaz de escribir una sola nota o de leer una partitura, era también un hombre con poca disciplina para el estudio, jugador empedernido y juerguista a mas no poder. Django Reinhardt, no obstante fue un músico extraordinario, lleno de inventiva y creatividad y supo adaptar la música que venía de América a sus habilidades con la guitarra, a pesar de que en una de ellas, le faltaban dos dedos, percance este ocurrido cuando durmiendo se declaró un pequeño incendio que lo tuvo hospitalizado mas de un año y que facilitó su acercamiento al jazz. Uno de sus hermanos le llevó al hospital una guitarra y desde entonces cambió el banjo por ésta que ya no dejó hasta el final de sus días, teniendo que inventar una nueva técnica de digitación acorde a sus facultades físicas mermadas. Django Reinhardt, Fue una referencia indiscutible e indispensable no solo para su generación sino para todos los guitarristas de jazz posteriores.

     Discutido siempre, y discutida su música, lo que es indudable, es que la guitarra de este "gitano de los dedos de oro" como se le conocía, tenia un swing irresistible y sus acordes eran de una lógica asombrosa y de una inventiva extraordinaria. Su música siempre terminaba en si misma y de una manera casi mágica, siempre coincidían el principio y el final de la exposición con las partes equivalentes de la audición creando así una especie de complicidad con quien la escuchaba.      Django Reinhardt, además de un gran músico, tuvo la virtud - poco común en la historia del jazz- de liderar con destreza un grupo de músicos que dieron muchos días de gloria a esta música. En 1934, en compañía de su hermano, Joseph, fundó con ocasión de un concierto en Paris, el grupo que se encargaría de difundir el jazz por centroeuropa en los años previos a la II Guerra Mundial: el "Quintette Du Hot Club de France", un combo formado por dos guitarras rítmicas, además de la solista, contrabajo y violín solista. El violinista era, Stéphane Grappelli, (1908-1997) un parisino que rápidamente se convirtió en la otra estrella del pequeño grupo basado en la excelente afinidad y compenetración con Django. En 1936, apenas dos años después de la formación del quinteto, el grupo estaba perfectamente consolidado y en 1937 realizó sus primeras giras internacionales. En muchas de ellas participaron grandes instrumentistas americanos que se encargaron de dar lustre y categoría al quinteto francés: Benny Carter, al saxo alto o Coleman Hawkins al saxo tenor, fueron los solistas mas destacados que tocaron junto al gran Django Reinhardt.

     La II Guerra Mundial les sorprendió en Londres donde se quedó Grappelli, volviéndose el resto del grupo a Francia. Mientras el resto de sus hermanos de raza sufrió la persecución y los campos de concentración, Django Reinhardt, tuvo la suerte de ser el protegido de uno de los funcionarios de la administración nazi aficionado a su música. Paradójicamente, Django Reinhardt y su música fue, durante la ocupación nazi de Paris, uno de los símbolos culturales de la Resistencia.

     La fama de Django - que el en un exceso de fanfarronería alardeaba y engrandecía - llegó a oídos del mismísimo, Duke Ellington, y hasta los Estados Unidos viajó el guitarrista belga convencido de que su fama era mayor de lo que en realidad era. Django Reinhardt, dejó tras de sí una amplísima estela de seguidores incondicionales que lo consideran sin ninguna duda, el padre de todos los guitarristas de jazz europeos. Desde Jaco Pastorius o John Mclaughlin, en el jazz moderno a Jimmy Raney o Wes Montgomery, en el tradicional, todos coinciden en que este gitano belga dio un vuelco espectacular a la música en Europa.

     Django Reinhardt, falleció el 16 d mayo de 1953 en la localidad francesa de Fontainebleau cuando apenas tenía 43 años. Pero a Django lo mantienen vivo sus cerca de 300 grabaciones y una legión de seguidores de su estilo, tanto gitanos: Bireli Lagrene, Elios Ferré, o Christian Escoudé, como “payos “, entre los que se encuentran, René Thomas, Philip Catherine, Larry Coryell, o Jim Hall. Recientemente Woody Allen le ha dedicado una de sus últimas películas,”Acordes y Desacuerdos” (1999). Su hueco en la guitarra de jazz europea todavía está sin ocupar.
 (Fuente: http://www.apoloybaco.com/djangoreinhardtbiografia.htm)




DJANGO REINHARDT - Gypsy jazz (Early life)


George Cukor



"Usted no puede tener ningún éxito a menos que pueda aceptar el fracaso."
GEORGE CUKOR (7 de julio de 1899 - 23 de enero de 1983)



(Nueva York, 1899 - Los Ángeles, 1983) Director de cine estadounidense. Casi desde el principio de su carrera fue calificado como "director de mujeres", fama que se consolidó con el paso de los años por las interpretaciones notables que fue capaz de conseguir de estrellas como Greta Garbo, Katharine Hepburn y Joan Crawford.

