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sábado, 9 de febrero de 2013

Los Clavos y la puerta - Anónimo


Cuenta la leyenda que hubo una vez un niño que cuando caía preso de su mal genio no reparaba en el daño que pudiera hacer a los demás con sus palabras. Su padre, un viejo sabio, le regaló una caja de clavos y le dijo que desde ese momento y en adelante cada vez que perdiera el control tenía que clavar un clavo en la parte trasera de la puerta, allí donde aparentemente no se ven.
 
El primer día el niño había clavado 37 clavos en la puerta. Durante las siguientes semanas, como había aprendido a controlar su rabia, la cantidad de clavos comenzó a disminuir. Y con los días descubrió que era más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta.

Finalmente llegó el día en que el niño  pudo controlar su genio durante toda la jornada, y contento de este logro fue a contárselo inmediatamente a su padre, y este sabedor que aún quedaba camino por recorrer le sugirió que por cada día que a partir de entonces pudiera controlar  su genio sacara un clavo de los que antes dejó en la puerta.

Los días transcurrieron y el niño finalmente le pudo contar a su padre que había sacado todos los clavos de la parte trasera de la puerta. Fue entonces cuando su sabio padre le tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta y le dijo:

"Haz hecho bien hijo mio, pero mira los huecos que quedaron detrás de la puerta. Ya nunca volverá a ser la misma, aunque por delante pudiera parecerlo. Cuando dices cosas sin razón, preso del mal genio y la rabia, cuando insultas a alguien, tus palabras siempre dejan una cicatriz igual que esas que ves. Le puedes clavar un cuchillo a un hombre y luego sacárselo. Pero no importa cuántas veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí”  
 
Una herida verbal es tan dañina como una física.

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