Una pizca de Cine, Música, Historia y Arte

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sábado, 2 de febrero de 2013

Groucho Marx.- Desde mi mecedora





El resto de un hombre marchito y arrugado puede observarse confusamente en la oscuridad, balanceándose incesantemente de un lado para otro en una mecedora de estilo antiguo. Es lo que en otro tiempo fue nuestro
amante sarnoso. Va chupando lentamente una vieja pipa de lobo de mar. La luz que brota de la chimenea se extingue poco a poco. El escaso fuego producido por las brasas que resplandecen débilmente parece simbolizar las pasiones que en otro tiempo enardecieron de un modo tan vívido su corazón.

Una débil sonrisa se dibuja en sus labios, cuando piensa una vez más en sus numerosas conquistas, en las bellezas internacionales que capitularon ante sus ojos llamativos y su figura garbosa.

Pero, ¿por qué proseguir?... Aunque ahora ya no es más que un viejo libertino, no ha perdido nunca su sabiduría. Es plenamente consciente de la decadencia sexual que la edad impone imparcialmente tanto a los héroes como a los cobardes. Es consciente de sus limitaciones. Se da cuenta de que el crujido que oye no es el sonido que produce la mecedora, sino únicamente el ruido que causa su estructura marchita, gruñendo en medio de su desesperación. Sabe que todas sus conquistas y todas sus victorias, exigieron su inevitable
tributo.
Pero ahora incluso el tenue resplandor que había entre las cenizas ha desaparecido. Los párpados le pesan cada vez más y pronto se sume en un sueño profundo.

Groucho Marx,
fragmento de Desde mi mecedora  (Epílogo de Memorias de un amante sarnoso).

Imagen: Groucho, por Avedon

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