Estudió derecho en la De Witt Clinton High School de Nueva York, carrera que abandonó por el teatro. Su habilidad como director de actores y su dominio de la técnica comenzaron a formarse en Broadway, donde trabajó como director antes de dedicarse al cine. Esta afición teatral la heredó de su madre, que solía disfrazarse para entretener a sus amistades, imitando a actrices famosas.

El concepto del disfraz, incluso el de transformismo, será recogido y homenajeado por el director en varios de sus títulos, como Historias de Filadelfia (1940), La costilla de Adán (1949) o Luz que agoniza (1944). El extendido rumor sobre su condición homosexual encontró su anclaje en muchos de estos detalles, pero Hollywood suavizó la supuesta "falta" calificándolo de gran “director de actrices”. Cierto es que consiguió que ocho de sus actrices fueran nominadas al Oscar, pero no es menos cierto que Cukor consiguió dejar ese calificativo en una mera anécdota gracias a su saber hacer.

Cukor comenzó su trayectoria cinematográfica con Grumpy (1930), un melodrama protagonizado por Cyril Maude y basado en una obra de teatro. Durante la década de los treinta comenzó a mostrar interés por todo tipo de historias, desde el drama protagonizado por Tallulah Bankhead, Honor mancillado (1931) o Hollywood al desnudo (1932), cuyo guión fue nominado al Oscar, hasta la comedia romántica en Cena a las ocho (1933), protagonizada por Marie Dressler.

En 1935 dirigió uno de sus mayores éxitos de crítica y público dentro de la década, David Copperfield, basada en la novela de Charles Dickens y protagonizada por Freddie Bartholomew. La película fue nominada al Oscar, así como el montaje. Fue la gran baza para ese año de la Metro Goldwyn Mayer, y la inversión dio sus frutos; pero quienes mayor beneficio obtuvieron de la película fueron sin duda sus actores, ya que David Copperfield se mostró como un vehículo inestimable para nombres como Basil Rathbone, Edna May Oliver o el mismo Lionel Barrymore, que tuvo un pequeño papel.

George Cukor descubrió a Cary Grant como el actor mejor dotado para la comedia romántica a partir de La gran aventura de Silvia (1936), basada en la novela de Compton MacKenzie. Él mismo le dirigiría en dos títulos más, Vivir para gozar (1938) e Historias de Filadelfia (1940), pero también lanzó otras carreras, como la de Jack Lemmon, Anthony Perkins, Katharine Hepburn o Spencer Tracy.

A partir de 1936 llegó una etapa más romántica en la carrera de Cukor. Títulos como Romeo y Julieta (1936), con Leslie Howard y Norma Shearer en los papeles principales; La dama de las camelias (1937), con Greta Garbo nominada al Oscar a la mejor actriz; y Vivir para gozar (1938), explotando de nuevo el filón Grant-Hepburn, mostraron distintas caras del romance, que Cukor dominaba con maestría. También coqueteó con el cine de aventuras, en películas como El prisionero de Zenda (1937) o Las aventuras de Huckleberry Finn (1938), aunque no figuró en los créditos.

Tras ser unos de los directores que pasaron por el decorado de Lo que el viento se llevó (1939), Cukor inició una serie de títulos que estaban claramente dedicados al mundo femenino: Mujeres (1939), con un reparto de lujo, con unos ciento treinta personajes, todos ellos femeninos; Susan And God (1940) y Un rostro de mujer (1941), ambas protagonizadas por Joan Crawford; o La mujer de las dos caras (1941), en donde repitió con Garbo, atestiguan su conocimiento del universo femenino.

En 1944 Cukor abordó el suspense, adaptando la obra de teatro de Patrick Hamilton Luz que agoniza, protagonizada por Charles Boyer e Ingrid Bergman, y en donde Angela Lansbury hizo su debut; con este filme se acercó al melodrama gótico, compartiendo tema e interés con otros títulos de la década. Producida en el seno de la Metro Glodwyn Mayer, obtuvo ocho nominaciones a los Oscar, alcanzando el premio a la mejor actriz y mejor decoración de interiores.

La comedia romántica de Cukor se fue adaptando a las distintas décadas, y al llegar a la de los sesenta el mito Monroe también hizo aparición en su filmografía. Wn El multimillonario, el propio Arthur Miller revisó el guion para realzar el protagonismo de su mujer, lo que provocó que actores de prestigio rechazaran interpretar el protagonista masculino. El papel fue finalmente aceptado por Yves Montand, que había protagonizado con anterioridad Las brujas de Salem (1957), basada también en otra obra de Miller.

