Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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lunes, 7 de enero de 2013

Albert Einstein y los abrigos





No faltaríamos a la verdad si definiéramos a Albert Einstein como alguien algo desaliñado en su forma de vestir. Un día que paseaba por las calles de Berlín se encontró con un amigo que al verlo vestido con un abrigo ya algo raído le dijo:

- ¿No crees que debes hacerte otro abrigo?

-¿Para qué? - le contestó Einstein- Aquí todo el mundo sabe quién soy.

Pasaron los años y este mismo amigo volvió a encontrarse con Einstein, pero esta vez en una calle de Nueva York. Como quiera que el afamado físico llevaba todavía el raido abrigo, su amigo le dijo:

- ¡Hombre! ¿Todavía llevas el abrigo de Berlín? Debes hacerte otro.

-¿Para qué? -le contestó nuevamente Einstein - Aquí nadie me conoce.

Quién sabe si el abrigo que muestra en la foto es el protagonista de la anécdota, pero leído lo cómodo que se sentía con él, no nos extrañaría.

Nicolas Cage



"Si quieres que te diga la verdad… no sé si mi mujer me dejó porque bebía, o bebo porque mi mujer me dejó." Ben Sanderson (Nicolas Cage), Leaving Las Vegas.






NICOLAS CAGE (de nombre real Nicholas Kim Coppola) nació el el 7 de enero de 1964. Es hijo de Auguste Coppola, profesor universitario de literatura, y de Joy Vogelsang, bailarina y coreógrafa. Tiene dos hermanos mayores llamados Marc y Christopher. Su tío es el famoso director Francis Ford Coppola y sus primos Sofia Coppola y Jason Schwartzman (hijo de Talia Shire, hermana de Francis Ford Coppola).

Nicolas cambió su apellido artístico para que no le acusaran de nepotismo en los inicios de su carrera cinematográfica.

El apellido Cage fue adoptado en homenaje al músico John Cage (aunque otras fuentes citan al personaje de cómic Luke Cage). Es un gran aficionado a la música y entre sus mejores amigos se encuentra el compositor y cantante Tom Waits. También es un gran amante de los cómics.

Su querencia por la interpretación, además de sus raíces familiares, proviene de su etapa en el instituto de Beverly Hills, en donde comenzó a representar obras de teatro.
A comienzos de los años 80 logró iniciarse como actor en Hollywood al aparecer en "Aquel excitante curso" (1982), comedia dirigida por Amy Heckerling.

En 1983 consiguió su primer papel protagonista en “Valley Girl” (1983), una película dirigida por Martha Coolidge.
En esta primera etapa, Cage intervino en varios títulos dirigidos por su tío Francis, como “La ley de la calle” (1983), “Cotton Club” (1984), o “Peggy Sue se casó” (1986).

Tras protagonizar junto a Cher "Hechizo de luna" (1987) de Norman Jewison, film por el cual fue nominado por primera vez al Globo de Oro, "Arizona Baby" (1987), de los hermanos Joel y Ethan Coen, "Corazón salvaje" (1990), película dirigida por David Lynch, o “Luna de miel para tres” (1992), comedia por la que volvió a ser candidato al Globo de Oro.
Nicolas se consagró como actor al ganar el Oscar y el Globo de Oro por su actuación en "Leaving Las Vegas" (1995), drama sobre el alcoholismo dirigido por Mike Figgis que estaba co-protagonizado por Elisabeth Shue.

Tras este éxito Cage se convirtió en una de las principales estrellas de Hollywood, protagonizando thrillers y títulos de acción de gran éxito en taquilla, como “La Roca” (1996) de Michael Bay, “Con Air” (1997) de Simon West, “Cara a cara” (1997) de John Woo, “Snake eyes” (1998) de Brian de Palma, o “Asesinato en 8 mm” (1999) de Joel Schumacher.
  
En el año 2002 volvió a ser candidato al Globo de Oro y a los premios Oscar gracias a su interpretación en “Adaptation”, película dirigida por Spike Jonze. La estatuilla fue para Adrien Brody por “El pianista”.

En el año 1995 contrajo matrimonio con la actriz Patricia Arquette, de quien se divorció en el año 2000. Patricia y Nicolas protagonizarían juntos la película “Al límite” (1999) de Martin Scorsese.

Antes de esta boda, Cage mantuvo relaciones sentimentales con Kristen Zang, Lori Allison, Sarah Jessica Parker o Kristina Fulton, con la que tuvo un hijo.

