Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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jueves, 14 de noviembre de 2013

David W. Griffith, el ocaso de un Dios



Cuando Billy Wilder se encontraba preparando el rodaje de la sensacional película "El ocaso de los Dioses" (1950), tuvo una vivencia que ilustraba de forma diáfana la decadencia de las estrellas del cine mudo que se disponía a reflejar en el film. Sucedió en la calle Rodeo Drive de Beverly Hills, donde se ubicaba el famoso restaurante Romanoff's, uno de los lugares favoritos de todas las estrellas de cine. En uno de sus reservados se encontraban almorzando el todopoderoso Sam Goldwin, su esposa Francis Goldwyn, Billy Wilder y Audrey Young, su novia. Lo ocurrido nos los cuenta con detalle Sam Staggs en su libro "El crepúsculo de los Dioses - El rodaje":

"Goldwyn acaba de decirle algo a Wilder en yiddish, Billy responde en alemán y Audrey quiere saber de qué hablan. Los cuatro hablan a la vez, cuando por el rabillo del ojo Billy Wilder ve a un hombre tambaleante junto a su mesa. El desarreglado traje del hombre muestra un par de manchas y los puños están deshilachados. La camisa blanca que tiene puesta quizá debe haber estado limpia hace un par de días.
Este anciano es muy alto, a pesar de sus hombros caídos. Parece inclinarse hacia delante para escuchar. Pero su mirada le dice a Billy Wilder que este hombre no está interesado en nada de lo que se diga en la mesa. Su rostro grisáceo parece asfalto gastado, su rostro es aún más gris y su nariz podría pasar por el mango de un paraguas.

La charla y la alegría van desapareciendo de la mesa. El hombre alto y gris se balancea como un árbol en invierno, señala con su largo índice a Goldwyn y habla con un fuerte acento sureño. 
-Aquí estás, hijo de puta.
-Un borracho -musita una de las mujeres.
-¡Hijo de puta! -repite el hombre al asombrado productor-. Aquí estás y yo debería estar haciendo una película. Yo soy ese…
Frances Goldwyn, la mujer de Samuel, no quiere oír una palabra más de este viejo loco. 
-Váyase de aquí -masculla entre dientes-. Váyase, viejo estúpido.
Golpeado por estas palabras, el hombre se pierde en el ruido y la chabacana elegancia de Romanoff’s y ya no se le escucha. El rostro de Sam Goldwyn parece haber sentido temblar la tierra bajo sus pies. 
-¿Le conoces? -pregunta su mujer-. ¿Quién diablos es?
-Ese hombre -contesta Goldwyn tras el largo momento que se ha tomado para recuperarse- era D. W. Griffith…"



Y es que, el director de cine David W. Griffith, "El padre del cine moderno", fue una de las mayores glorias de los primeros años del cine gracias a obras como "El nacimiento de una nación" (1915), "Intolerancia" 1916) o "Lirios rotos" (1919). Y a pesar de ser considerado unanimemente como el creador del modelo americano de representación cinematográfica, un negocio que ha dado dinero a espuertas, y de ser uno de los socios fundadores de los estudios "United Artist" junto a Charles Chaplin, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, Griffith fue uno de esos dioses que encontró su ocaso rápidamente.

En 1935, ya en plena decadencia, aunque todavía lejos de sus peores momentos, fue visto en Londres por el director francés René Clair quien tras invitarle a una copa y verlo después marchar contaba: : "Se diría que paseaba entre la niebla en busca de su perdida juventud y su genio extinguido, tratando de encontrar en la noche del pasado aquella niña triste de “Los Lirios rotos”, aquella sombra que él hizo nacer y que ahora tenía más vida que él mismo..." 

Y es que, si bien Griffith ganó muchísimo dinero con sus primeros films, muchos otros de los más de 500 que realizó, resultaron unos completos fracasos comerciales, lo que poco a poco fue dilapidando su fortuna hasta acabar olvidado e ignorado por todos, situación en la que falleció en un hotel barato de Hollywood Boulevard el 23 de julio de 1948. 

Orson Welles lo resumiría todo cuando a la muerte del director le dedicó las siguientes palabras: "Yo le admiraba, le veneraba, pero él no necesitaba un discípulo. Necesitaba trabajo. Nunca he odiado realmente a Hollywood a no ser por el trato que dio a David Wark Griffith. Ninguna ciudad, ninguna industria, ninguna profesión ni forma de arte deben tanto a un solo hombre. Todo director que lo ha seguido no ha hecho más que eso: seguirlo. Hizo el primer close-up y movió la cámara por primera vez. Pero fue más que un padre fundador y que un pionero, ya que sus obras perduran con sus innovaciones. Las películas de Griffith están hoy mucho menos viejas que hace un cuarto de siglo.”

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