My Fair Lady (1964) fue el éxito de una década donde ya el director empezó a espaciar sus trabajos. Audrey Hepburn se sumó con éxito a la legión femenina que había pasado por la dirección de Cukor, aunque no apareció entre las doce nominaciones (ocho Oscar) que obtuvo la película, durante cuyo rodaje fue asesinado el presidente Kennedy. De sus últimos cinco títulos, dos fueron trabajos para la televisión, y las otras tres cerraron con broche de oro la fructífera relación que el director mantuvo con las actrices. Viajes con mi tía (1972), basada en la novela de Graham Greene, retomaba la comedia y daba uno de sus mejores papeles a la británica Maggie Smith, que fue nominada al Oscar. El pájaro azul (1976), un cuento protagonizado por Jane Fonda y Ava Gardner, en el que la búsqueda del "pájaro de la felicidad" se convertía en la principal meta de dos niños campesinos. Y, finalmente, Ricas y Famosas (1981), que Cukor dirigió con ochenta y dos años, y que protagonizaron Jacqueline Bisset y Candice Bergen, en un conmovedor y realista retrato de la amistad.

Cukor siempre fue un director muy apreciado por la intelectualidad cinematográfica europea; entre otros, François Truffaut o Eric Rohmer reconocieron su capacidad artística y creativa y se identificaron con su inigualable tratamiento de la clase media.
(Fuente:http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/cukor.htm)




MY FAIR LADY
,también conocida como Mi bella dama en Argentina, es una película musical de 1964 dirigida por George Cukor e interpretada por Rex Harrison y Audrey Hepburn, adaptación del musical teatral del mismo título de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe que, a su vez, se había basado en la obra de teatro Pigmalión de George Bernard Shaw.
Esta película recibió ocho Premios Óscar, incluyendo mejor película, actor y director.


Salvador Dalí




"¡No podéis expulsarme porque Yo soy el Surrealismo!" 

(SALVADOR DALÍ,después de ser expulsado del movimiento surrealista en Paris.)




SALVADOR DALI (11 de mayo de 1904 –  23 de enero de 1989) Pintor español. Salvador Dalí nació en una madrugada de la primavera de 1904 en el seno de una familia burguesa, hijo de un notario bienpensante y de una sensible dama aficionada a los pájaros. Más tarde escribiría: "A los tres años quería ser cocinero. A los cinco quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho más que crecer y ahora es la de llegar a ser Salvador Dalí y nada más. Por otra parte, esto es muy difícil, ya que, a medida que me acerco a Salvador Dalí, él se aleja de mí".

Puesto que la persecución sería incesante y el objetivo no habría de alcanzarse nunca y, dado que en ningún recodo de su biografía estaba previsto que hallara el equilibrio y la paz, decidió ser excesivo en todo, intrepretar numerosos personajes y sublimar su angustia en una pluralidad de delirios humorísticos y sórdidos. Se definió a sí mismo como "perverso polimorfo, rezagado y anarquizante", "blando, débil y repulsivo", aunque para conquistar esta laboriosa imagen publicitaria antes hubo de salvar algunas pruebas iniciáticas, y si el juego favorito de su primera infancia era vestir el traje de rey, ya hacia sus diez años, cuando se pinta como El niño enfermo, explora las ventajas de aparentar una constitución frágil y nerviosa.


Su precocidad es sorprendente: a los doce años descubre el estilo de los impresionistas franceses y se hace impresionista, a los catorce ya ha trabado conocimiento con el arte de Picasso y se ha hecho cubista y a los quince se ha convertido en editor de la revista Studium, donde dibuja brillantes pastiches para la sección titulada "Los grandes maestros de la Pintura".

En 1919 abandona su Cataluña natal y se traslada a Madrid, ingresa en la Academia de Bellas Artes y se hace amigo del gran poeta granadino Federico García Lorca y del futuro cineasta surrealista Luis Buñuel, de quien sin embargo se distanciará irreversiblemente en 1930. En la capital adopta un extraordinario atuendo: lleva los cabellos largos, una corbata desproporcionadamente grande y una capa que arrastra hasta los pies. A veces luce una camisa azul cielo, adornada con gemelos de zafiro, se sujeta el pelo con una redecilla y lo lustra con barniz para óleo. Es difícil que su presencia pase desapercibida.