En agosto del año 2002, Cage se casó con Lisa Marie Presley, la hija del rey del rock Elvis Presley. El enlace fue breve, ya que la pareja se separó pocos meses después de la boda.

El 30 de julio del año 2004, Nicolas contrajo matrimonio con la camarera japonesa Alice Kim.

Otros títulos de su filmografía son "El señor de la guerra" (2005) de Andrew Niccol, el drama sobre el 11-S "World Trade Center" (2006), el film de terror "The Wicker Man" (2006), "Ghost Rider" (2007), película basada en un cómic de la Marvel, y "Next" (2007), intriga y acción con Cage en la piel de un mago que puede ver su futuro próximo.

"La Búsqueda II: El Diario Secreto" (2007), secuela de "La Búsqueda", se centraba en el asesinato de Abraham Lincoln por parte de John Wilkes Booth.
  

En "Bangkok Dangerous" (2008) era Joe, un asesino a sueldo sin escrúpulos operando en Tailandia.

En "Señales Del Futuro" (2009), intriga de ciencia-ficción dirigida por Alex Proyas, interpretaba al profesor John Koestler, quien intenta prevenir una profecía catastrófica para la humanidad.

En el thriller "Teniente Corrupto" (2009) interpretaba a un policía de Nueva Orleáns enganchado a las drogas que sigue un caso de asesinato de varios inmigrantes africanos.

En "Kick-Ass" (2010), película con el protagonismo de superhéroes sin poderes, interpretaba a Damon Macready/Big Daddy.

En "El Aprendiz De Brujo" (2010) era Balzathar Blake, un hechicero que instruye en magia a un joven interpretado por Jay Baruchel.

En la fantasía medieval "En Tiempo De Brujas" (2011) era un caballero que volvía de las Cruzadas y tenía que transportar a una joven acusada de brujería.

En "Furia Ciega" (2011) intentaba detener un ritual satánico que podía acabar con la vida de su nieta.

En el thriller "Bajo Amenaza" (2011) estaba casado con Nicole Kidman. Ambos eran víctimas de un atraco en su propia casa.

(Fuente:http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article1531.html )





LEAVING LAS VEGAS, en español Adiós a Las Vegas, es una película de 1995 dirigida por Mike Figgis, y protagonizada por Nicolas Cage y Elisabeth Shue, por cuyas interpretaciones ambos actores resultaron nominados al Óscar al mejor actor, aunque sólo Nicolas Cage consiguió ganar el premio.

La película está basada en la autobiografía del guionista John O'Brien, que se suicidó pocos meses antes del inicio del rodaje de la película.



Carta de Tennessee Williams a Elia Kazan (fragmento)



"No existen personas "buenas"  ni "malas". Algunas son un poco  mejores, o  un poco peores, pero todas se mueven más por error que por malicia. La ceguera ante lo que ocurre en el corazón de los demás...; nadie ve definitivamente a los demás, sino a través de los defectos de su propio  ego. Así es cómo todos nos vemos mutuamente en la vida. La vanidad, el temor, el deseo y la competitividad (deformaciones que se hallan en el interior de nuestro ego) condicionan  la manera de ver a las personas con las que nos relacionamos. Si a las deformaciones de nuestro propio ego añadimos las deformaciones correspondientes al ego de los demás, veremos lo empañado que queda el cristal con el que nos miramos unos a otros. Es así en todas las relaciones de la vida, salvo cuando existe ese extraño caso de dos personas que se aman con la intensidad suficiente para eliminar esas capas de opacidad y ver el alma desnuda del otro. Esos casos me parecen puramente teóricos"

(Citado en la autobiografía de Elia Kazan)

Pablo Neruda.- Confieso que he vivido



"Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. No excomulgaré a nadie. Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos, sin más títulos que ése, sin darse en la cabeza con una regla , con una palabra, con una etiqueta. No quiero que nadie sea perseguido. Quiero que la gran mayoría , la única mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que ésta termine. No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista. He tomado un camino porque creo que ese camino nos lleva a todos a esa amabilidad duradera. Lucho por esa bondad oblicua, extensa , inexhaustible. Me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas las cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe, pero esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico , en este parpadeo de agonía, sabemos que entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable".

