Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 21 de enero de 2013

Para acabar con las novelas policiacas: El gran jefe - Woody Allen




WOODY ALLEN:
PARA ACABAR CON LAS NOVELAS POLICIACAS: EL GRAN JEFE



Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.
—¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?
—Quiero que encuentre a una persona.
—¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?
—No exactamente, señor Lupowitz.
—Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?
—Dios.
—¿Dios?
—Así es, Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted me lo encuentre.
Ha desfilado ya por mi oficina más de un buen bocado, pero, cuando una chica está tan buena como ésta, uno debe escucharla hasta el final.
—¿Por qué?
—Kaiser, eso es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.
—Lo siento, bombón. No has dado con el tipo adecuado...
—Pero, ¿por qué?
—... a no ser que me des toda la información —dije poniéndome de pie.
—Está bien, está bien —dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.
—No nos apartemos del tema, nena.
—Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo.
—¿No?
—No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero yo ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que si alguien descubre la Verdad puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.
Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chicle, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chicle. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto otro mejor.
—Su Dios, ¿qué aspecto tiene?
—Nunca Lo he visto.
—Entonces, ¿cómo sabes que existe?
—Eso es lo que usted tiene que averiguar.
—¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo?
—No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas partes. En el aire, en cada flor, en usted y en mí... y en esta silla.
—Ya.
Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos aparte y una cena con ella. Sonrió y aceptó en el acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizá Dios exista, o quizá no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.
Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta en el acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas, porque se azaró mucho. Estaba asustado.
—Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.
—¿Le ha visto alguna vez?
—¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
—Entonces ¿cómo sabe que existe?
—¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?
—¿No tiene ninguna otra prueba?
—Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israeli¬tas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las aguas del Mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.
—Así pues, es un duro, ¿eh?
—Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.
—¿Cómo es que sabe usted tanto?
—Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con El.
—¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
—No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que hablaba el rabino Wiseman, El encajaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Dany en la Décima Avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio al que no podía tragar.
—¿Está Chicago Phil?
—¿Quién quiere saberlo?
Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.
—¿Qué pasa, basura?
—En la sala del fondo — dijo cambiando de actitud.
Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.
—El tío nunca existió, Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en manos de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás, el Papa.
—Tengo que ver al Papa.
—Se puede arreglar —dijo guiñando un ojo.
—¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?
—No.
—¿Y Heather Butkiss?
—¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe.
—¿Radcliffe? Me dijo Vassar.
—Pues te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo.
—¿Panteísta?
—No, empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.
—Conque uno de ésos, ¿eh?
—Sí. Primero fue batería en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, inventó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.
—Gracias, Phil.
—Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.
—¿Quién ganó la quinta en Aqueduct?
—Santa Baby.
—Esto sí tiene sentido.
Tomé una cerveza en O'Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos eso decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.
Y ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista?
¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?
Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagara ella la cuenta estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo.
—Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?
—¿Qué quieres decir?
—Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe,
—Esto es absurdo.
—No seas tan racionalista.
—Nadie es racionalista, Kaiser. —Encendió un cigarrillo—. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.
Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó.
—Es para ti.
La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.
—¿Todavía a la caza de Dios?
—Sí.
—¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Univer¬sal? ¿El Ser Supremo?
—Así es.
—Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.
Era El sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo profesional.
—Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.
—¿Dónde Lo encontraron?
—En un depósito de la calle Delancey.
—¿Alguna pista?
—Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.
—¿Cómo lo sabéis?
—Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso.
—¿Un crimen pasional?
—Eso es. Lo cual significa que eres sospechoso, Kaiser.
—¿Por qué yo?
—Todos los muchachos del departamento conocen tus ideal sobre Jaspers.
—Eso no me convierte en un asesino.
—Aún no, pero sí en un sospechoso.
Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en las comisaría en sesiones de identificación.
—Siéntate —dijo levantando los ojos de sus spaghetti. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí—. ¿Te gustarían unos spaghetti?
—No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.
—¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?
—Acabo de comer.
—Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano, donde es imposible conseguir una comida decente.
—Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.
—Has llamado a la puerta adecuada.
—Entonces, ¿existe?
Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo:
—¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si El existe!
Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre el dedo gordo de su pie.
—¡Lo siento! —dije, pero el tipo estaba que bramaba.
El Papa tomó la palabra:
—Por supuesto que El existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con El. Sólo habla a través de mí.
—¿Por qué usted, amigo?
—Porque yo soy quien lleva el traje rojo.
—¿Este atuendo?
—¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en camiseta, ¿qué sería de la cristiandad?
—¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!
—No lo sé. Pero ¿qué más da? Mientras haya dinero...
—¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros?
—Utilizo un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro.
—¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?
—Seguro. Está en el Departamento de Ciencias de Bryn Mawr.
—¿Ciencias, dice? Gracias.
—¿Por qué?
—Por la respuesta, Pontífice.
Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.
—Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista.
—No, querida, fuiste tú.
—¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.
—Tú fuiste quien lo hizo.
—¿Qué estás diciendo?
—Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd.
—¿Cómo supiste mi nombre?
—Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que ha llegado a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.
—No, Kaiser, te lo juro.
—Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo.
—No sabes lo que dices.
—A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista entonces, también a él tenías que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.
—¡Kaiser, estás loco!
—No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta El, si es que El existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste.
—¿Quién diablos son Shelby y Jason?
—¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
—Kaiser —dijo ella, presa de un repentino estremecimiento— ¿me entregarás?
—¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos.
—Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde, dedicarnos a la semántica.
—Lo lamento, nena. No hay trato.
Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: «Tómame, soy tuya».. Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba a mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.
—¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?
Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia.
—La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás.
Era un concepto sutil, pero espero que lo haya pescado antes de morir.