En los revueltos y conflictivos meses de 1923 sufre un desafortunado contratiempo. En la Academia de Bellas Artes a la que está adscrito se producen manifestaciones en contra de un profesor, y antes de que dé comienzo el discurso oficial y se desate la violenta polémica, Salvador abandona la sala. Las autoridades creen que con este gesto ha sido él quien ha dado la señal de ataque y rebelión y deciden expulsarlo durante un año. Después, de nuevo en Figueras, los guardias vienen a detenerlo y pasa una temporada en la cárcel.

A la salida de prisión recibirá dos alegrías. La primera, una prensa para grabado que su padre le regala, y la segunda, la visita de su excelente compañero de la Residencia de Estudiantes de Madrid Federico García Lorca, quien, en las calurosas noches del verano de Cadaqués, lee a toda la familia Dalí sus versos y dramas recién compuestos. Es allí, junto al Mediterráneo, donde García Lorca redacta la célebre "Oda a Salvador Dalí", publicada unos años después, en 1929, en la Revista de Occidente. Pronto será también Luis Buñuel quien llegue a Cadaqués para trabajar con su amigo Salvador en un guión cinematográfico absolutamente atípico y del que surgirá una película tan extraña como es El perro andaluz.

En 1927 Dalí viaja por primera vez a París, pero es al año siguiente cuando se instala en la capital francesa y se une al grupo surrealista que lidera el poeta André Breton. Este último terminará expulsándolo del movimiento algunos años después, en una memorable sesión de enjuiciamiento a la que Dalí compareció cubierto con una manta y con un termómetro en la boca, aparentando ficticiamente estar aquejado de fiebre y convirtiendo así el opresivo juicio en una ridícula farsa.

La triple acusación a la que tuvo entonces que enfrentarse Dalí fue: coquetear con los fascismos, hacer gala de un catolicismo delirante y sentir una pasión desmedida e irrefrenable por el dinero. A esto precisamente alude el célebre apodo anagramático con que fue motejado por Breton, Avida dolars, acusación que lejos de desagradar al pintor le proporcionaba un secreto e irónico placer. De hecho, después de conocer a la que sería su musa y compañera durante toda su vida, Gala, entonces todavía esposa de otro surrealista, el poeta Paul Eluard, Dalí declaró románticamente: "Amo a Gala más que a mi madre, más que a mi padre, más que a Picasso y más, incluso, que al dinero."

Salvador se enamoró de Gala en el verano de 1929 y con ella gozó por primera vez de las mieles del erotismo. Es la época en que pinta Adecuación del deseo, Placeres iluminados y El gran masturbador, pintura esta última que fue atacada y desgarrada por el fanático grupo puritano los Camelots du Roy. Mientras tiene lugar una exposición de sus obras en la Galería Goemans de París, la joven y apasionada pareja se refugia y aísla en la Costa Azul, pasando los días y las noches encerrados en una pequeña habitación de un hotel con los postigos cerrados.

Enterado el padre de Salvador de la vida disoluta de su hijo por un artículo de Eugenio d'Ors aparecido en La Gaceta Literaria, rompe relaciones con su vástago; pero ello no debió afectarlo demasiado, o quizás sí, puesto que es en esa época en que el artista realiza lo mejor de su obra, como el célebre cuadro Persistencia de la memoria (1931), donde blandos relojes cuelgan de la rama de un árbol, del borde de un pedestal y sobre una misteriosa forma tendida en la vasta extensión de la playa.

En 1934 viaja con su ya inseparable Gala a Estados Unidos, donde desembarca y se presenta ante los periodistas con un enorme pan cocido por el cocinero del trasatlántico que les ha transportado. En sus erráticas manifestaciones no duda en asociar el mito hitleriano con el teléfono y a Lenin con el béisbol. Son todas bromas absurdas que tratan de quitar hierro a una situación política amenazante. Dos años después se desata la atroz guerra civil en España y una de las primeras muestras de la probidad de los militares insurrectos es el infame asesinato de su amigo Federico García Lorca, crimen que conmocionó a la opinión pública internacional. Dalí escribió: "Lorca tenía personalidad para dar y vender, la suficiente para ser fusilado, antes que cualquier otro, por cualquier español."

En 1938 conoce por fin, gracias al escritor vienés Stefan Zweig, a Sigmund Freud, quien había sido el gran inspirador de la estética surrealista, de la que Dalí no se siente marginado pese a las bravatas de Breton, sino que por el contrario se considera el único y más genuino exponente. El padre del psiconálisis había dado pábulo a la nueva indagación del inconsciente con su libro La interpretación de los sueños (1900), pero nunca se había tomado demasiado en serio a sus jóvenes admiradores de París.