Erich Fromm.- El miedo a la libertad




En nuestra sociedad se desaprueban, en general, las emociones. Si bien pueden caber muy pocas dudas de que todo pensamiento creador, así como cualquier otra actividad espontánea, se hallan inseparablemente ligados a las emociones, el vivir y el pensar sin ellas ha sido erigido en ideal. Ser «emotivo» se ha vuelto sinónimo de ser enfermizo o desequilibrado. Al aceptar esta norma, el individuo se ha debilitado grandemente; su pensamiento ha resultado empobrecido y achatado. Por otra parte, como las emociones no pueden ser por entero eliminadas, ellas han de mantener una existencia completamente separada del aspecto intelectual de la personalidad; el sentimiento barato e insincero que el cine y la música popular ofrecen a millones de sus clientes, hambrientos de emociones, resultan ser la consecuencia de todo esto.

Una tergiversación idéntica a las de los sentimientos y emociones sufre el pensamiento original. Desde los comienzos mismos de la educación, el pensamiento original es desaprobado, llenándose la cabeza la gente con pensamientos preparados. Cómo se logra esto con los niños pequeños, es cosa muy fácil de observar. Llenos de curiosidad acerca del mundo, quieren asirlo física e intelectualmente. Se hallan deseosos de conocer la verdad, puesto que ésa es la manera más segura para orientarse en un mundo extraño y poderoso. Pero no se los toma en serio, y a este respecto poco importa la forma que asuma tal actitud: de abierta desatención o de sutil condescendencia (forma usual de tratar a todos aquellos que carecen de poder, tales como los niños, los ancianos o los enfermos). Si bien este trato ya desalienta profundamente de por sí el pensamiento independiente, hay también una dificultad mayor: la insinceridad —a menudo no intencionada— tan típica de la conducta del adulto medio hacia el niño. Tal falta de sinceridad se manifiesta en parte en esa imagen ficticia del mundo que los pequeños reciben de los mayores. Se trata de algo tan útil como lo serían algunas instrucciones sobre la vida en el Ártico para alguien que hubiese preguntado cómo prepararse para una expedición al desierto del Sahara. Además de esta tergiversación del mundo, existen muchas mentiras específicas que tienden a ocultar hechos que, por distintas razones personales, los adultos no quieren dar a conocer a los niños. Desde un mal humor, racionalizado como descontento por la conducta del chico, hasta el ocultamiento de las actividades sexuales de los padres y de sus disputas, siempre se trata de hechos que los niños «deben ignorar», desaprobándose las preguntas pertinentes de un modo hostil o amable.

El niño así preparado ingresa en la escuela primaria o en la superior. Quiero referirme brevemente a algunos de los métodos educativos hoy en uso que dificultan el pensamiento original. El primero es la importancia concedida a los hechos o, deberíamos decir, a la información. Prevalece la superstición patética de que sabiendo más y más hechos es posible llegar a un conocimiento de la realidad. De este modo se descargan en la cabeza de los estudiantes centenares de hechos aislados e inconexos; todo su tiempo y toda su energía se pierden en aprender cada vez más hechos, de manera que les queda muy poco lugar para ejercitar el pensamiento.

Es cierto que el pensar carente de un conocimiento adecuado de los hechos sería vacío y ficticio; pero la «información» sin teoría puede representar un obstáculo para el pensamiento tanto como su carencia.
(...)


En realidad, así como el pensamiento, en general, ha surgido de la necesidad de dominar la vida material, la búsqueda de la verdad se arraiga en los intereses y necesidades de los individuos y grupos sociales. Sin tales intereses desaparecería todo estímulo de buscar la verdad. Siempre existen grupos cuyos intereses se ven favorecidos por la verdad, y sus representantes han sido los precursores del pensamiento humano; y también hay otros grupos a quienes favorece, por el contrario, el ocultamiento de lo verdadero. Solamente en este último caso la existencia de algún interés resulta dañina para los fines del conocimiento. El problema no consiste, por lo tanto, en el hecho de la existencia de un interés comprometido en la búsqueda, sino en la especie de interés implícito, en la actitud cognoscitiva. Podríamos afirmar que en la medida en que exista algún anhelo de verdad en los seres humanos, ese anhelo es fruto de la necesidad que se alberga en todo hombre de conocer lo verdadero.
Otro modo de paralizar la capacidad de pensar críticamente lo hallamos en la destrucción de toda imagen estructurada del mundo. Los hechos pierden aquella calidad que poseen tan sólo en cuanto constituyen parte de una estructura total, y conservan únicamente un significado abstracto y cuantitativo; cada hecho no es otra cosa que un hecho más, y todo lo que importa es si sabemos más o menos. La radio, el cine y la prensa ejercen un efecto devastador a este respecto. La noticia del bombardeo de una ciudad y la muerte de centenares de personas es seguida o interrumpida, con todo descaro, por un anuncio de propaganda sobre jabón o vino. El mismo anunciador, con esa misma voz sugestiva, insinuante y autoritaria, que acaba de emplear para convencernos de la seriedad de la situación política, trata ahora de influir sobre su público acerca del mérito de determinada marca de jabón, que ha pagado los gastos de las noticias radiofónicas. Los noticieros cinematográficos nos presentan muestras de la moda a continuación de escenas de buques torpedeados. Los diarios se refieren a las ideas vulgares o a los gustos alimentarios de alguna nueva estrella con la misma seriedad y concediéndole el mismo espacio con que tratan los sucesos de importancia científica o artística. A causa de todo esto dejamos de interesarnos sinceramente por lo que oímos. Dejamos de excitarnos, nuestras emociones y nuestro juicio crítico se ven dificultados, y con el tiempo nuestra actitud con respecto a lo que ocurre en el mundo va tomando un carácter de indiferencia y chatedad. 