 


Y siempre podemos pensar que Scarlett es la clienta y Woody el detective…. ¡estaría sensacional!.

La curiosa muerte de Tennessee Williams




"No esperes al día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto"

Eso al menos decía el excelente escritor Tennessee Williams, alguien que paró de sufrir de una manera realmente curiosa. Williams es un autor cuya obra engrandeció el mundo del teatro y también el del cine. En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por "Un tranvía llamado Deseo", y en 1955 por "La gata sobre el tejado de zinc. Además de estas dos obras recibieron el premio de la Crítica Teatral de Nueva York: "El zoo de cristal" (1945) y "La noche de la iguana" (1961), resultando algunas de ellas verdaderos éxitos también en el mundo del cine, impagables para los buenos amantes del llamado séptimo arte.

Pero retomando el motivo por el que se abre esta entrada, diremos que Tennesse Williamse falleció en 1983, a la edad de 71 años, y que en los primeros momentos hubo especulaciones de todo tipo alrededor de su extraña muerte, llegándose incluso a hablar de asesinato. La realidad era muy distinta y bastante más ridícula. Tennessee Williams llevaba tiempo viviendo en el Hotel Elysse de Nueva York y tras la muerte de su pareja, Frank Merlo, se había acercado más de lo debido a los calmantes y al alcohol, algo que unido a su natural tendencia a sufrir ataques de pánico, había deteriorado notablemente su salud, tanto física como mental. Tras la exploración médica del cadáver se encontró en el mismo "un tapón de plástico del tipo de los botes de spray nasal o colirio” con el que se supuso se había ahogado.

Meses después, llegó el informe médico final y que es actualmente la versión oficial de la muerte del escritor. En el se detallaba que tras beber una considerable cantidad de alcohol, el escritor tuvo la intención de tomar una dosis de barbitúricos, de los cuales no se encontró resto alguno en su estomago, pero si el tapón en su garganta y el frasco en la habitación por la que estaban derramadas todas sus pastillas. A la vista de todo ello se dedujo que al intentar abrir el frasco de medicamentos con la boca, se tragó accidentalmente el tapón, que tras alojarse en la garganta obstruyéndola, le produjo la muerte por asfixia. Ciertamente no se puede decir precisamente que sea una muerte de película…. para alguien al que el cine le debe tanto.

La fotografía del escritor fue tomada en 1956 por el famoso fotógrafo Yousuf Karsh.