No obstante, el 20 de julio de 1938, tras el encuentro, Freud anotó en su diario: "Hasta entonces me sentía tentado de considerar a los surrealistas, que aparentemente me han elegido como santo patrón, como locos integrales (digamos al 95%, como el alcohol puro). Aquel joven español, con sus espléndidos ojos de fanático e innegable dominio técnico, me movió a reconsiderar mi opinión". Por su parte, el artista realizó asombrosos y alucinantes retratos del "santo patrón" de los surrealistas.

Instalado otra vez en Nueva York en 1939, Dalí acepta un encargo para decorar unos escaparates comerciales. El tema que elige es el del Día y la Noche, el primero evocado por un maniquí que se mete en una bañera peluda y la segunda, por medio de brasas y paños negros extendidos, pero la dirección modifica el decorado sin consultar al autor. Dalí, iracundo, vuelca la bañera de astracán llena de agua y la lanza contra los cristales del escaparate produciendo un gran estrépito y un notable destrozo.

Pese a que la opinión pública norteamericana le aplaude el vigor con que ha sabido defender la propiedad intelectual, es juzgado por los tribunales y condenado a pagar los desperfectos. Tampoco consigue concluir su siguiente proyecto para decorar un pabellón de la Feria Internacional de Nueva York, el cual debía llevar el significativo título de Sueño de Venus.

A España regresó en 1948, fijando su residencia de nuevo en Port-Lligat y hallando en el régimen del general Franco toda suerte de facilidades. El gobierno incluso declaró aquel rincón catalán que tanto fascinaba al pintor "Paraje pintoresco de interés nacional". Para muchos historiadores del arte lo mejor de su obra ya había sido realizado y, sin embargo, aún le quedaban cuarenta años de caprichosa producción y de irreductible endiosamiento y exhibicionismo, con apariciones públicas del estilo de la que protagonizó en diciembre de 1955, cuando se personó en la Universidad de la Sorbona de París para dar una conferencia en un Rolls Royce repleto de coliflores. En vida del artista incluso se fundó un Museo Dalí en Figueras; ese escenográfico, abigarrado y extraño monumento a su proverbial egolatría es uno de los museos más visitados de España.

Durante los años setenta, Dalí, que había declarado que la pintura era "una fotografía hecha a mano", fue el avalador del estilo hiperrealista internacional que, saliendo de su paleta, no resultó menos inquietante que su prolija indagación anterior sobre el ilimitado y equívoco universo onírico. Pero quien más y quien menos recuerda mejor que sus cuadros su repulsivo bigote engominado, y no falta quien afirme haberlo visto en el Liceo, el lujoso teatro de la ópera de Barcelona, elegantemente ataviado con frac y luciendo en el bolsillo de la pechera, a guisa de vistoso pañuelo, una fláccida tortilla a la francesa.

En su testamento, el controvertido artista legaba gran parte de su patrimonio al Estado español, provocando de ese modo, incluso después de su muerte, acaecida en 1989, tras una larga agonía, nuevas y enconadas polémicas. El novelista Italo Calvino escribió que "nada es más falsificable que el inconsciente"; acaso esta verdad paradójica y antifreudiana sea la gran lección del creador del método paranoico-crítico, de ese maestro del histrionismo y la propaganda, de ese pintor desaforado y perfeccionista, de ese eximio prestidigitador y extravagante ciudadano que fue Salvador Dalí. El chiflado prolífico del Ampurdán, la llanura catalana barrida por el vertiginoso viento del norte que recoge las suaves olas del mar Mediterráneo en una costa tortuosa y arriscada, descubrió el arte de la mixtificación y el simulacro, de la mentira, el disimulo y el disfraz antes incluso de aprender a manejar su lápiz con la exactitud disparatada y estéril de los sueños.

Su longeva existencia, tercamente consagrada a torturar la materia y los lienzos con los frutos más perversos de su feraz imaginación, se mantuvo igualmente fiel a un paisaje deslumbrante de su infancia: Port-Lligat, una bahía abrazada de rocas donde el espíritu se remansa, ora para elevarse hacia los misterios más sublimes, ora para corromperse como las aguas quietas. Místico y narciso, Salvador Dalí, quizás uno de los mayores pintores del siglo XX, convirtió la irresponsabilidad provocativa no en una ética, pero sí en una estética, una lúgubre estética donde lo bello ya no se concibe sin que contenga el inquietante fulgor de lo siniestro. Dalí exhibió de forma provocativa todas las circunstancias íntimas de su vida y su pensamiento.(Fuente:www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dali.htm)



Entrevista a Salvador Dalí por Soler Serrano en su programa de TVE "A fondo", en 1977