En nombre de la «libertad» la vida pierde toda estructura, pues se la reduce a muchas piezas pequeñas, cada una separada de las demás, y desprovista de cualquier sentido de totalidad. El individuo se ve abandonado frente a tales piezas como un niño frente a un rompecabezas; con la diferencia, sin embargo, de que mientras éste sabe lo que es una casa y, por tanto, puede reconocer sus partes en las piezas del juego, el adulto no alcanza a ver el significado del todo cuyos fragmentos han llegado a sus manos. Se halla perplejo y asustado y tan sólo acierta a seguir mirando sus pequeñas piezas sin sentido.

Lo que se ha dicho acerca de la carencia de originalidad en el pensamiento y la emoción, también vale para la voluntad. Darse cuenta de ello es especialmente difícil; en todo caso parecería que el hombre moderno tuviese demasiados deseos, y que justamente su único problema residiese en el hecho de que, si bien sabe lo que quiere, no puede conseguirlo. Empleamos toda nuestra energía con el fin de lograr nuestros deseos, y en su mayoría las personas nunca discuten las premisas de tal actividad; jamás se preguntan si saben realmente cuáles son sus verdaderos deseos. No se detienen a pensar si los fines perseguidos representan algo que ellos, ellos mismos, desean. 

En la escuela quieren buenas notas, y cuando son adultos desean lograr cada vez más éxito, acumular cada vez más dinero, poseer más prestigio, comprar mejores automóviles, ir a los mejores lugares, y cosas semejantes. Sin embargo, cuando, en medio de esta actividad frenética, se detienen a pensar, hay una pregunta que puede surgir en su espíritu: Si consigo este nuevo empleo, si compro un coche mejor, si realizo este viaje... ¿qué habré obtenido? ¿Cuál es verdaderamente el fin de todo esto? ¿Quiero, en realidad, todas esas cosas? ¿No estaré persiguiendo algún propósito que debería hacerme feliz y que, en verdad, se me escapa de las manos apenas lo he alcanzado? Cuando surgen estas preguntas se siente uno espantado, pues ponen en duda la base misma que sustenta toda la actividad del hombre, el conocimiento de sus mismos deseos. Por eso la gente tiende a liberarse lo más rápidamente posible de pensamientos tan inquietantes. Piensan que tales preguntas han venido a molestarlos a causa de algún cansancio o mal humor... y continúan así en la persecución de aquellos fines que siguen considerando propios.

Y, sin embargo, todo esto apunta a una confusa revelación de la verdad: que el hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que se supone (socialmente) ha de desear. Para aceptar esta afirmación es menester darse cuenta de que saber lo que uno realmente quiere no es cosa tan fácil como algunos creen, sino que representa uno de los problemas más complejos que enfrentan al ser humano. Es una tarea que tratamos de eludir con todas nuestras fuerzas, aceptando fines ya hechos como si fueran fruto de nuestro propio querer. El hombre moderno está dispuesto a enfrentar graves peligros para lograr los propósitos que se supone sean «suyos», pero teme profundamente asumir el riesgo y la responsabilidad de forjarse sus propios fines. 

A menudo se considera la intensidad de la actividad como una prueba del carácter autodeterminado de la acción, pero ya sabemos que esa conducta bien podría ser menos espontánea que la de una persona hipnotizada o de un actor. Conociendo la trama general de la obra, cada actor puede representar vigorosamente la parte que le corresponde y hasta crear por su cuenta frases y determinados detalles de la acción. Sin embargo, no hace más que representar un papel que le ha sido asignado.