Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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sábado, 2 de marzo de 2013

La triste historia de El concierto de Aranjuez



El maestro Joaquin Rodrigo, ciego desde los tres años de edad, compuso esta bellísima partitura  en el año 1939 en un ambiente tenso por las últimas etapas de la Guerra Civil española y la incipiente Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la emotiva historia que  se esconde tras sus notas es profundamente personal.


El maestro estaba casado con Victoria Kamhi, una joven pianista turca, embarazada por entonces de un primer  hijo que ambos esperaban con enorme ilusión.  Se encontraba el músico  en plena composición de la obra cuando su  mujer cayó gravemente enferma teniendo que  ser ingresada de urgencia en un hospital de Madrid. Los doctores anunciaban poco después al marido y padre  que su mujer y su hijo iban a morir con casi completa seguridad. Después de oír aquello, el maestro Rodrigo regresó a casa, se sentó delante de su piano y de la mejor forma que él conocía para expresar  sus sentimientos, compuso el principio del segundo movimiento. Finalmente Victoria viviría, pero su hijo nació muerto.
El segundo movimiento, es un diálogo musical entre Dios y el compositor. Un diálogo que comienza con un precioso fragmento, un desconsolado paseo de vuelta a casa después de conocer la noticia, y el inicio de una lastimera oración a Dios, suplicándole que no se lleve las almas de su mujer y de su futuro hijo.
Es un comienzo extremadamente hermoso, capaz de llegar a cualquiera. De repente,  una guitarra, con voz propia, con los ojos llenos de lágrimas insistiendo en la petición a Dios, busca su misericordia... pero cuando llega la contestación de Dios (la orquesta), es para replicarle que, para que su mujer viva, su hijo deberá morir.
Con tremenda tristeza y resignación, la guitarra acepta esa cruel condición que Dios impone y es entonces cuando se produce la ascensión del alma del nonato a los cielos, expresada en un sólo de guitarra en el que el maestro Rodrigo entrega el alma de su hijo para recuperar, al menos, el de su mujer.

Imagen: Monet

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