Lola Flores


 «No sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan».
(Célebre crítica publicada con motivo de su debut en el Madison Square Garden de Nueva York)

LOLA FLORES (21 de enero de 1923 - 16 de mayo de 1995)



Dolores Flores Ruiz; Jerez de la Frontera, 1922 - Madrid, 1995.Cantante y actriz española. Hija de un tabernero, Lola demostró desde muy pequeña sus cualidades para el cante y el baile. Su admiración por Pastora Imperio le llevó a seguir con sus inquietudes hasta que conoció a Manolo Caracol, quien la tuvo en su compañía durante unos meses cuando apenas contaba con quince años. Toda la familia estuvo un tiempo en Sevilla hasta que recaló en Madrid, no sin antes conocer a otras figuras importantes de la canción como Estrellita Castro o el maestro Manuel López-Quiroga, quienes la animaron a seguir con su carrera.

Cine y canción iban a ser los pilares sobre los que se asentaría la carrera artística de Lola tras la contienda civil. Su primera película fue Martingala (1940), de Fernando Mignoni, interpretando a una gitana. Su sueldo fue de 12.000 pesetas, algo nunca imaginado por ella. Durante los años cuarenta realizó una serie de giras por diversas provincias españolas con un espectáculo montado por el empresario Juan Carcellé. Su canción más importante de aquella etapa fue “El lerele”, que pasado los años se convirtió en un gran éxito.

Sin embargo, no contenta con deambular de una ciudad a otra o ir de pueblo en pueblo, decidió montar su propia compañía con la ayuda de uno de sus primeros acompañantes. Para su proyecto (espectáculo que llamó Zambra) contrató a Manolo Caracol, iniciando una de sus etapas más fructíferas y populares, además de vivir un apasionado y turbulento romance.

De su trabajo en común se conserva la película Embrujo (1946), de Carlos Serrano de Osma, director que logró uno de sus trabajos mas personales y ambiciosos, aunque a la pareja protagonista no le reportara más popularidad, y La niña de la venta (1951), de Ramón Torrado, que sí les ayudó a alcanzar un éxito mayor, aunque su unión ya tocaba a su fin. Lola ya era conocida en el extranjero. Su repertorio aumentaba sin descanso y comenzó a grabar discos y a consolidar su carrera. “La zarzamora” fue una de sus canciones más emblemáticas de la época.

Firmó un importante contrato con el productor Cesáreo González, quien no sólo la incorporó al reparto de películas como La estrella de Sierra Morena (1951), de Ramón Torrado, sino que diseñó largas giras por países americanos, en alguno de los cuales rodó alguna película. Fueron años de coproducciones con México, país con el que estableció un fuerte vínculo artístico alcanzando una popularidad sorprendente, tanto que después de rodar La Faraona (1955), de René Cardona, se quedó con ese nombre para siempre; también años de trabajo intenso en los que siguió combinando su interpretación cinematográfica con los espectáculos en los que cantaba muestras de su nuevo repertorio. Miguel Morayta la dirigió en Pena, penita, pena (1953) y Limosna de amores (1955), y Miguel Zacarías en Sueños de oro y Maricruz (ambas de 1956).

Desde El balcón de la luna (1962), de Luis Saslavsky, sus apariciones cinematográficas se fueron espaciando más en el tiempo, dedicándolo a sus espectáculos teatrales. Su único premio en cine se lo concedió el Sindicato Nacional del Espectáculo por su trabajo en Una señora estupenda (1967), de Eugenio Martín. Después intervino en títulos tan dispares como Truhanes (1983), de Miguel Hermoso, o Juana la Loca... de vez en cuando (1983), una parodia histórica disparatada dirigida por José Ramón Larraz. También trabajó en la serie de televisión Juncal (1989), de Jaime de Armiñán, al lado de Francisco Rabal, y Carlos Saura recogió su arte en el mediometraje Sevillanas (1992).

En 1957 contrajo matrimonio con Antonio González “El Pescailla”. De su matrimonio nacieron Lolita, Rosario y Antonio, todos dedicados a la música. El último de ellos murió unos días después de que lo hiciera su madre, el 30 de mayo de 1995.
(http://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/flores_lola.htm)



LA ZARZAMORA (Rafael de León)